Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 18, 2005

Estatus de ciencia

Estatus de ciencia

Por Edgardo Civallero

En algún momento de la historia, el ser humano descubrió los ritmos de la naturaleza, algo que todos las especies que lo rodeaban conocían por instinto desde hacía millones de años. Sin embargo, este descubrimiento lo llevó a comenzar a controlar los ciclos naturales. Y surgieron la agricultura y la ganadería.

Surgieron también las agrupaciones sociales y los núcleos urbanos, y el hombre comenzó a edificar ciudades (algo que ya hacían las abejas y las hormigas), a dominar ríos (algo que ya hacían los castores) y a aprovechar sus recursos. También comenzó la guerra, el dominio, la violencia y las clases sociales, pero por el momento no encuentro parangón de tales actividades en el reino animal.

Surgió la escritura y se dispersaron las lenguas, y nació la filosofía como una vocación, buscando respuestas a la insaciable curiosidad de esta especie animal que ya, en esta etapa, no lo era tanto, y que se había multiplicado por millones. Con el tiempo surgieron los grandes dioses, y los grandes sistemas de religiones, y la voluntad de esos dioses primó sobre la de los hombres. Y todo fue explicado por la voluntad divina, y no hizo falta pensar más.

Muchos siguieron ese camino, y se acostumbraron a él. Y allí siguen. Otros recuperaron la capacidad de pensamiento (otros directamente jamás la perdieron), y nació la ciencia, la capacidad del hombre para explicar cualquier cosa. No sin cierta soberbia, los científicos creyeron que el universo era explicable mediante fórmulas matemáticas y métodos de investigación numéricos. Y las ciencias exactas ganaron prestigio y estatus.

Cuando el hombre se asomó al espejo y pretendió explicarse a sí mismo, sus actitudes, sus sentimientos, sus hábitos y sus costumbres y necesidades, encontró que no era posible cuantificarlas; encontró que tampoco era posible hallar leyes que previeran su comportamiento o sus reacciones o sus gustos o sus lágrimas. Y se dio cuenta de que la humanidad es un fenómeno inexplicable, inclasificable, semejante a una llama, dinámica y flexible, que impide cualquier tipo de calificación o de previsión.

Aún así, aquellos profesionales que se dedicaban a abordar el fenómeno humano no quisieron sentirse menos en una época en la cual el positivismo era el paradigma dominante. Y se autodenominaron Científicos Sociales o Humanos, y aplicaron los métodos de las ciencias de la naturaleza para intentar explicar el comportamiento del hombre.

Sin embargo, aún no existen leyes que expliquen el amor, la guerra, la depresión, la pasión por la lectura o el odio, ni que prevean cómo reaccionará la novia ante el altar, o el comprador en una librería, o el novio celoso, o el niño ante la rotura de su juguete favorito. Tampoco puede predecirse el futuro de los estados, de las razas, de los pueblos...

Todo es cuestión de soberbia, de creer que el hombre –al igual que en el Renacimiento, por reacción ante siglos de dominio religioso– es el centro del mundo, y que puede controlar, prever y dominar todo, cuando en realidad continúa siendo el hijo de la naturaleza que siempre fue, y continúa perdido sin saber hacia dónde va, qué hace aquí o cómo manejar lo que tiene más a mano: los recursos de la naturaleza.

Y todo es cuestión de estatus: decir que un profesional es científico y que una disciplina tiene la categoría de ciencia proporciona un estatus inigualable, un respeto por parte de estamentos similares, y la creencia de que uno sabe todo... o puede saberlo. ¿Qué disciplina, por insignificante que sea, no reclama su estatus como ciencia? Sin embargo, y curiosamente, ni siquiera las ciencias naturales –las primeras que se asignaron el título– son capaces de explicar muchos fenómenos de la naturaleza, supuestamente exactos.

Escucho que la bibliotecología es una ciencia, y sonrío para mis adentros. No pienso romperle el sueño o la ilusión a nadie, ni pretender que caiga del altar de los científicos. Sin embargo, la bibliotecología es sólo una técnica, o quizás un arte, si se realiza con pasión y esmero. Se encarga de organizar información, de conservarla. No puede explicar plena y "científicamente" ninguno de los fenómenos que estudia: porqué se publican libros, porqué se prefieren unos formatos a otros, qué razones llevan a los usuarios a actuar de una manera y no de otra... Desconoce incluso cosas básicas como las necesidades reales de sus usuarios. Y no podrá prever jamás nada, ni elaborar leyes, porque el fenómeno del libro, de la cultura y de la información es uno de los más movedizos, cambiantes, dinámicos e inexplicables que se hayan visto. Algo equivalente a prever sentimientos.

Las ramas más cuantificadas de la bibliotecología –la bibliometría, quizás, y los estudios estadísticos de usuarios– emplean herramientas accesorias de la ciencia para intentar comprender fenómenos pasados e intentar establecer patrones de comportamiento a futuro. Sin embargo, cualquier buen estadístico (y les recuerdo que antes de ser bibliotecario, soy biólogo) sabe que explicar a futuro fenómenos sociales es algo irreal: el hombre no responde a tendencias ni a patrones en su comportamiento. Es una entidad casi impredecible.

Prefiero considerarme un técnico, un artista o un simple trabajador. Que mi trabajo entre o no en la categoría de ciencia, de todas formas, no cambia las cosas: seguiré buscando información y haciéndola llegar a mis usuarios, a pesar de la existencia o no de códigos de clasificación, de tesauros, y de todas esas herramientas que, supuestamente, son necesarias para organizar un trabajo de documentación "científico", y que, en realidad, suelen ayudar más bien a complicar las cosas que a aclararlas. Cosas que, como todos saben en su fuero interno, son completamente artificiales, y, por ende, evitables.

Cuando abandoné las ciencias "puras" por las disciplinas sociales, mi razón fue simple: la ciencia pretende, orgullosamente, explicar lo inexplicable. Y en su soberbia no admite derrotas. He visto demasiado orgullo en mi vida como para, encima, tener que practicarlo en mi profesión, explicando con números la razón del vuelo de las mariposas o de las gotas de lluvia. Quizás mi postura sea romántica (ojalá así sea) pero prefiero, trabajando con honestidad y con criterio acertado de verdad y equilibrio (la base de toda "ciencia"), dedicarme a algo menos previsible y, por ende, mucho más interesante, olvidando debates y luchas que llevan más al odio y a las comparaciones tediosas que a la perfección intelectual, emocional y personal. El fin de la búsqueda de cualquier "científico" que se precie de tal.

Ilustración.