Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 29, 2005

Explosión de información

Explosión de información

Por Edgardo Civallero

Ya los filósofos de Jonia (una de las colonias griegas de Asia Menor) habían definido aquel elemento, un elemento más, simple y conciso, de todos los que los rodeaban en aquella naturaleza tan espléndida, que recién se abría a sus mentes inquisitivas:

"A"

Habían proporcionado de tal elemento una definición justa, que concentraba todo el conocimiento que de tal elemento se podía tener.

Empero, siglos más tarde, algunos pensadores romanos escribieron, en sus papiros traídos de las provincias egipcias, una opinión distinta...

En realidad "A" era "B más C".

Basados en los restos de esos papiros que sobrevivieron a las invasiones de los pueblos germánicos y eslavos, algunos sabios medievales elaboraron teorías divergentes sobre la definición de "A" y su relación con "B" y con "C", aunque en realidad se planteaban la gran pregunta: ¿por qué no "D"?

El Renacimiento encontró a millares de sesudos intelectuales dispuestos a enzarzarse en interminables discusiones acerca de estas interesantes temáticas, con lo cual "A" dejó de ser "A" y pasó a definirse como "E", "F" y "G", y las opiniones que se acercaran a nombrar "D" debían ser urgentemente llevadas a la hoguera para su purificación.

El surgimiento de la imprenta, sin embargo, permitió publicar tratados extensos sobre la importancia de "D" y las antiguas definiciones de "A", aunque se publicaron muchos divertidos panfletos populares que definían "A" como "H" o como una fusión –bastante escatológica, por cierto– de "B" con "I" o quizás con "J".

A esta altura nadie recordaba cuál era la pregunta inicial, o la razón de tanta disputa y tanta investigación, pero no sé si eso importó alguna vez. Al fin y al cabo, ya se había convertido en una especie de deporte. Los Enciclopedistas incluyeron a la definición de "A", pero en el tomo dedicado a la "K" y rescatando ciertas leyendas de los indígenas de las Islas de los Mares del Sur, recién "descubiertos", que remontaban el origen de "A" a definiciones relacionadas con "L" y con "M". Los científicos y los filósofos, los primeros sociólogos y los economistas aportaron sus propios análisis, y se crearon escuelas en torno a la definición de "A": los "N-ólogos" se enfrentaron a los "Ñ-ístas", pero a la postre los que definían a "A" como "O" triunfaron, y los diccionarios reflejaron por años esta definición última.

Sin embargo, con el surgimiento de las grandes universidades norteamericanas, algunos estudiantes, desesperados por elegir urgentemente un tema de tesis doctoral fácil y sin complicaciones, se pusieron a divagar sobre "A" y decidieron enfocar el problema desde otra perspectiva, elaborar un nuevo marco conceptual, renombrar las categorías, renovar las metodologías... Así surgieron "P", "Q", "R" y "S". Los ingleses y alemanes no podían ser menos, y definieron exactamente las mismas cosas, pero como "T", "U" y "V", aunque japoneses e indios emplearon sus propios alfabetos y los acusaron de racistas por no tenerlos en cuenta. Griegos y rusos traducían las discusiones a sus propios alfabetos, y encontraron que faltaban definiciones o que sobraban letras. Las publicaciones periódicas de más de dos docenas de sub-disciplinas hiper-especializadas se ocuparon del debate, de los nuevos constructos del conocimiento, y de las posibilidades del razonamiento humano. "W", "X" e "Y" no tardaron en aparecer, de la manos de algunos profesores españoles y franceses que necesitaban publicar algo "original" en revistas de "alto ranking" para tener más puntos para concursos académicos. Y algún pensador latinoamericano –necesitado de dar el salto a la fama dentro de su propia comunidad científica local– aportó "Z" como definición de "A", pero desde un punto de vista alternativo.

Todo ello no sólo estaba impreso en los mejores papeles libres de acidez, sino que también circulaba a velocidades impensables por la Red de Redes, aparecía con formatos html, xml y pdf en millares de sitios web y foros y weblogs y listas y portales, y se distribuía mediante CD–ROMs interactivos.

A esta altura, exactamente, algunos documentalistas pretendieron realizar una bibliografía comentada sobre "A" y se encontraron que, desde la Grecia Clásica hasta la actualidad, las publicaciones en torno a este controvertido concepto superaban los 70 millares de títulos. Un estudio cronológico demostró que la mayor proporción de publicaciones (especialmente artículos de publicaciones periódicas y sitios web) se encontraban dentro del periodo 1940-2000.

La famosa "explosión de la información".

Mientras tanto, en ese lugar del Universo en donde las ideas viven en paz, "A" se desternilla de risa. Litros de tinta, cambios de opiniones que no llevaban a ningún sitio, búsquedas de fama por parte de autores insignificantes, búsqueda de temas para una tesis, necesidad de cambios de paradigma, luchas entre ideologías o filosofías, necesidades comerciales, modas, necesidad de llenar currícula y de obtener puntos para recibir becas... Pero, a la postre, nadie la había definido correctamente.

Sin embargo, todo ese papel seguía allí, en ese planeta tan curioso y tan lleno de gente dispuesta a decir lo mismo de 700 formas distintas, atiborrando estantes de bibliotecas y haciendo sudar la gota gorda a los pobres profesionales dedicados a conservar la memoria de la humanidad. Una memoria que, depurada y libre de "ruidos informativos", cabría quizás en 100 ó 200 buenos tomos.

Ilustración.