De élites y huérfanos....
Por Edgardo Civallero
El mundillo bibliotecario —especialmente el mundillo provinciano, lejano a la gran capital, y dotado de un encanto especial, proclive al corre-ve-y-dilismo y a las conjuras— está fuertemente estratificado, especialmente en el ámbito de las grandes bibliotecas. Un vistazo somero revelará, incluso a aquellos ojos poco adiestrados en tales análisis, una "jerarquía" en la que las distintas unidades de información (y sus responsables directos) ocupan un lugar de honor.
Los criterios de elaboración de tal esquema jerárquico son difusos, y tienen mucho que ver con el tamaño y la importancia de la biblioteca, con el signo político de la dirigencia, con las tecnologías de las que la unidad está dotada, con la plantilla de personal y de pasantes (usualmente semi-esclavizados) que posean o pueden poseer, y, curiosamente, con la relación personal que la dirigencia establezca con otras dirigencias vecinas.
Evidentemente, como en toda jerarquía, siempre existen niveles inferiores, niveles bajos en los que van a caer (lo quieran o no, participen o no) aquellas unidades de información que, por un motivo u otro, no se unen a las corrientes dominantes, o no participan de las políticas, las conjuras y las formas de acción "grupales".
En general, dentro del ámbito de la cúpula de esta jerarquía, se reparten honores, recursos e información estratégica. Probablemente este hecho se repita en muchos otros ámbitos que no sean los bibliotecarios: por ejemplo, el comercial, el político, o incluso el religioso. Sin embargo, encontrar estas estructuras, estas actitudes elitistas, estas diferencias claramente establecidas y esta discriminación -verbalmente expresada sin rodeos- de unidades que no comparten estos pensamientos o estas formas de acción, parecen rasgos que incitan a la desunión más que a la colaboración, especialmente en ámbitos de acción tan pequeños y limitados como son los nuestros.
Elitismo, concentración de recursos, asignación de poderes y honores muchas veces inmerecidos, exclusión de información esencial e importante a colegas y vecinos no incluidos en el "pequeño grupo"... Tales rasgos caracterizan a muchos ambientes bibliotecológicos, y los llevan a una lenta disgregación, a una sostenida destrucción interna, y a la generación de tensiones, de luchas intestinas y de competencias desleales. Todo por razones que ni siquiera se dejan entrever, pero que, intuyo, tienen alguna lejana relación con lo que Warhol llamó, alguna vez, los cinco minutos de gloria.
Una vez que esas actitudes, que esos movimientos de quienes creen tener un "status" o una "importancia" que están por encima de las realidades de otros colegas, dejen de ser tenidos en cuenta como válidos, y sean abiertamente criticados y repudiados, estas actitudes comenzarán a desaparecer. Si sobreviven -como aún sobreviven las pasantías esclavistas, aunque a muchos les desagrade el término- es porque nosotros lo permitimos.
Desde estas páginas —las últimas de un año 2004 que me mostró lo más bajo del ámbito que me rodea— apuesto por una profesión sin escalas, sin diferencias, sin status. Una profesión sin grupos de poder que se sientan el "G7" de nuestro ambiente... Una profesión en la que el desarrollo común sea el objetivo principal de todos. Una profesión —y un espacio de trabajo y de crecimiento— en las que no haya "hermanitos pobres". Una profesión igualitaria, sin acomodos, sin susurros en la oreja, sin "listas negras" que incluyan a los que desnudamos estas situaciones nauseabundas y las condenamos...
Apuesto por una profesión limpia.
Los invito a que apuesten conmigo.
Los criterios de elaboración de tal esquema jerárquico son difusos, y tienen mucho que ver con el tamaño y la importancia de la biblioteca, con el signo político de la dirigencia, con las tecnologías de las que la unidad está dotada, con la plantilla de personal y de pasantes (usualmente semi-esclavizados) que posean o pueden poseer, y, curiosamente, con la relación personal que la dirigencia establezca con otras dirigencias vecinas.
Evidentemente, como en toda jerarquía, siempre existen niveles inferiores, niveles bajos en los que van a caer (lo quieran o no, participen o no) aquellas unidades de información que, por un motivo u otro, no se unen a las corrientes dominantes, o no participan de las políticas, las conjuras y las formas de acción "grupales".
En general, dentro del ámbito de la cúpula de esta jerarquía, se reparten honores, recursos e información estratégica. Probablemente este hecho se repita en muchos otros ámbitos que no sean los bibliotecarios: por ejemplo, el comercial, el político, o incluso el religioso. Sin embargo, encontrar estas estructuras, estas actitudes elitistas, estas diferencias claramente establecidas y esta discriminación -verbalmente expresada sin rodeos- de unidades que no comparten estos pensamientos o estas formas de acción, parecen rasgos que incitan a la desunión más que a la colaboración, especialmente en ámbitos de acción tan pequeños y limitados como son los nuestros.
Elitismo, concentración de recursos, asignación de poderes y honores muchas veces inmerecidos, exclusión de información esencial e importante a colegas y vecinos no incluidos en el "pequeño grupo"... Tales rasgos caracterizan a muchos ambientes bibliotecológicos, y los llevan a una lenta disgregación, a una sostenida destrucción interna, y a la generación de tensiones, de luchas intestinas y de competencias desleales. Todo por razones que ni siquiera se dejan entrever, pero que, intuyo, tienen alguna lejana relación con lo que Warhol llamó, alguna vez, los cinco minutos de gloria.
Una vez que esas actitudes, que esos movimientos de quienes creen tener un "status" o una "importancia" que están por encima de las realidades de otros colegas, dejen de ser tenidos en cuenta como válidos, y sean abiertamente criticados y repudiados, estas actitudes comenzarán a desaparecer. Si sobreviven -como aún sobreviven las pasantías esclavistas, aunque a muchos les desagrade el término- es porque nosotros lo permitimos.
Desde estas páginas —las últimas de un año 2004 que me mostró lo más bajo del ámbito que me rodea— apuesto por una profesión sin escalas, sin diferencias, sin status. Una profesión sin grupos de poder que se sientan el "G7" de nuestro ambiente... Una profesión en la que el desarrollo común sea el objetivo principal de todos. Una profesión —y un espacio de trabajo y de crecimiento— en las que no haya "hermanitos pobres". Una profesión igualitaria, sin acomodos, sin susurros en la oreja, sin "listas negras" que incluyan a los que desnudamos estas situaciones nauseabundas y las condenamos...
Apuesto por una profesión limpia.
Los invito a que apuesten conmigo.
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