Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 22, 2004

De élites y huérfanos....

Por Edgardo Civallero

El mundillo bibliotecario —especialmente el mundillo provinciano, lejano a la gran capital, y dotado de un encanto especial, proclive al corre-ve-y-dilismo y a las conjuras— está fuertemente estratificado, especialmente en el ámbito de las grandes bibliotecas. Un vistazo somero revelará, incluso a aquellos ojos poco adiestrados en tales análisis, una "jerarquía" en la que las distintas unidades de información (y sus responsables directos) ocupan un lugar de honor.
Los criterios de elaboración de tal esquema jerárquico son difusos, y tienen mucho que ver con el tamaño y la importancia de la biblioteca, con el signo político de la dirigencia, con las tecnologías de las que la unidad está dotada, con la plantilla de personal y de pasantes (usualmente semi-esclavizados) que posean o pueden poseer, y, curiosamente, con la relación personal que la dirigencia establezca con otras dirigencias vecinas.
Evidentemente, como en toda jerarquía, siempre existen niveles inferiores, niveles bajos en los que van a caer (lo quieran o no, participen o no) aquellas unidades de información que, por un motivo u otro, no se unen a las corrientes dominantes, o no participan de las políticas, las conjuras y las formas de acción "grupales".
En general, dentro del ámbito de la cúpula de esta jerarquía, se reparten honores, recursos e información estratégica. Probablemente este hecho se repita en muchos otros ámbitos que no sean los bibliotecarios: por ejemplo, el comercial, el político, o incluso el religioso. Sin embargo, encontrar estas estructuras, estas actitudes elitistas, estas diferencias claramente establecidas y esta discriminación -verbalmente expresada sin rodeos- de unidades que no comparten estos pensamientos o estas formas de acción, parecen rasgos que incitan a la desunión más que a la colaboración, especialmente en ámbitos de acción tan pequeños y limitados como son los nuestros.
Elitismo, concentración de recursos, asignación de poderes y honores muchas veces inmerecidos, exclusión de información esencial e importante a colegas y vecinos no incluidos en el "pequeño grupo"... Tales rasgos caracterizan a muchos ambientes bibliotecológicos, y los llevan a una lenta disgregación, a una sostenida destrucción interna, y a la generación de tensiones, de luchas intestinas y de competencias desleales. Todo por razones que ni siquiera se dejan entrever, pero que, intuyo, tienen alguna lejana relación con lo que Warhol llamó, alguna vez, los cinco minutos de gloria.
Una vez que esas actitudes, que esos movimientos de quienes creen tener un "status" o una "importancia" que están por encima de las realidades de otros colegas, dejen de ser tenidos en cuenta como válidos, y sean abiertamente criticados y repudiados, estas actitudes comenzarán a desaparecer. Si sobreviven -como aún sobreviven las pasantías esclavistas, aunque a muchos les desagrade el término- es porque nosotros lo permitimos.
Desde estas páginas —las últimas de un año 2004 que me mostró lo más bajo del ámbito que me rodea— apuesto por una profesión sin escalas, sin diferencias, sin status. Una profesión sin grupos de poder que se sientan el "G7" de nuestro ambiente... Una profesión en la que el desarrollo común sea el objetivo principal de todos. Una profesión —y un espacio de trabajo y de crecimiento— en las que no haya "hermanitos pobres". Una profesión igualitaria, sin acomodos, sin susurros en la oreja, sin "listas negras" que incluyan a los que desnudamos estas situaciones nauseabundas y las condenamos...
Apuesto por una profesión limpia.
Los invito a que apuesten conmigo.

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diciembre 20, 2004

Navidad 2004

Por Edgardo Civallero

No soy un hombre religioso. Por ende, el significado original del festejo navideño escapa a mis sentimientos, dado que no creo en redentores ni en dioses. Creo, sí, en la presencia histórica de un Nazareno a quien, allá lejos en el tiempo, se le ocurrió decir cosas que contradecían el discurso oficial y recibió el pago al que nos hemos acostumbrado los humanos que reclamamos por algo justo, el mismo que recibieron hace unas décadas 30.000 argentinos y otros tantos hermanos americanos, y otros muchos en otras partes del planeta.
De ese mensaje original —el del hombre que fue ejecutado por decir que nos amemos— ha quedado muy poco, incluso dentro de esa Iglesia que se preocupa más en condenar muestras pictóricas que en hacer que se cumplan las palabras de su modelo... Pero creo que, en el fondo del corazón humano, y sin necesidad de credos o sacerdotes, hay un enorme caudal de bondad acumulada, y que esa bondad —a pesar del aprovechamiento comercial típico de esta época del año— sale a relucir en estas fechas, en las reuniones familiares, o incluso en la soledad. Jesús de Nazareth, el hombre, lo sabía. Y propuso que alumbráramos más seguido esos sentimientos.
Deseo para todos ustedes, sean quienes sean, estén donde estén, que disfruten profundamente esta fecha de encuentros, de emociones, de muchos recuerdos, de valoraciones y de proyectos. Que disfruten de la buena (o mala) mesa, de la compañía, del jolgorio y de la risa.
Y no dejen que esos sentimientos se apaguen con la última campanada del día 31. Dejen que se prolonguen, que duren, que se extiendan. Permítanles anidar dentro de ustedes, que se desarrollen, y que nos hagan vivir una Navidad enorme, larga, eterna... ¿Porque negarnos esa dicha?
Y no esperemos que el Año Nuevo, ese 2005 tan ansiado, nos traiga algo que no sea lo usual: 365 días bien medidos. No le pidamos nada más que eso. Propongámonos conseguir, por nuestros medios, esas cosas que esperamos que se nos concedan: éxito, progreso, salud, felicidad, amor... pero también fracasos, pérdidas, desencuentros, desengaños, esas caídas que nos hacen más fuertes y construyen la persona que somos.
Tomemos las riendas de nuestra vida, y dirijámosla hacia el horizonte que deseemos. Está todo en nuestras manos, aunque quizás no lo sepamos. Todo depende de nosotros. Ya lo dijo Machado: no hay caminos, se hacen andando.
Comencemos, pues; permitámonos soñar, imaginar, y hacer real después el sueño. Pongámosles cimientos a nuestros castillos en el aire... Construyamos nuestras vidas piecita a piecita, con el deleite con el que un niño arma un rompecabezas... Porque, como escribió hace poco García Márquez, lo mejor de la vida no está en llegar a la cima (¿hay cimas?) sino en disfrutar del camino.
Que en este 2005 que está llegando nos demos permiso para ser felices, para ser seres humanos completos, reales y plenos. Ese es mi deseo para estas fiestas, para mí y para todos ustedes.
Y ese fue el deseo de quien quedó en una cruz, una tarde polvorienta, a las afueras de Jerusalén, hace casi veinte siglos...
Saludos y felicidades

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diciembre 17, 2004

"Se otorgarán certificados..."

