Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 10, 2004

Vocación de servicio

Vocación de servicio

Por Edgardo Civallero

La labor del bibliotecario –ya sea como gestor de memorias, como agente alfabetizador, como promotor cultural o como conservador de patrimonio cultural intangible– es un servicio, es decir, una actividad destinada a satisfacer las necesidades de una población determinada. Puntualmente, necesidad de (in)formación y recreación: necesidad de satisfacer curiosidades, o de desterrar el aburrimiento, o de borrar la tristeza y la soledad... Necesidades que pueden expresarse o mantenerse ocultas y pendientes, que pueden atenderse abiertamente o necesiten ser extraídas del interior del individuo...

El servicio que brinda el bibliotecario es un servicio social, es decir, una actividad que parte desde la sociedad hacia la sociedad, y que se ocupa, curiosamente, de manejar un bien social, un bien común a toda la humanidad, que no debería ser susceptible de compra y de venta: la cultura.

Estas ideas nos son conocidas: cada vez que se habla de la labor que realizamos, salen a la luz definiciones o categorías similares. Sin embargo, estamos muy lejos de tomar conciencia de la importancia de aceptar esta labor de servicio. Todavía militan entre nuestras filas los famosos "cancerberos de estantes", esos profesionales que se ocupan de mantener su colección ordenada y en su sitio, olvidando que la razón de ser de esos fondos son las manos que los van a desordenar, los dedos que van a hollar sus hojas y los ojos que los van a curiosear. Todavía existen los profesionales burócratas, colocados detrás de un mostrador, verdadera barrera entre el lector y el libro, desanimadores de la lectura y de la cultura, y responsables de los estereotipos que nos caracterizan. Existen aún entre nosotros los que creen en la automatización de las colecciones y de las actividades, olvidando lo social del servicio, la importancia del contacto humano, de la conversación con el usuario, de la necesidad de dedicar el tiempo que cada persona requiere y merece...

Quizás no encontremos a estos personajes muy a menudo... o quizás haga falta mirar en un espejo para encontrarlos. Quizás me dirán que no creen que haya profesionales así... pero, como reza el viejo refrán gallego, "habelos, hainos...".

Existen también quienes no han descubierto a los duendes que se ocultan entre los libros, ni los tenues gritos de los tomos humedecidos, ni los espíritus de los personajes mirando curiosos a la hora del cierre. Pero eso no es condenable: la magia de la biblioteca se revela solo a unos pocos, enamorados desde niños del olor del papel y de la tinta.

Todos aquellos colegas que no hayan comprendido la necesidad de brindar un servicio –que es algo similar a brindar una vida– a nuestros lectores, se convierten, en definitiva, en verdaderas barreras entre los fondos y los potenciales usuarios. Y dudo que encuentren placer en lo que hacen.

Y todos aquellos que traten a los usuarios como clientes desconocen el verdadero significado de la palabra "servicio", y, sobre todo, olvidan el sentido maravilloso de no vender ni la cultura ni el trabajo que la maneja. La cultura se da, se difunde, es un bien que nos pertenece a todos, y está en nuestras manos el lograr que alcance cada rincón de nuestra sociedad.

En definitiva, quienes abordan nuestras tareas sin verdadera vocación de servicio, no sólo se perderán los milagros cotidianos de la atención al público. También se perderán el verdadero sentido de una profesión milenaria, nacida para servir.

Ilustración.