Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 15, 2005

Dioses de la bibliotecología

Dioses de la bibliotecología

Por Edgardo Civallero

Quizás sea una cuestión meramente cultural (argentina, sudamericana, hispana o mediterránea, ¿quién sabe?), pero el título universitario de licenciado (o el equivalente de ingeniero o doctor) eleva al individuo, en nuestra sociedad, a un estrato que supera la mirada de todos los mortales comunes, constituyéndolo en una especie de Dios... o de Diosa.

Este fenómeno curioso (y triste) encuentra un lugar también en nuestra profesión, sin lugar a dudas. De allí que se planteen diferencian entre graduados y estudiantes, y entre egresados de carreras terciarias y licenciados, e incluso entre licenciados docentes y no docentes, o entre licenciados con cargo burocrático o no. Cualquier razón, cualquier característica es buena para armar una estructura vertical y subirse a la cima.

Y allí las encontramos, divinidades de la bibliotecología, individuos intocables que creen poseer alguna característica que les permite mirar desdeñosamente hacia abajo, hacia el común de la gente, y armar elites que se codean única y exclusivamente entre ellos, repitiendo quizás el tradicional sistema de castas de la India.

Son ellos los que alientan a la generación de diferencias. Son ellos los que establecen las brechas insalvables. Son ellos los que perpetúan los sistemas de concurso, los pagos de "derechos de piso", los escalafones cerrados y sólidos y el respeto a la autoridad y a la antigüedad (pero no a la inteligencia o a la experiencia). Sin eso, no serían nada. Se convertirían en meras sombras, reflejos diluidos de un profesional que no ha podido alcanzar sus metas y debe regodearse en sus títulos y sus papeles para sentirse alguien. Es una especie de muleta psicológica. Pero esa muleta se clava en la autoestima, en la vocación, en los sueños, en las ilusiones, en las ganas de crecer y en los sentimientos de muchísimos colegas que están bajo su área de influencia.

La clave está en comenzar a tener verdadero respeto por aquellas personas que demuestran, con humildad (o sin ella, quizás no importe tanto) que en realidad saben, que en realidad pueden... Que no deben emplear su título (lo tengan o no) para hacerse respetar, porque por su formación, por su experiencia, por su fortaleza, por su opinión, ya son respetados en forma natural. Era lo que Mijail Bakunin denominaba "autoridad real", en contraposición a la mera "influencia" o autoridad por posición.

Una vez que los altares comiencen a caer, las divinidades (esas que nos hacen esperar horas en la antesala de su despacho porque "están ocupadas", mientras toman café, chatean o hablan por teléfono), esas a las que nada se les puede discutir, esas que dominan la entrada y salida de trabajadores, esas que "tienen contactos", empezarán a difuminarse como por encanto. Y, libres de ellas, quizás podamos comenzar a aprender a ser solidarios entre nosotros, a comprendernos, a ayudarnos, a olvidarnos de títulos y menciones y certificados y papeles, y a emplear nuestra experiencia en el logro del bien común: laboral, profesional, personal e intelectual.

Ilustración.