Por Edgardo Civallero

Los certificados —esos multiformes papeles que dan fe de nuestra asistencia a cursos, talleres, seminarios, conferencias y exposiciones varias— han excedido la mera moda y se han convertido en un vicio, de esos que pueden llegar a enfermar. El mundillo bibliotecario no escapa a la magia del documento escrito ni a su poder para afirmar, para abrir puertas, para garantizar actos y beneficios.
Los cursos de formación continua y de especialización —bajo sus diversos formatos y etiquetados con epítetos diversos, a cual más curioso— han aprovechado los vacíos que la educación oficial deja en nuestra formación. Para bien o para mal, proponen enriquecimiento y alternativas, y, en los últimos tiempos, se han multiplicado.
Una gran mayoría proporciona contenidos importantes, y amplía, en efecto, los horizontes intelectuales y críticos de muchos de nosotros. Provee, además, de posibilidades de actualización, de canales para entrar en contacto con trabajos desconocidos o poco difundidos, y de espacios de encuentro y crecimiento. Lo preocupante, sin embargo, es la minoría restante, la cual, con tal de cobrar el diezmo correspondiente (y de anotar tantos para el dictante) enseñan —sin una base pedagógica seria— cosas que podrían haberse aprendido mediante la consulta de un libro en la biblioteca más cercana, o, para los que se llevan bien con las nuevas tecnologías, mediante un "clic" en un simple documento web.
Si estos fenómenos existen —y todos podemos referir ejemplos de cursos que, a la postre, resultaron carecer de sentido, contenido y valor— es porque nosotros mismos les proporcionamos espacios para su proliferación. Su poder radica en una sencilla frase de promoción: "se otorgarán certificados...", acompañada por el inseparable sufijo "valor: x pesos". La obtención y posesión de ese papel, dotado de un misterioso poder de atracción, actúa como anzuelo y nos empuja a pagar por asistir a eventos innecesarios, a soportar peroratas insoportables y a escuchar, de labios de oradores ineptos, conferencias leídas al pie de la letra directamente de un Power Point proyectado exactamente delante de nuestros ojos.

[Esta última actitud siempre me ha provocado un profundo desasosiego y una tremenda duda: ¿pensará el disertante que no alcanzo a leer lo que dice en la pantalla? ¿Intuirá mi analfabetismo, oh vergüenza de mis vergüenzas? ¿Que otra razón podrá existir para que el orador evite un diseño más ingenioso y educativo, y se limite a la mera repetición de palabras que todos podemos leer? Me temo que es uno más de la interminable lista de misterios que jamás resolveré...]

Acumulamos así enormes cantidades de constancias de asistencia. ¿Acumulamos conocimientos en igual proporción? Permítanme dudarlo. Nuestra billetera pierde peso, eso sí, pero nuestro intelecto apenas si encuentra algo que aprovechar. Afortunadamente siempre existe el "coffee-break", esa nueva denominación que se le ha endilgado al criollo "recreo", "pausa" o "descanso", breve intervalo en el cual uno realmente puede aprender cosas nuevas del resto de sus colegas.
Lo curioso es que muchos de esos certificados no pueden ser incluidos en una carpeta de antecedentes, al menos si se presenta ante un tribunal de evaluación serio y confiable (recordemos que hay de toda en esta enorme viña abandonada por el Señor...). En efecto, la posesión de una voluminosa masa celulósica cuidadosamente ordenada no garantiza nuestra capacidad, nuestras destrezas o nuestra formación. Por el contrario, puede demostrar que pasamos más tiempo en eventos innecesarios que en espacios de real formación...
Si existen culpables en esta historia, somos nosotros. La exigencia de un alto nivel de calidad en los Congresos y Conferencias, en los Seminarios y talleres, debería ser una prioridad nuestra. Si pagamos por conocimiento, éste debería ser adecuado, debería dejarnos contenidos relevantes y pertinentes a nuestra situación, que puedan ser aplicados más tarde en nuestro contexto. Renglón aparte merecemos los que nos dedicamos, de una forma o de otra, a estar frente a auditorios expectantes. Nuestra responsabilidad es transmitir saber válido, proporcionar herramientas y nueva información. Se trata de un punto básico de la ética docente o profesional. Dar charlas y cursos por el mero hecho de obtener puntaje o antecedentes docentes es algo cuestionable, aunque también debo anotar que el propio Sistema Educativo fomenta estas prácticas (u obliga a ellas) al requerir este tipo de certificaciones de sus docentes...
Cadenas de sucesos y responsabilidades en las cuales es difícil encontrar el extremo, el origen, la causa. Seguimos, mientras tanto, siendo eventuales espectadores de acontecimientos fútiles y poco útiles, carne de cañón para el lucro de algunos que se alimentan de nuestra inocencia. Agucemos los sentidos, pues de nosotros depende que esa minoría de cursos sin valor dejen de existir, por falta de público.

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diciembre 16, 2004

Reflexiones

Por Edgardo Civallero

La biblioteca de Alejandría fue uno de los mayores reservorios de saber y memoria de su época, de todas las épocas.... Aunque la leyenda cuente que fue el conquistador árabe y musulmán el que ordenó la incineración de sus fondos para calentar el agua de los baños de la ciudad, la realidad —menos proclive a condenar y a etiquetar por razones raciales o religiosas— coloca tal “hazaña” en el saco de los romanos. Fuese quien fuese el responsable del hecho, a veces, tras el humo de mi pipa, me da por imaginar la mirada atónita, incrédula, de los responsables de todo ese acervo, viéndolo arder, viéndolo desaparecer en manos extrañas. Pienso en todo el trabajo, en las interminables horas de copia y de ilustración, en la búsqueda de documentos faltantes, en las traducciones, en la organización, en todo el esmero y el arte derrochado, en los sueños... E imagino el dolor y la frustración, la impotencia, las lágrimas y la desesperación de aquellos colegas ignotos, nuestros predecesores, al ver años de trabajo y siglos de conocimiento esfumándose ante sus ojos en minutos....
Y pienso, para mi coleto: “¿Soy digno de esas lágrimas, de esa impotencia...?”. “¿Soy digno heredero de ellos, seres humanos con errores pero también con entereza, con sueños, con ganas de luchar y de ponerle cimientos al castillo en el aire que muchos intentarían —con poco éxito— revivir después?”. “¿Honro con mi trabajo la labor de los responsables de uno de los mayores logros humanos de toda la Historia?”.
Y me quedo callado, hundido entre las volutas de humo de mi tabaco, avergonzado. Porque, entre nosotros, pocas veces puedo dar una respuesta honesta a esas preguntas.

