Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 08, 2005

Impresiones preliminares...

Impresiones preliminares

Por Edgardo Civallero

La vieja Europa tiembla. La cara visible de su terror se ve claramente en sus aeropuertos. He viajado durante dos días: de Córdoba a Buenos Aires, de Buenos Aires a Roma, de Roma a Estocolmo. Y jamás he visto tan severos controles como los que he debido padecer en Italia... aunque comparados con los que deben soportar los ciudadanos de origen, nombre o aspecto arábigo, verdaderamente no puedo quejarme. Mi equipaje fue minuciosamente revisado; mi póster (hecho de papel maché y madera pintada) fue olido concienzudamente, golpeteado y completamente desembalado, en busca de droga; todos los elementos punzantes y cortantes que llevaba encima fueron abandonados en el camino.

Aún tras sus miedos –lógicos, desde todos los puntos de vista– el Viejo Mundo no pierde su encanto, su historia, su valor monumental. Aproveché mi parada en Roma para visitar el Coliseo y las ruinas del Foro Romano, y, honestamente, no dejan de impresionarme, a pesar de que somos viejos conocidos.

Estocolmo resultó ser la ciudad ideal para un encuentro sobre multiculturalidad. El turismo (aquí es verano, aunque no se note) ha agregado componentes extra a una ciudad de por sí pluriétnica. Llegado a sus calles, mapa en mano y bolso al hombro, comencé a escuchar chino, árabe, hausa, español... muchísimos idiomas excepto el propio sueco. Paradojas de la historia: una sociedad vieja, que no tiene hijos, está siendo lentamente colonizada a la inversa, en forma lenta, silenciosa, sin violencia, por los antaño colonizados.

Desde el aire, Estocolmo es un enorme conjunto de grandes y pequeñas islas flotando sobre los fiordos, rodeada de extensos bosques de abedules, piceas y pinos. En tierra, la prolijidad de la ciudad roza lo exasperante, al menos para mí, acostumbrado al adorable caos de nuestras ciudades latinas. Aún estoy buscando fachadas sin pintar, policías en la calle, aceras rotas. Las normas se cumplen en forma natural, quizás por una cultura y una mentalidad que se rige espartanamente por este sistema tan organizado. Las paradas de autobuses poseen un reloj digital que indica cuantos minutos faltan para el próximo servicio (cosa que se cumple...). Los peatones jamás cruzan una calle si el semáforo indica lo contrario, aunque la calle esté vacía. Los autos jamás cruzan un paso de peatones si hay un peatón que asomó su pie sobre el mismo, aunque la luz esté en verde. No se fuma en ningún espacio cerrado, y el orden y la limpieza imperan.

Sin embargo, la sensación de perfección cayó pronto. A la noche, fumando mi pipa, salí a recorrer el centro de la ciudad, y encontré los pordioseros (suecos), las pandillas, los graffitti, la basura en las calles, todos esos pequeños errores que a primera vista no se veían. Mi idea preconcebida cayó, quizás precisamente por ser una idea en sí, pues quizás olvidé tener en cuenta que, al fin y al cabo, los suecos siguen siendo seres humanos. De todas formas, la calidad de esta ciudad, de este país y de esta gente no pierde en nada. Correctos, amables, simpáticos (a su manera), serviciales, están siempre dispuestos a compartir un café (delicioso) y unas masas y a charlar (en un inglés que asombra) acerca de lo que sea. Si bien hablo algo de sueco, me he dirigido a gente en la calle en inglés, y casi todo el mundo (joven) lo maneja, lo cual da una sensación de seguridad impresionante a un visitante.

El nivel de vida, como es de imaginar, es altísimo. Existen escasos cibercafés, pues casi todo el mundo posee acceso a Internet en su propia casa, por lo cual un negocio de ese tipo resulta poco rentable. En este momento escribo desde la Biblioteca Internacional de Estocolmo, un anexo de la Biblioteca Pública de la ciudad (un edificio realmente alucinante, sobre todo por sus servicios...) que se dedica a proveer textos en más de 150 idiomas (libros y diarios) a los inmigrantes que viven en Suecia.

En fin, la primera sensación acerca de Estocolmo es la de una sociedad preparada para funcionar como un pequeño reloj sin dejar de ser cordial y abierta al buen gusto, la imaginación y la creatividad. Someros, honestos, poco dados a expresar emociones abiertamente (lo cual se ve reflejado en cada aspecto de sus vidas, desde la arquitectura hasta la música), los suecos me han proporcionado esta experiencia maravillosa que, a partir de hoy, intentaré compartir día a día con ustedes.

Ilustración.