Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 17, 2004

"Se otorgarán certificados..."

Se otorgarán certificados

Por Edgardo Civallero

Los certificados –esos multiformes papeles que dan fe de nuestra asistencia a cursos, talleres, seminarios, conferencias y exposiciones varias– han excedido la mera moda y se han convertido en un vicio, de esos que pueden llegar a enfermar. El mundillo bibliotecario no escapa a la magia del documento escrito ni a su poder para afirmar, para abrir puertas, para garantizar actos y beneficios.

Los cursos de formación continua y de especialización –bajo sus diversos formatos y etiquetados con epítetos diversos, a cual más curioso– han aprovechado los vacíos que la educación oficial deja en nuestra formación. Para bien o para mal, proponen enriquecimiento y alternativas, y, en los últimos tiempos, se han multiplicado.

Una gran mayoría proporciona contenidos importantes, y amplía, en efecto, los horizontes intelectuales y críticos de muchos de nosotros. Provee, además, de posibilidades de actualización, de canales para entrar en contacto con trabajos desconocidos o poco difundidos, y de espacios de encuentro y crecimiento. Lo preocupante, sin embargo, es la minoría restante, la cual, con tal de cobrar el diezmo correspondiente (y de anotar tantos para el dictante) enseñan –sin una base pedagógica seria– cosas que podrían haberse aprendido mediante la consulta de un libro en la biblioteca más cercana, o, para los que se llevan bien con las nuevas tecnologías, mediante un "clic" en un simple documento web.

Si estos fenómenos existen –y todos podemos referir ejemplos de cursos que, a la postre, resultaron carecer de sentido, contenido y valor– es porque nosotros mismos les proporcionamos espacios para su proliferación. Su poder radica en una sencilla frase de promoción: "se otorgarán certificados...", acompañada por el inseparable sufijo "valor: x pesos". La obtención y posesión de ese papel, dotado de un misterioso poder de atracción, actúa como anzuelo y nos empuja a pagar por asistir a eventos innecesarios, a aguantar peroratas insoportables y a escuchar, de labios de oradores ineptos, conferencias leídas al pie de la letra directamente de un Power Point proyectado exactamente delante de nuestros ojos.

[Esta última actitud siempre me ha provocado un profundo desasosiego y una tremenda duda: ¿pensará el disertante que no alcanzo a leer lo que dice en la pantalla? Peor aún: ¿intuirá mi analfabetismo, oh vergüenza de mis vergüenzas? ¿Qué otra razón podrá existir para que el orador evite un diseño más ingenioso y educativo, y se limite a la mera repetición de palabras que todos podemos leer? Me temo que es uno más de la interminable lista de misterios que jamás resolveré...]

Acumulamos así enormes cantidades de constancias de asistencia. ¿Acumulamos conocimientos en igual proporción? Permítanme dudarlo. Nuestra billetera pierde peso, eso sí, pero nuestro intelecto apenas si encuentra algo que aprovechar. Afortunadamente siempre existe el coffee-break, esa nueva denominación que se le ha endilgado al criollo "recreo", "pausa" o "descanso", breve intervalo en el cual uno realmente puede aprender cosas nuevas del resto de sus colegas.

Lo curioso es que muchos de esos certificados no pueden ser incluidos en una carpeta de antecedentes, al menos si se presenta ante un tribunal de evaluación serio y confiable (recordemos que hay de todo en esta enorme viña abandonada por el Señor). En efecto, la posesión de una voluminosa masa celulósica cuidadosamente ordenada no garantiza nuestra capacidad, nuestras destrezas o nuestra formación. Por el contrario, puede demostrar que pasamos más tiempo en eventos innecesarios que en espacios de real formación.

Si existen culpables en esta historia, somos nosotros. La exigencia de un alto nivel de calidad en congresos y conferencias, en seminarios y talleres, debería ser una prioridad nuestra. Si pagamos por conocimiento, éste debería ser adecuado, debería dejarnos contenidos relevantes y pertinentes a nuestra situación, que puedan ser aplicados más tarde en nuestro contexto. Renglón aparte merecemos los que nos dedicamos, de una forma o de otra, a estar frente a auditorios o clases. Nuestra responsabilidad es transmitir saber válido, proporcionar herramientas y nueva información. Se trata de un punto básico de la ética docente o profesional. Dar charlas y cursos por el mero hecho de obtener puntaje o antecedentes docentes es algo cuestionable, aunque también debo anotar que el propio sistema educativo fomenta estas prácticas (u obliga a ellas) al requerir este tipo de certificaciones de sus docentes.

Cadenas de sucesos y responsabilidades en las cuales es difícil encontrar el extremo, el origen, la causa... Seguimos, mientras tanto, siendo eventuales espectadores de acontecimientos fútiles y poco útiles, carne de cañón para el lucro de algunos que se alimentan de nuestra inocencia. Agucemos los sentidos, pues de nosotros depende que esa minoría de cursos sin valor dejen de existir, por falta de público.

Ilustración.