Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

junio 06, 2005

Retornando...

Retornando

Por Edgardo Civallero

El poder de la información es casi ilimitado. Es transformador, movilizador, generador de ideas y universos mentales únicos, despertador de sueños y llama inicial de luchas y reclamos. La libertad de un individuo o de una sociedad reposa en su capacidad de decisión propia, de autodeterminación. Y esta capacidad deja de ser operativa si no existe información que la alimente. De ahí la importancia de la censura y del control del saber en aquellos grupos humanos en los que una minoría domina y maneja el destino de una gran mayoría, generalmente desconectada de la realidad.

La información reposa en muchas manos, pero somos los bibliotecarios, los documentalistas, los gestores de información, los bibliotecónomos o como quieran llamarnos, los que, en última instancia, manejamos el conocimiento de una cultura, de una nación...

Las ilusiones de un profesional de la información no pueden morir en los límites de sus colegas, de sus profesores o de los autores que lee. Tampoco puede morir en los límites que la realidad le pone ante los ojos. Porque esos límites no son reales: reposan en nuestra mente. La realidad es ilimitada, no existen imposibles, todo puede hacerse si se encuentra la forma. Muchos caminos pueden iniciarse desde nuestros estantes o nuestras computadoras: el camino del reposo, el camino de la risa, el camino del descubrimiento, el camino del recuerdo, el camino del odio, el camino de la guerra... No existen muros ni puertas ni fronteras que nos impidan despertar en nuestros usuarios lo que queramos despertar: el ansia de mejorar, las ganas de vivir y de crecer, la curiosidad por saber más, la intriga por palabras y sonidos...

No importa lo que la realidad nos muestre, ni lo que nuestros antecesores hayan hecho. Tampoco importa que nos cierren puertas, que nos eduquen pobremente, que nos digan "no" a cada pregunta y a cada inquietud que nos brote. Importa, sí, que mantengamos la ilusión que nos empujó a elegir esta profesión. Importa que sigamos amando el aroma polvoriento del papel viejo tanto como el tiqui–tiqui–tic de nuestros teclados en la búsqueda de una referencia urgente y difícil.

Importa que amemos lo que somos y lo que hacemos, porque su valor es inmenso. No importa lo que los pobres de espíritu nos digan. Ellos jamás comprenderán nuestra búsqueda.

Ilustración.