Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 03, 2004

Los gestores de la memoria

Los gestores de la memoria

Por Edgardo Civallero

Pocas veces tomamos real conciencia de la enorme magnitud de la labor que realizan las bibliotecas en las sociedades "grafas" (utilizo el término en contraposición a "ágrafas"), es decir, aquellas que confían su memoria a soportes tan lábiles y frágiles como el papel o los discos magnéticos y ópticos... Somos los gestores de la memoria de nuestra civilización, los organizadores de sus recuerdos más nobles y más vergonzosos, los conservadores de sus éxitos y sus fracasos, los difusores de sus logros, de sus temores y de sus expectativas... Todo ese contenido está confiado, inconscientemente quizás, sin meditarlo mucho, a materiales que pueden destruirse muy fácilmente por una enorme cantidad de causas comunes (humedad, calor, insectos y alimañas varias...).

[Existe en nuestras sociedades una progresiva pérdida de las herramientas de revitalización de esa memoria escrita –lectura y redacción– en contraposición al constante ejercicio de la tradición oral en los grupos ágrafos... Esta decadencia de la lecto–escritura no sólo lleva al empobrecimiento cultural, al incorrecto y paupérrimo empleo de la lengua propia, etc., sino que, además, pone en riesgo nuestra propia memoria y nuestra propia identidad, que, sin cimientos, puede ser fácilmente presionada por culturas extrañas... Pero ese es un tema sobre el que escribiré in extenso en otra ocasión...]

El análisis de esta "importancia" profesional viene motivado por el comentario de una colega que anotaba su orgullo –después de 32 años de experiencia profesional– por ser "gestora de memorias". ¿Cuántos colegas encaran su profesión con tal orgullo? ¿Cuántos, empero, agachan la mirada y susurran un tímido y avergonzado "soy bibliotecario"? ¿Cuántos títulos alternativos nos han vendido (o hemos construido, o hemos deseado comprar) para sentir que nuestro "status" profesional se elevaba (¿hacia dónde?)? ¿Cuántos de nosotros decimos –o aceptamos– abiertamente que somos ratones de biblioteca, amantes del olor del papel, del tacto de las encuadernaciones, del milagro de voces muertas hace siglos que nos hablan desde esas páginas, del placer del "saber que no ocupa lugar" y de los "libros que no muerden"?

El mundo se ha llenado de gurúes (de quienes también charlaremos en otro momento) que nos cobran altos precios por enseñarnos cosas que ya sabemos, cambiando y complicando los nombres para que luzcan "más importantes" (?). Ellos nos dicen quiénes somos, qué hacemos y cuáles son nuestros objetivos, algo que está claro desde hace milenios: somos bibliotecarios (si, simplemente eso...) y brindamos un servicio a un usuario con una necesidad puntual de saber, de divertirse, de no bostezar de aburrimiento, de no sufrir soledad o de cumplir con obligaciones académicas... Eso somos: los que alimentamos, desde nuestras (más o menos) pobladas estanterías, el ansia del ser humano por conocer cosas nuevas o por recordar cosas viejas...

Un ansia por conocer que desaparece cada día, merced a novedosos medios para convertir a la gente, desde pequeños, en obedientes entidades sin pensamiento crítico, sin opinión propia, más pendientes del último juego, el último coche, la última dieta o el último chisme que del último desastre ecológico (¿qué era eso?), la última violación a los derechos humanos (?), el último manejo político, la última ejecución, el último grito de pueblos olvidados...

Aunque no lo parezca, podemos aportar un enorme grano de arena para que esto cambie. Quizás sea poco, pero, como dice el Himno Nacional del Japón, Sazare ishi no – Iwao to narite – Koke no musu made: "Hasta las montañas más altas se convierten en piedras y se cubren de musgo..."

Quizás debamos recordar que somos herederos de una larga tradición profesional, y que tenemos una responsabilidad y un deber ético que nos obliga a comprometernos con la realidad y con nuestros usuarios... Quizás debamos aprender (porque, por lo general, no nos lo enseñan) el enorme poder del saber... Quizás debamos tomar conciencia de que nuestra actividad no es un mero empleo para ganar un sueldo: es mucho, muchísimo más.

Quizás así, la próxima vez que nos pregunten nuestra profesión, respondamos radiantes: "Bibliotecari@".

Ilustración.