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Un punto de partida

Por Edgardo Civallero

“Perded toda esperanza, vosotros los que entráis”. Así, si no recuerdo mal, rezaba la inscripción que, a guisa de “bienvenida”, recibía a los condenados a las penas eternas, según la visión que del Infierno imaginara Il Dante.
A la entrada de nuestras bibliotecas debería figurar una frase semejante, pero de sentido inverso: “Buscad esperanzas, vosotros los que entráis”. Y en cada bibliotecario debería estar latente una tercera máxima: “Generad esperanzas, vosotros los que podéis”.
Señalar que los visitantes de una biblioteca buscan esperanzas en nosotros y en nuestros estantes sería repetir textos ya escritos, incluso en otras páginas de este mismo diario de reflexiones y dudas. Suena romántico, por cierto, pero prefiero verlo así, antes que enfrentar términos como “cliente”. A veces me pregunto si en verdad alguien pretende que el saber humano —una de las pocas herencias comunes que nos quedan— sea vendido o si cree —a pesar de las miles de recomendaciones, códigos de ética y declaraciones internacionales sobre el libre acceso a la información— que es vendible. Me pregunto también si habrá quedado alguna faceta de nuestra existencia que no haya sido cuantificada, medida, evaluada, cotizada e ingresada al mercado de valores: amor, saber, sueños...
Luego recuerdo que el hombre vende la Naturaleza como si fuera su dueño —y no una parte débil, ignorante y desconectada de ella— y entiendo muchas cosas... (Remedando a uno de los inmortales personajes de “Mafalda”, Libertad, repetiré: “¿No es triste que entendamos?”).

[Recuerdo además cierto texto escrito por Alejandro Dolina —creo que en las “Crónicas del Ángel Gris”— en el que cuenta como los hombres realistas definen un libro: medio kilo de papel, un cuarto litro de tinta, un poco de hilo, cola, cartón...)]

Las esperanzas que se buscan entre los libros son muchas, y muchos colegas habrán vivido esos milagros ínfimos, cotidianos y pequeñitos, que son los que uno recuerda con más cariño y los que salen a relucir cuando se intenta rescatar lo mejor de la profesión: estudiantes sin recursos que superan exámenes y obtienen títulos; niños que abren sus ojos a mundos nuevos y ancianos que desean retornar a ellos, cansados de tanto camino incierto; mujeres dispuestas a despojarse de los cepos que les endilgara una sociedad machista, y hombres que luchan por superar sus miedos y sus ignorancias para enfrentar una sociedad elitista y exitista; ciegos que ven, mudos que hablan, sordos que oyen, paralíticos que caminan....
Son, en definitiva, las esperanzas de seres humanos que intuyen, desde algún rincón situado de la piel hacia adentro, que el término “imposible” es un adjetivo creado por unos pocos para manejar la vida de esos “muchos” que aún creen en las definiciones de diccionario.
Generar o dar respuesta a esas esperanzas es nuestra función primaria. Cada uno encontrará, supongo, la manera más justa y equilibrada —de acuerdo a sus cualidades y posibilidades personales y profesionales— de acometer tal tarea. Lo importante es no olvidar la misión. Enseñarla, si somos profesores. Aprenderla, si somos estudiantes. Divulgarla, si somos trabajadores. Y encararla y ejercerla día a día, desde la investigación o la referencia hasta la clasificación o la docencia.... Que se haga carne en nosotros, que se acepte como un deber, como una obligación moral, como un punto más de un código ético escrito o por escribir. Será, estoy seguro, un buen punto de partida. Para sentirnos más orgullosos de lo que nos sentimos. Para amar más nuestra profesión. O para comenzar a hacerlo, si aún no entendimos quienes somos y que hacemos.
Porque, como alguna vez escribió Jorge Luis Borges, siempre imaginé el Paraíso como una especie de biblioteca. Y en ella, una inscripción, una copia positiva, de real bienvenida, similar a aquella dantesca.
“Buscad esperanzas, vosotros los que entráis”.

