Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 06, 2004

Sobre nuestra educación como bibliotecarios

Sobre nuestra educación como bibliotecarios

Por Edgardo Civallero

Establecer que nuestra profesión se ocupa de gestionar la memoria de la humanidad es vincular las disciplinas de la información y el libro a un objetivo amplio, bello y ambicioso. Un objetivo que, sin duda, nos llena de orgullo y nos motiva (o, al menos, debería hacerlo, aunque no siempre lo logre) para el trabajo comprometido y solidario, para la lucha, para el desarrollo de destrezas y conocimientos nuevos y pertinentes, y, en definitiva, para el crecimiento profesional y personal.

En otra ocasión analizaré –quizás demasiado críticamente para el gusto de algunos...– los motivos que empujan a cada bibliotecario a elegir su carrera, y las consecuencias que tal elección acarrea. Por el momento, me conformaré con preguntarme y preguntarles: ¿estamos correctamente formados para abordar una meta tan importante?

Generalizando (craso error que me arriesgaré a cometer), diré que, por lo general, no estamos suficientemente preparados para tal misión, al menos en los países etiquetados como "en vías de desarrollo" (vaya una cadena psicológica que nos intentan poner, ¿verdad?). Iré un paso más allá, y diré que, desde mi punto de vista, existe una tremenda falta de educación especializada en nuestro campo.

Hablaré de mi experiencia personal, y luego cada lector/a podrá realizar un análisis honesto e introspectivo de su propia preparación, y sacar las conclusiones propias que guste y considere oportuno. Fui educado como un mero técnico, destinado a cumplir –con mucha suerte– funciones entre los estantes de alguna biblioteca universitaria. Tal labor es más que digna, y muy hermosa, por cierto, pero la profesión no se acaba allí. Ni en el estante ni en el mostrador. La formación que obtuve en áreas como las relaciones humanas, los idiomas, la producción de nuevos conocimientos, la investigación, la redacción, la preparación de proyectos, el diseño de redes de información, el planeamiento de bibliotecas desde cero, la documentación y la construcción de tesauros (y un dilatadísimo "etcétera") fueron muy pobres. La formación humanística –la cultura general que nos vincula a esa memoria que pretendemos conservar, organizar y difundir– rozó la inexistencia.

Somos muchos los que reconocemos (algunos en privado, otros a viva voz) estas ausencias, estos vacíos que debemos ocuparnos de llenar personalmente, por otras vías y en otros espacios. Que notemos estas carencias o no depende de la fuerza de nuestra vocación. Quien busque solamente un puesto de trabajo que le permita vivir estará convencido de que la educación que se le proporcionó fue más que suficiente para desempeñar sus tareas, punto que acepto aunque pueda ser vehementemente discutido. Empero, quienes buscamos en nuestra profesión algo más que el sueldo comprendemos rápidamente que necesitamos de sólidos conocimientos, de información actualizada, de saber válido que nos permita crecer, avanzar, abrir puertas que servirán, en última instancia, para el avance de nuestros usuarios, muchos de los cuales necesitan en forma urgente de nuestra ayuda.

¿Culpar a nuestros profesores, a las instituciones a las que concurrimos buscando formación, a los planes de estudio o a las políticas educativas es la solución? Permítanme dudarlo. Así como existen docentes y ámbitos deplorables que no buscan en absoluto la excelencia en su labor educativa (llámenlo "comodidad", "facilismo", "irresponsabilidad" o como ustedes deseen), también existen los que se desviven por dar a sus educandos lo mejor de sí. Ocurre que los estudiantes expresamos pocas veces nuestro deseo de saber más (repito: llámenlo "facilismo", "comodidad", etc.) y pocas veces luchamos por un cambio que es más que necesario.

La culpa, por ende, es compartida.

