Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 16, 2004

Un punto de partida

Un punto de partida

Por Edgardo Civallero

"Perded toda esperanza, vosotros los que entráis". Así, si no recuerdo mal, rezaba la inscripción que, a guisa de "bienvenida", recibía a los condenados a las penas eternas, según la visión que del Infierno imaginara Dante.

A la entrada de nuestras bibliotecas debería figurar una frase semejante, pero de sentido inverso: "Buscad esperanzas, vosotros los que entráis". Y en cada bibliotecario debería estar latente una tercera máxima: "Generad esperanzas, vosotros los que podéis".

Señalar que los visitantes de una biblioteca buscan esperanzas en nosotros y en nuestros estantes sería repetir textos ya escritos, incluso en otras páginas de este mismo diario de reflexiones y dudas. Suena romántico, por cierto, pero prefiero verlo así, antes que enfrentar términos como "cliente". A veces me pregunto si en verdad alguien pretende que el saber humano –una de las pocas herencias comunes que nos quedan– sea vendido o si cree –a pesar de las miles de recomendaciones, códigos de ética y declaraciones internacionales sobre el libre acceso a la información– que es vendible. Me pregunto también si habrá quedado alguna faceta de nuestra existencia que no haya sido cuantificada, medida, evaluada, cotizada e ingresada al mercado de valores: amor, saber, sueños...

Luego recuerdo que el hombre vende la naturaleza como si fuera su dueño –y no una parte débil, ignorante y desconectada de ella– y entiendo muchas cosas. (Remedando a uno de los personajes de "Mafalda", Libertad, repetiré: "¿No es triste que entendamos?").

[Recuerdo además cierto texto escrito por Alejandro Dolina –creo que en las "Crónicas del Ángel Gris"– en el que cuenta como los hombres realistas definen un libro: medio kilo de papel, un cuarto litro de tinta, un poco de hilo, cola, cartón...]

Las esperanzas que se buscan entre los libros son muchas, y muchos colegas habrán vivido esos milagros ínfimos, cotidianos y pequeñitos, que son los que uno recuerda con más cariño y los que salen a relucir cuando se intenta rescatar lo mejor de la profesión: estudiantes sin recursos que superan exámenes y obtienen títulos; niños que abren sus ojos a mundos nuevos y ancianos que desean retornar a ellos, cansados de tanto camino incierto; mujeres dispuestas a despojarse de los cepos que les endilgara una sociedad machista, y hombres que luchan por superar sus miedos y sus ignorancias para enfrentar una sociedad elitista y exitista; ciegos que ven, mudos que hablan, sordos que oyen, paralíticos que caminan...

Son, en definitiva, las esperanzas de seres humanos que intuyen, desde algún rincón situado de la piel hacia adentro, que el término "imposible" es un adjetivo creado por unos pocos para manejar la vida de esos "muchos" que aún creen en las definiciones de diccionario.

Generar o dar respuesta a esas esperanzas es nuestra función primaria. Cada uno encontrará, supongo, la manera más justa y equilibrada –de acuerdo a sus cualidades y posibilidades personales y profesionales– de acometer tal tarea. Lo importante es no olvidar la misión. Enseñarla, si somos profesores. Aprenderla, si somos estudiantes. Divulgarla, si somos trabajadores. Y encararla y ejercerla día a día, desde la investigación o la referencia hasta la clasificación o la docencia... Que se haga carne en nosotros, que se acepte como un deber, como una obligación moral, como un punto más de un código ético escrito o por escribir. Será, estoy seguro, un buen punto de partida. Para sentirnos más orgullosos de lo que nos sentimos. Para amar más nuestra profesión. O para comenzar a hacerlo, si aún no entendimos quiénes somos y que hacemos.

Porque, como alguna vez escribió Jorge Luis Borges, siempre imaginé el Paraíso como una especie de biblioteca. Y en ella, una inscripción, una copia positiva, de real bienvenida, similar a aquella dantesca.

"Buscad esperanzas, vosotros los que entráis".

Ilustración.