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diciembre 14, 2004

Del valor de la crítica

Por Edgardo Civallero

Mi formación profesional comenzó en las Ciencias “duras”, en la Biología Marina, para ser más precisos. Soy Botánico Marino, una disciplina que amé desde niño y que todavía llevo guardada en un rincón del corazón. La vida, con sus vueltas, se empeñó en balancearme hacia el lado social de la ciencia, y terminé ocupándome de mis mejores compañeros: los libros. Sin embargo, mi formación en investigación nació en las Ciencias Exactas, caracterizadas por una metodología de trabajo y una forma de pensamiento muchísimo más crítica, analítica y “dura” (de ahí su apelativo más común) que las sociales, un tanto más laxas y relajadas.
Por ende, me acostumbré —desde un punto de vista personal, ideológico y profesional— a criticar todo aquello que se ponía bajo mis ojos, quiero decir, a analizarlo en forma crítica y a rescatar, en primera instancia, aquello que no me parecía correcto. Esta actitud, que puede ser considerada por muchos como “negativa” o “pesimista” es la que lleva a la Ciencia a establecer postulados y productos con un límite de error ínfimo: no se regodean en las bondades de lo que saben o de lo que hacen, sino que procuran eliminar todos sus aspectos negativos para que realmente, lo que saben o lo que hacen sea bueno. Como anoté en otra página de este diario, nunca ven la botella medio llena, sino medio vacía. Hay que hacer un esfuerzo consciente por llenarla, y por saber porque está a la mitad y corregir las causas que motivaron el vacío.
La actitud contraria –la que resalta los aspectos positivos de las acciones y las cosas- ciertamente es más bella, más delicada y más humana, pero a veces deriva en un conformismo que impide, a la larga, el progreso, la evolución, la corrección de fallos y ausencias...
Desde esta perspectiva abordo mi análisis de la bibliotecología en este blog particular. Evidentemente, en páginas posteriores superaré la etapa de crítica y comenzaré la de construcción, pero primero debo averiguar qué esta mal para saber que debo construir.
Quizás mi forma de expresión es muy dura, muy directa, sin tapujos ni miramientos, y, a veces, muy generalizante. Ciertamente, he aprendido que los rodeos, las vueltas, las medias tintas, los grises, la diplomacia, los disimulos, son las mejores herramientas para trabar la evolución y el desarrollo. Pongamos un ejemplo: si cualquiera de nosotros debe presentar un informe de investigación, y se lo presenta, previamente a su evaluación, a un compañero de confianza para que le brinde su opinión, ¿qué esperamos que ese compañero nos diga? ¿Un tibio "Y... está bien...”? ¿O una crítica directa que, aunque dura, nos despierte a ciertos errores que no habíamos detectado y que saltan a la vista desde la perspectiva de otra persona? ¿No nos ayudará más la segunda opción, aunque sea más dura? ¿No ahorraremos tiempo y podremos ir directo al grano, a la solución de los errores?
Por otro lado, no creo ser el único que piensa las cosas que escribo, pero si uno de los pocos que se anima a escribirlas y a asumir la responsabilidad de lo que dice. Muchas personas, en muchos ámbitos, vivimos esclavas, encadenadas por una serie de vínculos y normas sociales que nos impiden expresarnos con libertad. Hace poco comentaba con una colega un ejemplo de esta situación, ejemplo que, aunque muy burdo, les anoto, pidiendo mil disculpas por su grosería. En una reunión de personas mayores, uno de los invitados provoca uno de esos accidentes gaseosos y olorosos que todos tanto detestamos. Todos saben quien fue, pero a pesar de eso, nadie dice nada. Comienzan a respirar por la boca, comienzan las miradas, de enojo algunas, divertidas otras. Comienzan las toses graves, los “ejem”. La situación ya dura media hora, cuando entra un niño, quien, con una simple e inocente frase, hace evidente en palabras a la situación y a su responsable directo. Todos piensan, agradecidos, en que el niño ha expresado lo que todos pensaban pero, por motivos diferentes, no podían decir en voz alta. Creo que algo así ocurre en nuestro mundo bibliotecario, a nivel regional, nacional e internacional. Todos saben lo que pasa, pero nadie lo dice en público. Me consta por las docenas de mails que recibo a diario de colegas de todo el país, apoyando mis opiniones y proporcionándome ejemplos puntuales de las cosas que denuncio (y dándome las razones varias por las que ellos no pueden denunciarlas). En fin, en esta historia yo intento ser el niño que piensa en voz alta. Quizás he perdido mucha inocencia, y quizás me equivoque muchas veces. Pero, evidentemente, soy humano, nunca he declarado ser perfecto o haber comprado “la verdad” y siempre he dejado abierta las puertas para la réplica inteligente que me haga comprender mi error. De ahí que sostenga que a través del debate y de la discusión se genera conocimiento. Y de ahí que pida, siempre, los comentarios de aquellos que me leen. Porque para mí —como para ustedes, creo— la única forma de aprender realmente es cometiendo errores. Y si los cometo —seguro que sí— quiero saberlo.
Desde estas páginas, pues, prefiero pecar de agresivo, de loco, de incontrolado... Son etiquetas que ya he asumido.... Pero confío en que las locas palabras de estas locas páginas hagan despertar a alguien. No creo decir la verdad. Sencillamente, intento, con opiniones razonadas y muy radicales, romper la estabilidad y la comodidad, y provocar el pensamiento, la reflexión o el insulto. Los que leen estas páginas pueden estar o no de acuerdo conmigo. Pero para llegar a esa conclusión han debido pensar sobre los temas que he tratado. Y eso —pensar críticamente, buscar pensamientos independientes, analizar la realidad en la que nos movemos— es lo que deseo lograr: un poco de actividad intelectual en un país, un continente y un mundo que, desde hace unas décadas, parecen haber detenido su pensar y su opinar.
A todos los que, con sus críticas y sus opiniones, han participado en este blog en los últimos días, va mi agradecimiento. Espero verlos por aquí nuevamente. Sus palabras serán bienvenidas.

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diciembre 10, 2004

Vocación de servicio

Por Edgardo Civallero

La labor del bibliotecario —ya sea como gestor de memorias, como agente alfabetizador, como promotor cultural o como conservador de patrimonio cultural intangible— es un servicio, es decir, una actividad destinada a satisfacer las necesidades de una población determinada. Puntualmente, necesidad de (in)formación y recreación: necesidad de satisfacer curiosidades, o de desterrar el aburrimiento, o de borrar la tristeza y la soledad... Necesidades que pueden expresarse o mantenerse ocultas y pendientes, que pueden atenderse abiertamente o necesiten ser extraídas del interior del individuo...
El servicio que brinda el bibliotecario es un servicio social, es decir, una actividad que parte desde la sociedad hacia la sociedad, y que se ocupa, curiosamente, de manejar un bien social, un bien común a toda la humanidad, que no debería ser susceptible de compra y de venta: la cultura.
Estas ideas nos son conocidas: cada vez que se habla de la labor que realizamos, salen a la luz definiciones o categorías similares. Sin embargo, estamos muy lejos de tomar conciencia de la importancia de aceptar esta labor de servicio. Todavía militan entre nuestras filas los famosos cancerberos de estantes, esos profesionales que se ocupan de mantener su colección ordenada y en su sitio, olvidando que la razón de ser de esos fondos son las manos que los van a desordenar, los dedos que van a hollar sus hojas y los ojos que los van a curiosear.... Todavía existen los profesionales burócratas, colocados detrás de un mostrador, verdadera barrera entre el lector y el libro, desanimadores de la lectura y de la cultura, y responsables de los estereotipos que nos caracterizan... Existen aún entre nosotros los que creen en la automatización de las colecciones y de las actividades, olvidando lo social del servicio, la importancia del contacto humano, de la conversación con el usuario, de la necesidad de dedicar el tiempo que cada persona requiere y merece...
Quizás no encontremos a estos personajes muy a menudo... o quizás haga falta mirar en un espejo para encontrarlos. Quizás me dirán que no creen que haya profesionales así... pero, como reza el viejo refrán galaico-portugués: "haberlos, haylos...".
Existen también quienes no han descubierto a los duendes que se ocultan entre los libros, ni los tenues gritos de los tomos humedecidos, ni los espíritus de los personajes mirando curiosos a la hora del cierre. Pero eso no es condenable: la magia de la biblioteca se revela solo a unos pocos, enamorados desde niños del olor del papel y de la tinta.
Todos aquellos colegas que no hayan comprendido la necesidad de brindar un servicio —que es algo similar a brindar una vida— a nuestros lectores, se convierten, en definitiva, en verdaderas barreras entre los fondos y los potenciales usuarios. Y dudo que encuentren placer en lo que hacen.
Y todos aquellos que traten a los usuarios como clientes desconocen el verdadero significado de la palabra "servicio", y, sobre todo, olvidan el sentido maravilloso de no vender ni la cultura ni el trabajo que la maneja. La cultura se da, se difunde, es un bien que nos pertenece a todos, y está en nuestras manos el lograr que alcance cada rincón de nuestra sociedad.
En definitiva, quienes abordan nuestras tareas sin verdadera vocación de servicio, no sólo se perderán los milagros cotidianos de la atención al público. También se perderán el verdadero sentido de una profesión milenaria, nacida para servir.

