Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 21, 2005

Las "leyes" de Ranganathan

Las leyes de Ranganathan

Por Edgardo Civallero

Debido a mi formación en ciencias naturales (o "puras", o "duras", o "exactas", simples etiquetas de nobleza y alcurnia fingidas...) tengo un grave respeto por la palabra "ley". Representa ese principio inalterable que se repite una y otra vez, en cualquier parte, siempre que se respeten las condiciones de partida, y con variables ínfimas.

Curiosamente me he cruzado nuevamente, en estos días, con unas viejas conocidas: las cinco leyes de la bibliotecología de Ranganathan. Luego de volver a leerlas (nuestro primer encuentro fue en los primeros años de mi carrera de bibliotecólogo) reí sin contenerme, rogando que, esté donde esté, el autor de tan nobles ideas estuviese mirando para otro lado. Porque si miraba hacia este mundo, vería...

Vería que su primer principio, "Books are for use", es ampliamente olvidado en muchísimas bibliotecas, en donde la colección es considerada patrimonio histórico o museístico, algo frágil e intocable. Conozco muchas bibliotecarias cuyo celo profesional en el cuidado de los fondos hace que el mítico Cerbero (el perro de tres cabezas que guardaba las puertas del infierno clásico) quede de la talla de un chihuahua. Imagino que los usuarios no son los hunos de Atila, ni pretenden destruir, doblar, ajar, manchar... pero nuestras buenas colegas lo ven así, y protegen con su vida la inmaculada blancura del papel y la rigidez de las tapas. El conocimiento sigue allí, en los estantes. La colección sigue ordenada e impecable. E intocable. ¿Para qué? Eso se habrá preguntado Ranganathan.

El cual vería que su segunda y su tercera ley (llamémoslas mejor "principios éticos"), "every reader his or her book" y "every book its reader", también se violan por completo. La enorme maquinaria de la industria editorial produce libros sin lectores. El tercer principio no se cumple, aunque los lectores se crean mediante el marketing, que nos indica gentilmente lo que debemos leer a través de Ferias del Libro y de suplementos "culturales" de grandes periódicos de tirada nacional. Afortunadamente, no todos se dejan embaucar por modas y publicidades, y ahí entra la segunda ley: para cada lector, su libro. Miles de lectores ávidos de leer algo que valga la pena tienen que saciar su sed –con mucha suerte– con despojos, pues los escritos clásicos y modernos son escasamente re–editados, y los contemporáneos inteligentes y críticos encuentran pocos espacios de edición.

La cuarta norma ("Save the time of the reader") roza el humor negro. Recorramos mentalmente el proceso que debe cumplir un usuario dentro de una biblioteca. El usuario que desea un libro debe conocer autor, título o materia para realizar la búsqueda en el OPAC o en el catálogo de fichas. Asumamos que hay un OPAC. Debe hacer la cola de rigor, y enfrentarse a una computadora (no todos los lectores saben manejar una). Asumamos que sí, y que conoce las reglas del OPAC (no todos las conocen, y no siempre aparecen bien explicadas). Nuestro usuario rogará para que el título o el autor estén bien escritos (si no, el OPAC no los reconoce) o que la materia ingresada esté incluida en la lista de descriptores del OPAC. Asumamos que tiene suerte, y que a esta altura no se ha escapado corriendo. Realizará una serie de pasos complicados (cuyo sentido real no comprendo ni yo, como bibliotecario) en una "amigable" interfaz (en el caso de CDS/ISIS, en blanco y negro y digna de Chaplin) que le devolverá, al rato, un conjunto de registros en los que aparece un maremagnum de datos (que el usuario pocas veces reconoce, y mucho menos utiliza, aún teniendo "formación de usuario", el equivalente bibliotecológico de "acostúmbrate a esta vaina"). Entre los datos, con muchísima fortuna, el usuario logrará identificar la signatura bibliográfica. Rezando por lo bajo, realiza la segunda cola de rigor ante el mostrador de atención al público, en donde entregará ese código secreto y, con poca suerte, se enterará de que lo ha copiado mal (e iniciará, si le quedan ánimos, un segundo proceso, para descubrir que lo que estaba mal anotado era un punto). Con suerte, será atendido y obtendrá el libro, si es que el sistema de préstamo no se ha colgado o se ha caído, y si es que ha recordado pagar las cuotas o inscribirse, o si el libro no ha sido prestado (instancia en la cual nadie sabe cuando vuelve o quien lo tiene). ¿Ahorra tiempo al usuario? Eso ocurriría si el lector nos diera el título y nosotros le entregásemos el libro directamente, ocupándonos nosotros del manejo de códigos, signaturas y demás trámites. Pero no pidamos peras al olmo: es más cómoda la versión burocrática, que termina logrando que cientos de lectores no pisen la biblioteca o que pidan a amigos que saquen los libros.

[Esta sección está basada en experiencia real, personal, no exagerada en absoluto, en bibliotecas de la Universidad Nacional de Córdoba, en algunas de las cuales la burocratización y el amor por el OPAC han llegado demasiado lejos. Pocos se ponen del otro lado del mostrador, en el pellejo del neófito: solo buscan facilitar su propia labor].

Pobre Ranganathan: cinco "leyes" ideales, pero inútiles. Porque la quinta no es un broma, es un sueño: "The library is a growing organism". ¿Con qué fondos crecerá? ¿Con los que la mayoría de los estados y organizaciones proveen? No, la inversión en educación, en investigación, en cultura, es "inservible" en algunos países y/o provincias. En fin, la ironía sabe amarga en estos casos, y se vuelve casi una queja rencorosa contra aparatos gubernamentales que se niegan a escuchar. Aunque reconozcamos que pocas bibliotecas (como en el caso de las universitarias) levantan sus voces contra sus superiores y sus políticas de recorte. Prefieren hacer caer su escasez sobre el lomo de sus usuarios, cobrando multas, inscripciones, o incluso "libre de deudas" (simpático certificado indispensable para obtener el título de grado, y que avala que uno no debe libros en la biblioteca) con fechas de vencimiento (es en serio). Siguen lamiendo la mano que mece la cuna y que da el biberón, y siguen masticando al de abajo, al que no le quedan muchas salidas.

Dejemos a Ranganathan dormir el sueño de los justos, pues se ha ganado un puesto entre los brillantes pensadores de nuestra disciplina. Y nosotros, que aún estamos vivos (¿o duramos? ¿Cómo es el asunto?) luchemos por cumplir esas "leyes", leyes que, si bien no expresan la realidad y la inmutabilidad de las cosas (como lo hacen las verdaderas leyes científicas), deberían hacerlo.

Ilustración.