Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 02, 2005

Pasantías: ¿trabajo esclavo?

Pasantías: ¿trabajo esclavo?

Por Edgardo Civallero

Hace un tiempo hice llegar a la lista de distribución profesional de ABGRA (Asociación de Bibliotecarios Graduados de la República Argentina) un mensaje que causó un tremendo revuelo, y que me ganó tantas condenas abiertas como simpatías veladas. Creo que el tema sigue candente y oculto (como todos los temas que nos duelen), y que merece ser nombrado nuevamente, para ver si, de alguna manera, pueden encontrarse soluciones.

El tema en cuestión es el de las pasantías, trabajo clásico de estudiante, "regulado" por una oficina universitaria (sé que suena a broma, pero es cierto), realizado en empresas externas a la Universidad o en bibliotecas dependientes de ella, y orientado a la "formación" y a la "práctica profesional" del educando.

Un alto porcentaje de los pasantes que conozco o he conocido –y aquí debo anotar que yo mismo fui uno de ellos durante algunos años– denuncian, como yo lo hice en su momento, la ausencia total de práctica y formación. Denuncian abusos, denuncian salarios bajos, denuncian una tremenda variabilidad (o incluso una ausencia total) de políticas con respecto a las pasantías, denuncian que han sido usados (repito: u-s-a-d-o-s) por instituciones "respetables" como mano de obra barata...

Algunos –que probablemente estarán leyendo mis palabras, pero que no osan pronunciarlas en voz alta por un comprensible miedo sin tapujos a las represalias, que ciertamente son aplicadas– han llegado a usar, para definir su trabajo como pasante, las palabras "escriba" y "esclavo".

Yo usé "bestia de carga", pero los que me conocen saben o intuyen que tal término es digno de mi carácter.

Las palabras suenan fuertes, ciertamente. Haré, pues, un alto en el camino para anotar que generalizar es un error, y que no pretendo caer en él. Muchos pasantes están felices con la oportunidad de desempeñar su futura profesión en la vida real, en condiciones reales, con el aliciente de ganar algo de dinero (cosa que, en nuestros países con economías sumergidas, es mucho más que un aliciente y pasa a ser una razón fundamental). Tal cosa me alegra. Yo mismo he sido agraciado, en alguna ocasión, con una oportunidad tal. Otros tantos se sienten "tan" bien, que incluso llegan a prolongar lo más posible la fecha de su graduación, para así poder seguir aprovechando los beneficios de la pasantía. Eso no me alegra tanto, pero ya es política de cada uno.

Pero junto a ellos, a las personas que, merced a sus buenas experiencias, opinan que el sistema de pasantías es justo, están los otros, los doloridos, los que se sienten usados.

Y son muchos.

Lamentablemente, no hay que ver el lado bueno de esta historia, sino el malo, por pequeño que sea. Porque ese lado malo es el que, precisamente, nos muestra los problemas que precisan de solución urgente. De lo bueno podemos regodearnos y felicitarnos después. Así mismo, hasta que no expresemos estos problemas, no comenzaremos a buscarles solución. Y esto es lo que ha estado pasando hasta ahora. Nadie dice nada. Es mejor callar y aguantar, pues "son solamente un par de años", y "tras la graduación, el abuso acaba".

[Mentira, el abuso continúa. La pasantía es sólo la preparatoria de lo que viene después].

He oído docenas de opiniones encendidas de pasantes, he leído cartas de renuncia y de protesta. Sin embargo, las autoridades encargadas de las pasantías hacen bien poco. El sistema continúa. Las quejas, mudas, expresas o entre dientes, también.

Muchas veces, hablar o elevar la voz en contra de estas situaciones puede convertirse en sinónimos de condena eterna por parte de los estamentos universitarios correspondientes, o de la comunidad profesional. Se repite, en estos casos, la conocida de situación de "yo lo soporté, yo pagué mi precio, entonces ahora todos deben pagarlo igual que yo". Una postura egoísta que he visto repetida hasta la saciedad. También están los que se desentienden de los problemas de sus colegas (o futuros colegas) y cierran los ojos a realidades que arden delante de sus propios rostros.

Denunciar y no proponer soluciones es visto, a veces, como crítica cómoda. Pero si no empezamos por denunciar, por hablar del problema... ¿cómo le encontraremos solución?

Desearía, algún día, poder dejar de ver lágrimas, resentimiento, odios velados y venganzas ocultas. Porque estas historias internas sólo conducen a una pérdida progresiva de las ganas de trabajar, de las ganas de hacer, del entusiasmo y del amor por la profesión. Y fuera de nuestras bibliotecas –se los recordaré siempre– hay todo un mundo que necesita de nosotros, de lo mejor de nuestro quehacer.

Construyamos caminos hacia el futuro, en vez de borrarles las esperanzas a los futuros profesionales.

Ilustración.