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diciembre 09, 2004

Espacios cautivos, espacios colectivos

Por Edgardo Civallero

Debo confesarles —no sé si con cierta vergüenza o con cierto orgullo— que siempre he sido reacio al empleo de las nuevas tecnologías de la comunicación. Tengo una preferencia casi bohemia por los soportes tradicionales: los libros, las cartas, el teléfono, elementos dotados de un tacto particular, un aroma característico o un timbre peculiar. Ciertamente, los nuevos medios de comunicación agilizan muchos trámites en forma maravillosa. Pero, según mi parecer, despersonalizan el antiguo y adorable contacto humano, y enfrían un poco el universo personal, que termina convirtiéndose en un conjunto amorfo de dígitos y cables.
A pesar de mis reticencias y manías —no exentas de ciertos matices personales— admito que esta experiencia del weblog me está convenciendo de las posibilidades que tiene esta herramienta para la construcción de espacios de discusión y de creación / producción de opinión y —¿quién sabe?— de saber. Espacios críticos de los que carecemos, porque... seamos sinceros: ¿podemos hablar libremente en cualquier parte?
Este blog, que actualizo a diario, surgió de la necesidad personal de poseer un ámbito de expresión y reflexión íntimo que pudiera ser criticado o debatido por colegas o extraños. Se basa en mi convicción de que la única forma de generar conocimiento es el debate constante de los pensamientos propios. Sin embargo, pretendo que su objetivo no se limite a volcar opiniones, porque, remedando a mi amada "Mafalda", se dirán cosas tan ciertas que no servirán absolutamente para nada.
Precisamente: podemos decir y decir, nombrar realidades, desnudar problemas y llegar a sesudas conclusiones consensuadas... que no nos servirán absolutamente para nada si no las transmutamos en realidades, o al menos, lo intentamos.
Si bien sé cuántos de ustedes me visitan, no sé quiénes hojean estas páginas. Pero calculo (o quiero creer) que son colegas que buscan lo mismo que yo: espacios para crecer y para expresarse, ámbitos que no repitan lo mismo de siempre.
De acuerdo a varios mensajes que me han llegado a mi casilla privada, voy cimentando una serie de sensaciones personales previas que me alarmaban. Los Foros y Grupos argentinos suelen estar sometidos a la ideología de sus responsables. Los que se consideran "alternativos" a los foros oficialistas terminan repitiendo sus mecánicas, pero partiendo desde otra perspectiva. Quizás en otros países ocurra lo mismo (cosa que me gustaría saber). No se precisa un cambio de perspectiva: se necesita un cambio en las mecánicas de trabajo, de inclusión y de pensamiento. Con las publicaciones ocurre otro tanto: algunas son espacios cautivos, otras responden a las ideas de sus responsables. En escasos casos (no quiero decir "ningún caso" porque existen honrosas excepciones) se busca la participación de toda la comunidad bibliotecaria en pos del bien y el crecimiento común.
Hay una máxima del saber popular que afirma que por intentar no se pierde nada. Les propongo, pues, que intentemos y que participemos. En los blogs pueden insertarse comentarios en forma anónima (algo que no aconsejo, pero...), lo cual evita reacciones del medio profesional / laboral en contra del "opinante". Así que... ¡a participar!
Hay mucho que discutir, y de ello, muchas cosas pueden llevarse a la práctica como propuestas puntuales. Confío en que la iniciativa tenga una buena respuesta. Nos seguimos encontrando aquí, en estas páginas...

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diciembre 07, 2004

Sobre gurúes, santones y otras hierbas....

Por Edgardo Civallero

Los argentinos somos una mezcla profundamente heterogénea de descendientes de inmigrantes, gentes que, entre el ocaso del siglo XIX y el amanecer del siglo pasado (y en sucesivas corrientes posteriores de menor cuantía) llegaron a estas tierras meridionales en busca de una esperanza a la que aferrarse. Italianos, españoles, franceses y polacos —pero también armenios, croatas, galeses, griegos, turcos, rusos, ucranianos, judíos, vietnamitas, sirios, coreanos, árabes...— poblaron un territorio ya ocupado secularmente por etnias indígenas, y mestizado con sangre africana.
Las raíces del argentino actual —producto de tal reacción química— son una entidad indefinida y casi inexistente, aferradas a este suelo por mero instinto de supervivencia, pues provee de base y de alimento. Pero sus tallos y sus hojas (y sus flores y frutos), merced a una tradición que se inicia durante la Conquista y que fue perpetuada por “próceres” como Sarmiento, se orientan hacia Europa.
Hablando en forma general —es decir, aceptando de antemano la existencia de numerosas excepciones— Argentina, al igual que otras muchas naciones del “Tercer Mundo”, aún toma como patrón de sus actividades al modelo europeo. Olvida así una tradición cultural propia, única, que tiene siglos de existencia y un patrimonio infinito e invaluable. Olvida, muchas veces, sus propios caminos. Y se rinde, por lo general, al que viene desde fuera con ideas “nuevas”.
En nuestra profesión, empleamos tecnologías y herramientas que nos llegan desde el exterior, considerándolas buenas y pertinentes porque han sido creadas, “normalizadas” y empleadas con éxito en contextos euro-norteamericanos. Si mediara un análisis crítico previo de las mismas (instancia que se da en pocas oportunidades) notaríamos que nuestra realidad local está apenas contemplada en ellas. No sólo eso: en tales instrumentos de trabajo, en sus textos, todavía están presentes ideologías subyacentes de clara raigambre colonialista.
¿Un ejemplo? Intenten buscar en la CDU (o en la CDD, o....) algún código auxiliar que permita clasificar, puntualmente, un texto en/sobre lengua chorote, chulupí, toba, wichi, pilagá, abipón, chiriguano, tehuelche, ona, ranquel, chaná, charrúa... (etc.), importantes lenguas indígenas nuestras, algunas con una impresionante vigencia en nuestro país. El ejemplo es extrapolable a muchas naciones y culturas hermanas en Latinoamérica, África, Asia y Oceanía.
Inténtenlo, y, si logran superar el nivel de “Otras lenguas indígenas”, escríbanme un par de líneas.
¿Más? Busquen, en la misma CDU (tablas auxiliares 1f) y comprobarán que, todavía hoy, muchos seres humanos podemos ser etiquetados como pueblos o razas “primitivos”, en oposición a los “desarrollados” o a los “altamente desarrollados”. Estos términos provienen de una ideología denominada “evolucionismo”, muy difundida entre 1870 y 1940 entre las Ciencias Humanas, fruto de las políticas de colonización imperialista europea y de las aplicaciones racistas / etnocéntricas de descubrimientos científicos como las teorías de Darwin y Wallace. Fueron estas ideas las que llevaron a que se enunciaran frases célebres como “Civilización o Barbarie”, y a que se impulsaran actividades como la “Conquista del desierto”.

