Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

abril 26, 2005

Reclamamos...

Reclamamos

Por Edgardo Civallero

Creo que somos muchos (sobre todo los bibliotecarios jóvenes, los nuevos, los que recién comenzamos) los que vemos cómo nuestra profesión, esta tarea que elegimos para dedicar nuestro tiempo y nuestro esfuerzo, está comenzando a cargar unas características que nos disgustan.

Por eso podrán leer ustedes en algunas listas, o escuchar en muchos Congresos, o atisbar en ciertos weblogs, una multitud de opiniones ácidas, incluso violentas, si se quiere...

Decididamente, es un síntoma claro de un mal interno, algo que nos molesta, como esos dolores de cabeza a los cuales no sabemos darles un motivo.

Creo que el motivo puede singularizarse de forma rápida: elegimos una profesión que se embebe en el saber humano, que lo organiza, lo vincula, lo difunde, lo goza. Y nos encontramos con una profesión que apenas si lo maneja.

Sumado a esa molestia (que no es pequeña), nos encontramos rodeados por multitud de "colegas" que no tienen nuestra misma perspectiva. Acepto que la variedad y la diversidad son respetables, y que no todos tienen que tener las mismas motivaciones que uno, pero resulta que el actuar del resto del sistema perjudica nuestra formación, nuestro trabajo e incluso nuestros sueños.

Redondeando la "enfermedad", miramos hacia atrás y vemos a aquellos grandes bibliófilos, aquellas excelsas mentes renacentistas, aquellos artistas del libro de hace unos pocos siglos. Luego miramos este tiempo presente, tiempo veloz, tiempo consumista, tiempo sin tiempo... Honestamente: nuestros sueños, nuestras ganas, nuestra fuerza de trabajo, se quiebran y quedan hechas añicos a nuestros pies.

Reclamamos una mayor formación. También podríamos obtenerla por nuestra cuenta, pero entonces... ¿para qué vamos a una Universidad por 3 ó 5 años? Reclamamos una mayor calidad en los contenidos de todo aquello que tenga que ver con nuestra profesión: congresos, seminarios, cursos, libros, revistas, panfletos, charlas... Reclamamos que aquellos que no sepan mejoren o dejen su espacio (educativo o laboral) a aquellos que saben. Reclamamos que los falsos gurúes y las falsas autoridades dejen de robar, de figurar, de aparentar.

Y reclamamos porque sabemos lo importante que somos. No nos importan los estereotipos ni las falsas imágenes. Amamos lo que hacemos, el libro y la información y su poder para cambiar la realidad. Sabemos que no podemos solos. Sabemos que necesitamos la unión y el consenso, el trabajo conjunto y solidario con docentes, con asociaciones, con profesionales y con otros estudiantes. Por tanto, reclamamos que se dejen de lado las murallas de jerarquía y que construyamos, en conjunto, planes de estudio más acordes a nuestra realidad, pues, si no nos damos prisa, ésta avanzará lo suficiente como para dejarnos atrás, fuera de su camino.

Ya no pedimos siquiera una socialización de la disciplina (algo que también debería ser tenido en cuenta). Sólo pedimos que se nos eduque mejor. Y que aquellos que no quieran saber, que no quieran estudiar, que sólo quieren un trabajo, busquen eso: un trabajo. Dado que esos que buscan la salida laboral fácil y rápida no elegirían medicina, biología, ingeniería o historia, que tampoco puedan elegir nuestra disciplina.

Porque somos depositarios de un arte y de una técnica, tan valiosos ambos como cualquier ciencia. Y porque el respeto debe de empezar por nosotros mismos.

Ojalá alguien acepte el llamado y el reclamo. Ojalá las asociaciones estudiantiles recojan el guante y comiencen la lucha por ser mejores. Ojalá los docentes mediocres revisen su conciencia, y los directivos de escuelas y facultades recuerden que en sus manos y en sus decisiones descansa el futuro de una sociedad. Y ojalá los que sienten amenazada su seguridad y su statu quo dejen de asesinarnos ideológicamente, de cerrarnos puertas, de aserrarnos el piso, de levantar murallas en nuestra contra.

Por ende, queridas/os colegas, no se asombren cuando los jóvenes, la sangre nueva, nos enfurecemos. Sólo queremos que nos permitan ser mejores. Mejores que nuestros predecesores.

Porque el único alumno bueno es el que supera al maestro. Aunque al maestro le duela.

Ilustración.