Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 07, 2004

Sobre gurúes, santones y otras hierbas....

Sobre gurúes, santones y otras hierbas...

Por Edgardo Civallero

Los argentinos somos una mezcla profundamente heterogénea de descendientes de inmigrantes, gentes que, entre el ocaso del siglo XIX y el amanecer del siglo pasado (y en sucesivas corrientes posteriores de menor cuantía) llegaron a estas tierras meridionales en busca de una esperanza a la que aferrarse. Italianos, españoles, franceses y polacos –pero también armenios, croatas, galeses, griegos, turcos, rusos, ucranianos, judíos, vietnamitas, sirios, coreanos y árabes– poblaron un territorio ya ocupado secularmente por las sociedades originarias, y mestizado con sangre africana.

Las raíces del argentino actual –producto de tal reacción química– son una entidad indefinida y casi inexistente, aferradas a este suelo por mero instinto de supervivencia, pues provee de base y de alimento. Pero sus tallos y sus hojas (y sus flores y frutos), merced a una tradición que se inicia durante la Conquista y que fue perpetuada por "próceres" como Domingo Sarmiento, se orientan hacia Europa.

Hablando en forma general –es decir, aceptando de antemano la existencia de numerosas excepciones– Argentina, al igual que otras muchas naciones del "Tercer Mundo", aún toma como patrón de sus actividades al modelo europeo. Olvida así una tradición cultural propia, única, que tiene siglos de existencia y un patrimonio infinito e invaluable. Olvida, muchas veces, sus propios caminos. Y se rinde, por lo general, al que viene desde fuera con ideas "nuevas".

En nuestra profesión, empleamos tecnologías y herramientas que nos llegan desde el exterior, considerándolas buenas y pertinentes porque han sido creadas, "normalizadas" y empleadas con éxito en contextos euro–norteamericanos. Si mediara un análisis crítico previo de las mismas (instancia que se da en pocas oportunidades) notaríamos que nuestra realidad local está apenas contemplada en ellas. No sólo eso: en tales instrumentos de trabajo, en sus textos, todavía están presentes ideologías subyacentes de clara raigambre colonialista.

¿Un ejemplo? Intenten buscar en la CDU (o en la CDD, o...) algún código auxiliar que permita clasificar, puntualmente, un texto en / sobre lengua chorote, chulupí, toba, wichi, pilagá, abipón, chiriguano, tehuelche, ona, ranquel, chaná, charrúa... (etc.), importantes lenguas indígenas nuestras, algunas con una impresionante vigencia en nuestro país. El ejemplo es extrapolable a muchas naciones y culturas hermanas en Latinoamérica, África, Asia y Oceanía.

Inténtenlo, a ver si logran superar el nivel de "Otras lenguas indígenas".

¿Más? Busquen, en la misma CDU (tablas auxiliares 1f) y comprobarán que, todavía hoy, muchos seres humanos podemos ser etiquetados como pueblos o razas "primitivos", en oposición a los "desarrollados" o a los "altamente desarrollados". Estos términos provienen de una ideología denominada "evolucionismo", muy difundida entre 1870 y 1940 entre las "Ciencias Humanas", fruto de las políticas de colonización imperialista europea y de las aplicaciones racistas / etnocéntricas de descubrimientos científicos como las teorías de Darwin y Wallace. Fueron estas ideas las que llevaron a que se enunciaran frases célebres como "Civilización o Barbarie", y a que se impulsaran actividades como la "Conquista del desierto".

[Las observaciones puntuales vienen dadas porque, en la actualidad, trabajo dentro de los Comités de Redacción de CDU y CDD, intentando enmendar estas ausencias y estas posturas ideológicas, que "nadie había notado", según las declaraciones de los responsables de la redacción de los textos originales. Todavía tengo el enojo en las venas...]

Nuestro trabajo se basa en tales herramientas. Nuestra formación, por otro lado, se cimienta en textos extranjeros. Seamos honestos... ¿cuántos textos actualizados (evítenme el ejemplo de la argentina Josefa Sabor) escritos por autoras/es locales hemos leído en nuestras carreras? De ellos... ¿cuántos tienen en cuenta los matices de la cultura y la situación local, y cuántos continúan en el interior de la burbuja rosa del molde europeo? No leemos textos que aborden nuestras problemáticas (con honrosas excepciones), aún cuando contamos, en nuestra comunidad profesional, con mentes brillantes y plumas excelsas que tienen mucho para decir...