Se precisa, en principio, de una toma de conciencia de la importancia de la biblioteca en nuestra sociedad, como educadora, como proveedora de información, como espacio para practicar uno de los medios de recreación más saludables... Se nos educa como técnicos, no como gestores del saber / animadores culturales / alfabetizadores / protectores de patrimonio cultural intangible... Y tal educación mentaliza a muchos colegas de que son técnicos, limitando sus horizontes y sus perspectivas, y convirtiéndolos, en la realidad, en auxiliares encadenados mentalmente a un estante o a un mostrador.

[Apunto que no condeno en absoluto las labores de atención al público. Sin embargo, muchos creen que la bibliotecología se limita a eso, lamentable mentira que dista mucho de ser aclarada].

Por otro lado, es necesario que, en general (y aquí generalizo nuevamente), los docentes asuman la enorme responsabilidad que tienen entre manos. Que busquen su propia excelencia y que la exijan de sus alumnos. La mediocridad es una plaga que azota muchas de nuestras aulas, y que, a la larga, cierra caminos a nuestras sociedades, tan necesitadas de manos expertas y mentes lúcidas que construyan progreso, desarrollo, crecimiento, esperanzas... y tan hartas de soportar gurúes extranjeros que llegan a nuestras costas a vendernos (una vez más) espejitos y cuentas de vidrio a cambio de nuestros tesoros (¡Maldición de Malinche...!)

Debe abandonarse la auto–complacencia, esa que empuja a alabar nuestros logros. Repetiré hasta el hartazgo que la botella nunca está medio llena: está medio vacía. No se trata de pesimismo, sino de ansias de superación. Pues sólo tomando conciencia de lo mucho que nos falta para ser excelentes profesionales nos preocuparemos por lograr los cambios necesarios. Si seguimos anclados en el conformismo de ver la botella medio llena, jamás nos preocuparemos por llenarla por completo.

Por último, los estudiantes deben exigir a sus profesores más, mucho más, siempre más. Deben exigir docentes especializados en bibliotecología e información, que brinden contenidos pertinentes y relacionados directamente con nuestra profesión. Existe la tendencia de colocar profesionales de otras disciplinas, sin (sólidos) conocimientos de bibliotecología, dictando materias importantes, con los desastrosos resultados previsibles.

Los alumnos deben abandonar la comodidad y tomar conciencia del deber ético que asumen por el mero hecho de pisar un aula y obtener un título. Muchos esperan, fuera de las aulas, por una mano que les informe, que los eduque... Mientras más sepan nuestros estudiantes, mejores profesionales tendremos y mejor servicio brindarán.

Pocos reparan en la importancia de un libro o de la información que éste contiene. Permítanme terminar el texto de hoy con una anécdota personal. Trabajo desarrollando bibliotecas en comunidades aborígenes del noreste de mi país [Argentina], algunas muy aisladas. En mi primer contacto con una de ellas, me topé con la dura realidad de la mortalidad infantil, provocada por diarrea, una enfermedad que puede ser fácilmente combatida con la información adecuada, pues su tratamiento se limita a hidratar al bebe o al niño con una mezcla de agua hervida, sal de algún tipo y algún elemento dulce. Curiosamente, esa información (que apenas si ocupa una página en los folletos de la OMS) jamás había llegado a esos lugares. Los bebés seguían muriendo. Y la muerte por diarrea es atroz, amén del dolor que deja en una familia la desaparición de un niño.

Hay mucho por hacer. ¿Qué esperamos para hacerlo, para ser mejores, para cambiar la realidad con nuestras mentes? ¿Qué esperamos para abandonar las auto–alabanzas del tipo "nuestros profesionales son excelentes" y generar profesionales realmente excelentes, con conocimientos en idiomas, en sistemas de información, en servicio, en investigación...? ¿Esperaremos a que profesionales del "Primer Mundo" nos digan qué hacer, cómo trabajar, qué es lo mejor para nosotros? ¿O tomaremos de una buena vez las riendas de nuestros destinos y demostraremos al mundo que, en verdad, somos excelentes profesionales y podemos dar vuelta la cara de esta realidad inmunda y dolorosa en la que vivimos?

Ilustración.