Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 13, 2005

Oslo, 13 de agosto de 2005

Oslo, 13 de agosto de 2005

Por Edgardo Civallero

La Conferencia WLIC 2005 de IFLA comenzó oficialmente el domingo 14 de agosto. Sin embargo, un día antes tuvieron lugar las reuniones de los distintos Standing Committees (Comités de Gobierno) de las Secciones pertenecientes a las distintas Divisiones de IFLA. Si bien en un texto futuro me explayaré en explicar un poco más la estructura de la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecas, baste decir que los Standing Committees son los órganos que reglamentan y dirigen las distintas Secciones. En mi caso, pertenezco al Comité que gobierna la Sección de Servicios Bibliotecarios para Poblaciones Multiculturales (Library Services to Multicultural Populations, de la División III, Libraries serving the General Public), y éste era mi primer encuentro con el grupo, dado que he sido elegido para desempeñar mi cargo entre 2005 y 2008 (con posibilidad de re-elección para otro periodo de 4 años).

Oslo resultó ser una ciudad curiosa. Celebra, este año, el 100º Aniversario de su "divorcio" de Suecia, de la cual fue provincia durante mucho tiempo. Noruega en general –y Oslo en particular– conserva un aire de capital provinciana, de puerto pesquero y de rincón simple que ha sido sacudido, por un lado, por las increíbles riquezas que ha traído consigo el petróleo, y, por otro, por el impresionante número de inmigrantes que buscan una parte de esas riquezas, a ser posible asociadas a un lugar tranquilo donde poder vivir (o viceversa).

En fin. Oslo puede ser comparada, por su aspecto, con cualquier capital latinoamericana, diferenciándose, en este sentido, de Estocolmo, una ciudad mucho más bella, pulcra, ordenada, organizada y dotada de patrimonio histórico y cultural. Desde el aire es totalmente escandinava: lagos, fiordos, bosques, islas... Desde tierra, es caótica, multicultural y, a veces, muy descuidada. Curiosamente, Oslo es un lugar muchísimo más caro que Estocolmo, como bien pude apreciar apenas crucé la puerta del aeropuerto. Pero, evidentemente, acepté que estaba en otro mundo y que las reglas del juego eran, por supuesto, más que diferentes a las que estoy acostumbrado a jugar.

Los lugares elegidos para la Conferencia fueron el Hotel Radisson (uno de los más lujosos de la ciudad, y uno de los edificios más altos) y el Spektrum, increíble recinto preparado para recitales y grandes conferencias. Sin embargo, la mayor parte de los encuentros previos se celebraron en hoteles aledaños, preparados a tal fin.

El sábado 13, pues, me registré en el Spektrum, en donde comenzaba a notarse la falta de cabezas visibles entre los voluntarios, quienes, por cierto, hicieron un trabajo increíble a pesar de no contar –todo el tiempo– con la información o los recursos necesarios. Me dirigí luego a mi primera experiencia en el interior de la IFLA. Debo confesar, desde ya, que la burocracia no es lo mío (es más, debería confesar que me repugna). Por ende, se imaginarán mi aburrimiento cuando descubrí que estas reuniones son la más pura y dura burocracia del mundo; una burocracia necesaria, en cierto sentido, para mantener la estructura interna de una organización como IFLA. Descubrí que el verdadero trabajo de estos Comités se realiza en encuentros que tienen lugar a mitad del invierno boreal (Midwinter Meetings) y que cada Comité arregla a su gusto en el lugar que más le convenga. En realidad, son buenos motivos para viajar y conocer (excusas y razones oficiales aparte) los más variados lugares del planeta. El trabajo es mínimo, y, hasta donde pude comprobar, podría ser mejor. Pero no se habla mucho de trabajo, por lo menos de trabajo práctico, real, decisivo... Uno espera una mayor actividad, un mayor número de personas involucradas, un mayor número de contactos. Y se encuentra con miles de cartas oficiales que agradecen el agradecimiento que agradeció el anterior agradecimiento agradecido, y con muchos (e interminables) discursos bonitos. Y uno aprende a bostezar con la boca cerrada (y a disimular los lagrimones) y a llenar hojas y hojas de garabatos, y a decir "yes" para confirmar que tal carta debe ser enviada o que tal agradecimiento debe ser dictado.

Para no cansarlos, les diré que en dos horas y media tratamos sólo tres temas de interés, a los cuales se les dedicó alrededor de 15 minutos (en total), derivándolos a una Comisión de Trabajo especial. Esta Comisión (Working Group) se reunió en otro momento para redactar algunos documentos de importancia, y, normalmente, si bien las críticas y las correcciones están permitidas... pues, la verdad la verdad, no están muy bien vistas (se supone que el Working Group hace un trabajo magnífico, eficiente e increíble).

Decepcionado por estos resultados, salí de la Reunión de Comité solo para ver cómo, de otras puertas, otros tantos colegas salían con la misma cara de aburrimiento. La opinión me la confirmaron varios compañeros latinos: muchas palabras, poco trabajo práctico. Por ende, poca acción.

Ciertamente, éste tipo de trabajo se puede cambiar, como me comentara la presidenta saliente de IFLA, Kay Raseroka, en otro momento del WLIC 2005. Pero el trabajo es arduo y largo, como lo es todo trabajo orientado a cambiar mentalidades.

Horas más tarde, y después de vagabundear un rato por el centro de Oslo (y de confirmar mis sospechas de que es una ciudad completamente multicultural, tremendamente poblada por individuos de las más variopintas nacionalidades... y tremendamente cara, además) me dirigí a la Recepción de los "nuevos", los Newcomers, aquellos becados que pisamos por primera vez IFLA. Las Recepciones son una de las cosas más curiosas que tienen estas Conferencias: comida y bebida en cantidad increíble, y muchos discursos de gente que tiene distintos puestos y cargos (más o menos conocidos) en la escala estructural de la organización. El dinero invertido en tanta vianda podría ser empleado para pagar traductores no-voluntarios (o para pagar a los voluntarios por su inmenso esfuerzo), o para mejorar los sistemas de comunicación internos de la IFLA. Pero esas son cuestiones que quedaron fuera de mi alcance durante la Conferencia (sin embargo, uno nunca deja de hacerse estas preguntas). Entre los Newcomers encontré a los argentinos becados para este año, además de una buena docena de centro y sudamericanos, pakistaníes, nepaleses, egipcios y otros africanos. Gente de todos los puntos de la Tierra que, por primera vez, tenía la oportunidad de presenciar un Congreso enorme, que prometía ser interesante (pero que quizás terminó defraudándonos, y mucho).

En fin, el día domingo comenzarían las actividades (muchas cosas interesantes a la vez, en distintos puntos cercanos de la ciudad), por lo cual organicé mi agenda y salí a recorrer las calles de Oslo. Tranvías preciosos, buen transporte, comida inaccesible por el precio, y tabernas llenas de noruegos y visitantes vociferantes, que tienen prohibido beber en la calle pero que, dentro de un pub o una bryggeri (Cervecería) olvidan sus estructuras, sus distancias, sus reglas y sus miedos y recuperan su sangre ancestral.

Me dormí entre los alaridos de los noruegos –que aullaban algo parecido a una canción bajo la ventana de mi cuarto de hotel– y los insultos cruzados de varios árabes, que quizás no se insultaban, pero que, por el tono, parecían querer matarse. "Ciudad curiosa", pensé. "Almas de guerreros y pescadores bajo el rostro y el poder de la nueva riqueza..."

Ilustración.