[Las observaciones puntuales vienen dadas porque, en la actualidad, trabajo dentro de los Comités de Redacción de CDU y CDD, intentando enmendar estas ausencias y estas posturas ideológicas, que “nadie había notado”, según las declaraciones de los responsables de la redacción de los textos originales. Todavía tengo el enojo en las venas....]

Nuestro trabajo se basa en tales herramientas. Nuestra formación, por otro lado, se cimienta en textos extranjeros. Seamos honestos... ¿cuántos textos actualizados (evítenme el ejemplo de Josefa Sabor) escritos por autoras/es argentinas/os hemos leído en nuestras carreras? De ellos... ¿cuántos tienen en cuenta los matices de la cultura y la situación local, y cuántos continúan en el interior de la burbuja rosa del molde europeo? No leemos textos que aborden nuestras problemáticas (con honrosas excepciones), aún cuando contamos, en nuestra comunidad profesional, con mentes brillantes y plumas excelsas que tienen mucho para decir...
¿Cuántas publicaciones especializadas en bibliotecología, con textos sometidos a referato, tenemos actualmente en nuestro país? ¿Superan los dedos de una mano? ¿Y en Latinoamérica? ¿No escribimos o no tenemos espacios donde ser publicados? ¿O continuamos, quizás, empleando publicaciones extranjeras que nos hablan de mundos completamente ajenos al nuestro?
Nuestra formación en las aulas —por lo general, escasa— es complementada con cursos, seminarios y talleres extra-áulicos, organizados generalmente por instituciones ajenas a la Universidad. Por un lado, existe la tendencia de asistir a ellos para acumular certificados (pero no conocimientos). Pero, olvidando este detalle (un pecadillo bastante vergonzoso del que pocos estamos libres), hemos sentido en nuestro ámbito la presencia de “personalidades” foráneas que vienen a contarnos cosas que ya sabemos, con otras palabras, mostrándonos “nuevas” formas de trabajo, “nuevos” conceptos, “nuevos” paradigmas... Asistimos embelesados a clases en las cuales se nos muestra una realidad que difícilmente (por no decir “jamás”) alcanzaremos sin un enorme trabajo previo (que nadie nos enseña a abordar); tomamos apuntes de experiencias que difícilmente (¿nunca?) podremos repetir si no contamos con la formación adecuada (que nadie se arriesga a darnos, no vaya a ser que...); nos admiramos de sus avances (¿no se tratará de eso, simplemente?), pagamos por el curso... y seguimos tan vacíos como antes, aunque quizás lo que aumenta dentro nuestro es la confusión y esa terrible sensación de seguir siendo el último orejón del tarro (repito: ¿no se tratará de eso?).
Muchos colegas adhieren a nuevas tecnologías y a costosas políticas de compra de bases de datos que violan, de la primera a la última, todas las recomendaciones de IFLA, FIAB y UNESCO acerca del libre acceso al conocimiento, sin olvidar un número sustancial de derechos humanos básicos. Los traficantes del saber y de las TICs llenan sus bolsas en las puertas de nuestros templos, atendiendo apenas a nuestros problemas; nuestra sociedad, mientras tanto, sigue igual de necesitada, buscando afanosamente los datos precisos para solucionar un diluvio de crisis que parecen insalvables.
Debemos generar espacios de pensamiento crítico en torno a nuestras temáticas. Debemos formar recursos humanos que estén altamente capacitados para enseñar, para producir saber y para investigar, desde y para el ámbito local. Debemos taparnos los oídos ante los cantos de las sirenas, so pena de caer en un círculo del cual es difícil salir: el de la “Sociedad de la Información”, un modelo muy criticado en la actualidad desde muchos sectores, pero tan convincente como esas publicidades que logran vendernos aquello que menos deseamos.
Debemos mirar un poco menos hacia fuera y un poco más hacia adentro. Porque vivimos en un país y un continente riquísimos, a pesar de las cadenas y las presiones de aquellos que se empeñan en que no levantemos cabeza para que sus añejas (y podridas) raíces no se tambaleen. Tenemos sangre nueva, tenemos saber milenario, tenemos ganas de hacer y de aprender.
Olvidemos las voces de los exóticos santones “desarrollados”, y de los que los sirven entre nosotros, y emprendamos el camino de nuestra propia construcción. Leamos entre renglones, revisemos todo —incluso lo más trivial—, critiquemos constructivamente, reformulemos nuestras estrategias y nuestros objetivos. No somos Europa. Somos América, somos esos millones a los que cantó Neruda, un día no muy lejano, lleno de esperanza.
Olvidemos a las aves de paso que vienen a alimentarse de nuestra inocencia y de nuestra comodidad, y apostemos por nosotros mismos. Será, en definitiva, una apuesta por nuestro futuro, por nuestro bienestar y por nuestro crecimiento.

