Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

junio 09, 2005

Entre leer y comer...

Entre leer y comer

Por Edgardo Civallero

Ocurrió en el 2003, en Salavina, un pequeño pueblo perdido en el medio del monte, a orillas del río Dulce, en la provincia de Santiago del Estero (Argentina). Me encontraba presentando un avance de mi trabajo con bibliotecas indígenas en un Congreso de Lengua y Cultura Quechua (Salavina se encuentra en el área en la cual aún se habla la variante más meridional de las lenguas quechuas, el quichua argentino). Alguien del público alzó la mano y, en un tono franco, me dijo que mi trabajo estaba muy bien, pero que "los pobres indios no necesitan libros, necesitan comer".

Horas después, y a pesar del "consuelo" de varios colegas que, con discursos cargados de lógica, apoyaban mi trabajo, aún no había reaccionado de la "bofetada verbal" recibida.

La cuestión en debate es: ¿es la lectura una herramienta útil para el desarrollo de las comunidades y los pueblos, o un lujo que puede quedar relegado a un último lugar ante necesidades más urgentes?

Formar la respuesta a esa pregunta (esa respuesta que no supe dar aquella tarde en Salavina) me llevó meses y meses de experiencias y contacto con las duras realidades de las poblaciones rurales, indígenas y periurbanas.

Las necesidades primarias, urgentes, físicas de un individuo o de una comunidad pueden satisfacerse –si no se puede lograr de forma más constructiva– a través de ayuda humanitaria. No son pocas las manos dispuestas a brindar tal ayuda: ONGs, compañías religiosas, gobiernos, municipios... El problema, tal y como me lo expresó un viejo campesino del norte de mi provincia, es que "los zapatos y las latas de arvejas no tienen cría". En efecto, una vez que la lata se consumió y que los zapatos se gastaron, estamos en la misma situación de partida, esperando nuevamente los recursos de auxilio. Y esto, en muchas casos, crea relaciones de asistencialismo y dependencia (incluso paternalismo) que pueden derivar en manipulaciones y control social, político o religioso. Algunos casos en las provincias argentinas de Formosa, Chaco, Salta y Santiago del Estero (por citar realidades locales que conozco de primera mano) lo demuestran claramente.

Las necesidades primarias de las comunidades desfavorecidas (alimentación, abrigo, salud) deben saciarse en forma equilibrada, complementando tal ayuda con formación, información y educación, tres servicios que muy bien pueden ser prestados por una biblioteca. La educación permite crear caminos a futuro, recuperar identidades, conocer derechos y deberes, encontrar alternativas y soluciones a los problemas, y comprender el poder de las manos y el trabajo propios. Permite evitar que la caída de hoy vuelva a repetirse mañana. Permite construir esperanzas y proyectos y anular cadenas de dependencia innobles y humillantes. Permite dar a la vez el pescado y la caña para pescarlo. Permite aprender a cultivar la tierra, a criar animales, a aprovechar los recursos, a procesarlos y comercializarlos, a administrarlos y un infinito abanicos de otras posibilidades.

Por ende, creo que no existe una disyuntiva entre el libro o la comida. No se trata de dejar de lado lo importante por lo urgente. Se trata de tener en cuenta ambas cosas, dando un tratamiento justo a cada una de ellas. La lectura y la escritura, y las posibilidades que ellas brindan, son adquisiciones imprescindibles para cualquier grupo humano. Sin ellas, el desarrollo y la eliminación de estados conflictivos se ralentizan hasta niveles inimaginables.

Pero parece que, como siempre, las inversiones a futuro sólo son visibles para unas escasas mentes visionarias. El resto se queda en lo inmediato, y termina, en muchos casos, siendo manipulado por algunos espíritus bajos, que aprovechan las necesidades ajenas en beneficio propio. Pregunten, si no, en las comunidades Qom de la provincia de Chaco, que paga con sus votos el agua limpia que bebe, y con su fe los libros que lee.

Ilustración.