Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 15, 2004

Reflexiones

Reflexiones

Por Edgardo Civallero

La biblioteca de Alejandría fue uno de los mayores reservorios de saber y memoria de su época, de todas las épocas... Aunque la leyenda cuente que fue el conquistador árabe y musulmán el que ordenó la incineración de sus fondos para calentar el agua de los baños de la ciudad, la realidad –menos proclive a condenar y a etiquetar por razones raciales o religiosas– coloca tal "hazaña" en otras manos. Fuese quien fuese el responsable del hecho, a veces, tras el humo de mi pipa, me da por imaginar la mirada atónita, incrédula, de los responsables de todo ese acervo, viéndolo arder, viéndolo desaparecer. Pienso en todo el trabajo, en las interminables horas de copia y de ilustración, en la búsqueda de documentos faltantes, en las traducciones, en la organización, en todo el esmero y el arte derrochado, en los sueños... E imagino el dolor y la frustración, la impotencia, las lágrimas y la desesperación de aquellos colegas ignotos, nuestros predecesores, al ver años de trabajo y siglos de conocimiento esfumándose ante sus ojos en minutos.

Y pienso, para mi coleto: "¿Soy digno de esas lágrimas, de esa impotencia...? ¿Soy digno heredero de ellos, seres humanos con errores pero también con entereza, con sueños, con ganas de luchar y de ponerle cimientos al castillo en el aire que muchos intentarían –con poco éxito– revivir después? ¿Honro con mi trabajo la labor de los responsables de uno de los mayores logros de toda la historia occidental?"

Y me quedo callado, hundido entre las volutas de humo de mi tabaco, avergonzado. Porque pocas veces puedo dar una respuesta honesta a esas preguntas.

Ilustración.