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diciembre 06, 2004

Sobre nuestra educación como bibliotecarios

Por Edgardo Civallero

Establecer que nuestra profesión se ocupa de gestionar la memoria de la humanidad es vincular las disciplinas de la información y el libro a un objetivo amplio, bello y ambicioso. Un objetivo que, sin duda, nos llena de orgullo y nos motiva (o, al menos, debería hacerlo, aunque no siempre lo logre) para el trabajo comprometido y solidario, para la lucha, para el desarrollo de destrezas y conocimientos nuevos y pertinentes, y, en definitiva, para el crecimiento profesional y personal.
En otra ocasión analizaré —quizás demasiado críticamente para el gusto de algunos...— los motivos que empujan a cada bibliotecario a elegir su carrera, y las consecuencias que tal elección acarrea. Por el momento, me conformaré con preguntarme (y preguntarles): ¿estamos correctamente formados para abordar una meta tan importante?
Generalizando (craso error que me arriesgaré a cometer), diré que, por lo general, no estamos suficientemente preparados para tal misión, al menos en los países etiquetados como “en vías de desarrollo” (vaya una cadena psicológica que nos intentan poner, ¿verdad?). Iré un paso más allá, y diré que, desde mi punto de vista, existe una tremenda falta de educación especializada en nuestro campo.
Hablaré de mi experiencia personal, y luego cada lector podrá realizar un análisis honesto e introspectivo de su propia preparación, y obtener las conclusiones propias que guste y considere oportuno. Fui educado como un mero técnico, destinado a cumplir —con mucha suerte— funciones entre los estantes de alguna biblioteca universitaria. Tal labor es más que digna, y muy hermosa, por cierto, pero la profesión no se acaba allí. Ni en el estante ni en el mostrador. La formación que obtuve en áreas como las relaciones humanas, los idiomas, la producción de nuevos conocimientos, la investigación, la redacción, la preparación de proyectos, el diseño de redes de información, el planeamiento de bibliotecas desde cero, la documentación y la construcción de tesauros (y un dilatadísimo “etcétera”) fueron muy pobres. La formación humanística —la cultura general que nos vincula a esa memoria que pretendemos conservar, organizar y difundir— rozó la inexistencia.
Somos muchos los que reconocemos (algunos en privado, otros a viva voz) estas ausencias, estos vacíos que debemos ocuparnos de llenar personalmente, por otras vías y en otros espacios. Que notemos estas carencias o no depende de la fuerza de nuestra vocación. Quien busque solamente un puesto de trabajo que le permita vivir estará convencido de que la educación que se le proporcionó fue más que suficiente para desempeñar sus tareas, punto que acepto aunque pueda ser vehementemente discutido. Empero, quienes buscamos en nuestra profesión algo más que el sueldo comprendemos rápidamente que necesitamos de sólidos conocimientos, de información actualizada, de saber válido que nos permita crecer, avanzar, abrir puertas que servirán, en última instancia, para el avance de nuestros usuarios, muchos de los cuales necesitan en forma urgente de nuestra ayuda.
¿Culpar a nuestros profesores, a las instituciones a las que concurrimos buscando formación, a los planes de estudio o a las políticas educativas es la solución? Permítanme dudarlo. Así como existen docentes y ámbitos deplorables que no buscan en absoluto la excelencia en su labor educativa (llámenlo “comodidad”, “facilismo”, “irresponsabilidad” o como ustedes deseen), también existen los que se desviven por dar a sus educandos lo mejor de sí. Ocurre que los estudiantes expresamos pocas veces nuestro deseo de saber más (repito: llámenlo “facilismo”, “comodidad”, etc.) y pocas veces luchamos por un cambio que es más que necesario.
La culpa, por ende, es compartida.
Se precisa, en principio, de una toma de conciencia de la importancia de la biblioteca en nuestra sociedad, como educadora, como proveedora de información, como espacio para practicar uno de los medios de recreación más saludables... Se nos educa como técnicos, no como gestores del saber / animadores culturales / alfabetizadores / protectores de patrimonio cultural intangible... Y tal educación mentaliza a muchos colegas de que son técnicos, limitando sus horizontes y sus perspectivas, y convirtiéndolos, en la realidad, en auxiliares encadenados mentalmente a un estante o a un mostrador.

[Apunto que no condeno en absoluto las labores de atención al público. Sin embargo, muchos creen que la bibliotecología se limita a eso, lamentable mentira que dista mucho de ser aclarada].

Por otro lado, es necesario que, en general (generalizo nuevamente), los docentes asuman la enorme responsabilidad que tienen entre manos. Que busquen su propia excelencia y que la exijan de sus alumnos. La mediocridad es una plaga que azota muchas de nuestras aulas, y que, a la larga, cierra caminos a nuestras sociedades, tan necesitadas de manos expertas y mentes lúcidas que construyan progreso, desarrollo, crecimiento, esperanzas... y tan hartas de soportar gurúes extranjeros que llegan a nuestras costas a vendernos (una vez más) espejitos y cuentas de vidrio a cambio de nuestros tesoros (¡Maldición de Malinche...!)
Debe abandonarse la auto-complacencia, esa que empuja a alabar nuestros logros. Repetiré hasta el hartazgo que la botella nunca está medio llena: esta medio vacía. No se trata de pesimismo, sino de ansias de superación. Pues solo tomando conciencia de lo mucho que nos falta para ser excelentes profesionales nos preocuparemos por logra los cambios necesarios. Si seguimos anclados en el conformismo de ver la botella medio llena, jamás nos preocuparemos por llenarla por completo...
Por último, los estudiantes deben exigir a sus profesores más, mucho más, siempre más... Deben exigir docentes especializados en bibliotecología e información, que brinden contenidos pertinentes y relacionados directamente con nuestra profesión. Existe la tendencia de colocar profesionales de otras disciplinas, sin (sólidos) conocimientos de bibliotecología, dictando materias importantes, con los desastrosos resultados previsibles.
Los alumnos deben abandonar la comodidad y tomar conciencia del deber ético que asumen por el mero hecho de pisar un aula y obtener un título. Muchos esperan, fuera de las aulas, por una mano que les informe, que los eduque... Mientras más sepan nuestros estudiantes, mejores profesionales tendremos y mejor servicio brindarán.
Pocos reparan en la importancia de un libro o de la información que contienen. Permítanme terminar el texto de hoy con una anécdota personal. Trabajo desarrollando bibliotecas en comunidades aborígenes del noreste de mi país, algunas muy aisladas. En mi primer contacto con una de ellas, me topé con la dura realidad de la mortalidad infantil, provocada por diarrea, una enfermedad que puede ser fácilmente combatida con la información adecuada, pues su tratamiento se limita a hidratar al bebe o al niño con una mezcla de agua hervida, sal de algún tipo y algún elemento dulce. Curiosamente, esa información (que apenas si ocupa una página en los folletos de la OMS) jamás había llegado a esos lugares. Los bebés seguían muriendo. Y la muerte por diarrea es atroz, amén del dolor que deja en una familia la desaparición de un niño.
Hay mucho por hacer. ¿Qué esperamos para hacerlo, para ser mejores, para cambiar la realidad con nuestras mentes? ¿Qué esperamos para abandonar las auto-alabanzas del tipo “nuestros profesionales son excelentes” y generar profesionales realmente excelentes, con conocimientos en idiomas, en sistemas de información, en servicio, en investigación...? ¿Esperaremos a que profesionales del “Primer Mundo” nos digan que hacer, como trabajar, que es lo mejor para nosotros? ¿O tomaremos de una buena vez las riendas de nuestros destinos y demostraremos al mundo que, en verdad, somos excelentes profesionales y podemos dar vuelta la cara de esta realidad inmunda y dolorosa en la que vivimos?