¿Cuántas publicaciones especializadas en bibliotecología, con textos sometidos a referato, tenemos actualmente en nuestro país? ¿Superan los dedos de una mano? ¿Y en Latinoamérica? ¿No escribimos o no tenemos espacios donde ser publicados? ¿O continuamos, quizás, empleando publicaciones extranjeras que nos hablan de mundos completamente ajenos al nuestro?

Nuestra formación en las aulas –por lo general, escasa– es complementada con cursos, seminarios y talleres extra–áulicos, organizados generalmente por instituciones ajenas a la Universidad. Por un lado, existe la tendencia de asistir a ellos para acumular certificados (pero no conocimientos). Pero, olvidando este detalle (un pecadillo bastante vergonzoso del que pocos estamos libres), hemos sentido en nuestro ámbito la presencia de "personalidades" foráneas que vienen a contarnos cosas que ya sabemos, con otras palabras, mostrándonos "nuevas" formas de trabajo, "nuevos" conceptos, "nuevos" paradigmas... Asistimos embelesados a clases en las cuales se nos muestra una realidad que difícilmente (por no decir "jamás") alcanzaremos sin un enorme trabajo previo (que nadie nos enseña a abordar); tomamos apuntes de experiencias que difícilmente (¿nunca?) podremos repetir si no contamos con la formación adecuada (que nadie se arriesga a darnos, no vaya a ser que...); nos admiramos de sus avances (¿no se tratará de eso, simplemente?), pagamos por el curso... y seguimos tan vacíos como antes, aunque quizás lo que aumenta dentro nuestro es la confusión y esa terrible sensación de seguir siendo el último orejón del tarro (repito: ¿no se tratará de eso?).

Muchos colegas adhieren a nuevas tecnologías y a costosas políticas de compra de bases de datos que violan, de la primera a la última, todas las recomendaciones de IFLA y UNESCO acerca del libre acceso al conocimiento, sin olvidar un número sustancial de derechos humanos básicos. Los traficantes del saber y de las TICs llenan sus bolsas en las puertas de nuestros templos, atendiendo apenas a nuestros problemas; nuestra sociedad, mientras tanto, sigue igual de necesitada, buscando afanosamente los datos precisos para solucionar un diluvio de crisis que parecen insalvables.

Debemos generar espacios de pensamiento crítico en torno a nuestras temáticas. Debemos formar recursos humanos que estén altamente capacitados para enseñar, para producir saber y para investigar, desde y para el ámbito local. Debemos taparnos los oídos ante los cantos de las sirenas, so pena de caer en un círculo del cual es difícil salir: el de la "Sociedad de la Información", un modelo muy criticado en la actualidad desde muchos sectores, pero tan convincente como esas publicidades que logran vendernos aquello que menos deseamos.

Debemos mirar un poco menos hacia fuera y un poco más hacia adentro. Porque vivimos en un país y un continente riquísimos, a pesar de las cadenas y las presiones de aquellos que se empeñan en que no levantemos cabeza para que sus añejas (y podridas) raíces no se tambaleen. Tenemos sangre nueva, tenemos saber milenario, tenemos ganas de hacer y de aprender...

Olvidemos las voces de los exóticos santones "desarrollados", y de los que los sirven entre nosotros, y emprendamos el camino de nuestra propia construcción. Leamos entre renglones, revisemos todo –incluso lo más trivial–, critiquemos constructivamente, reformulemos nuestras estrategias y nuestros objetivos. No somos Europa. Somos América, somos esos millones a los que cantó Neruda, un día no muy lejano, lleno de esperanza.

Olvidemos a las aves de paso que vienen a alimentarse de nuestra inocencia y de nuestra comodidad, y apostemos por nosotros mismos. Será, en definitiva, una apuesta por nuestro futuro, por nuestro bienestar y por nuestro crecimiento.

Ilustración.