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diciembre 03, 2004

Los gestores de la memoria

Por Edgardo Civallero

Pocas veces tomamos real conciencia de la enorme magnitud de la labor que realizan las bibliotecas en las sociedades "grafas" (utilizo el término en contraposición a "ágrafas"), es decir, aquellas que confían su memoria a soportes tan lábiles y frágiles como el papel o los discos magnéticos y ópticos... Somos los gestores de la memoria de nuestra civilización, los organizadores de sus recuerdos más nobles y más vergonzosos, los conservadores de sus éxitos y sus fracasos, los difusores de sus logros, de sus temores y de sus expectativas... Todo ese contenido está confiado, inconscientemente quizás, sin meditarlo mucho, a materiales que pueden destruirse muy fácilmente por una enorme cantidad de causas comunes (humedad, calor, insectos y alimañas varias...).

[Existe en nuestras sociedades una progresiva pérdida de las herramientas de revitalización de esa memoria escrita -lectura y redacción- en contraposición al constante ejercicio de la tradición oral en los grupos ágrafos... Esta decadencia de la lecto-escritura no sólo lleva al empobrecimiento cultural, al incorrecto y paupérrimo empleo de la lengua propia, etc., sino que, además, pone en riesgo nuestra propia memoria y nuestra propia identidad, que, sin cimientos, puede ser fácilmente presionada por culturas extrañas... Pero ese es un tema sobre el que escribiré in extenso en otra ocasión....]

El análisis de esta "importancia" profesional viene motivado por el comentario de Rosa Báez, integrante del equipo de la Biblioteca Nacional José Martí de La Habana, que anotaba su orgullo —después de 32 años de experiencia profesional— por ser "gestora de memorias". ¿Cuántos colegas encaran su profesión con tal orgullo? ¿Cuántos, empero, agachan la mirada y susurran un tímido y avergonzado "soy bibliotecario"? ¿Cuántos títulos alternativos nos han vendido (o hemos construido, o hemos deseado comprar) para sentir que nuestro "status" profesional se elevaba (¿hacia donde?)? ¿Cuántos de nosotros decimos —o aceptamos— abiertamente que somos ratones de biblioteca, amantes del olor del papel, del tacto de las encuadernaciones, del milagro de voces muertas hace siglos que nos hablan desde esas páginas, del placer del "saber que no ocupa lugar" y de los "libros que no muerden"?
El mundo se ha llenado de gurúes (de quienes también charlaremos en otro momento) que nos cobran altos precios por enseñarnos cosas que ya sabemos, cambiando y complicando los nombres para que luzcan "más importantes" (?). Ellos nos dicen quienes somos, que hacemos y cuáles son nuestros objetivos, algo que está claro desde hace milenios: somos bibliotecarios (sí, simplemente eso...) y brindamos un servicio a un usuario con una necesidad puntual de saber, de divertirse, de no bostezar de aburrimiento, de no sufrir soledad o de cumplir con obligaciones académicas.... Eso somos: los que alimentamos, desde nuestras (más o menos) pobladas estanterías, el ansia del ser humano por conocer cosas nuevas o por recordar cosas viejas...
Un ansia por conocer que desaparece cada día, merced a novedosos medios para convertir a la gente, desde pequeños, en obedientes entidades sin pensamiento crítico, sin opinión propia, más pendientes del último juego, el último coche, la última dieta o el último chisme que del último desastre ecológico (¿qué era eso?), la última violación a los derechos humanos (¿...?), el último manejo político, la última ejecución, el último grito de pueblos olvidados...
Aunque no lo parezca, podemos aportar un enorme grano de arena para que esto cambie. Quizás sea poco, pero, como dice el Himno Nacional del Japón, Sazare ishi no - Iwao to narite - Koke no musu made: "Hasta las montañas más altas se convierten en piedras y se cubren de musgo".
Quizás debamos recordar que somos herederos de una larga tradición profesional, y que tenemos una responsabilidad y un deber ético que nos obliga a comprometernos con la realidad y con nuestros usuarios... Quizás debamos aprender (porque, por lo general, no nos lo enseñan) el enorme poder del saber... Quizás debamos tomar conciencia de que nuestra actividad no es un mero empleo para ganar un sueldo: es mucho, muchísimo más...
Quizás así, la próxima vez que nos pregunten nuestra profesión, respondamos radiantes...
"Bibliotecari@".

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diciembre 02, 2004

Un primer acercamiento

Por Edgardo Civallero

Es curioso que deba buscar espacios de expresión en ámbitos tan impersonales como los que brinda la Internet. Pero la vida está llena de curiosidades, de situaciones ridículas que quizás difícilmente llegue a comprender algún día.
Un espacio de expresión público implica poner bajo el juicio de extraños, de desconocidos lejanos o cercanos, mis opiniones, mis creencias, mis sentimientos, mis miedos, mis dudas, mis esperanzas y mis sueños... Si uno encuentra, en los meandros del camino, a desconocidos inteligentes —aquellos que puedan o quieran construir saber a partir del debate, o aquellos que quieran regalar una frase o un momento de su tiempo— entonces la iniciativa puede tener algún sentido. Me queda aún la duda: ¿qué porcentaje de "gente inteligente" queda circulando por la red? ¿Pertenezco a ese porcentaje, o hace tiempo que quedé fuera de él? ¿Qué hacer con todos los "no-inteligentes" que andan dando vueltas, y que, indudablemente, querrán dejar su marca?
Creo que deberé responder a estas preguntas sobre la marcha.
Busco expresar en este espacio mis opiniones acerca de mi profesión y de aquellos puntos de mi realidad que me duelen, que me dan asco, que me dan risa o que me provocan una reflexión o mucha tristeza. Son opiniones, y por ende, parten de un marco personal, pueden no ser compartidas, y son discutibles. Pero siempre creí que, a partir de la discusión inteligente -una sana costumbre perdida hace tiempo en estos ámbitos virtuales, en donde el anonimato protege insultos y descalabros varios- puede generarse conocimiento verdadero. Quizás sea el único camino para ello.
Bienvenidos, colegas y curiosos.... Este es mi cuaderno de bitácora. Espero que dejen sus huellas, huellas que me ayude a crecer, a comprender y a creer.

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