Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

octubre 07, 2005

Maldición de Malinche

Maldición de Malinche

Por Edgardo Civallero

Desde mi percepción de sudamericano siento, a veces, la vergüenza histórica de haber negado, por generaciones y generaciones, rasgos culturales que nos pertenecen y nos identifican, sustituyéndolos por cosas que vienen de afuera: cosas a las que damos una tremenda importancia por el solo hecho de provenir del extranjero.

El libro y el idioma en el que lo escribimos son, efectivamente, dos de los bellos elementos que nos legó la llegada de los europeos a estas tierras. Sin embargo, su adopción significó el olvido (y hasta la (auto)negación) de docenas de otros elementos, pacientemente construidos y elaborados, a lo largo de siglos, por nuestras propias civilizaciones. Idiomas ancestrales, técnicas de transmisión de conocimientos, sistemas y soportes de escritura, todo ello desapareció en un momento determinado de nuestro camino y nunca más fue recuperado. De hecho, lo poco que ha sobrevivido mantiene una tendencia peligrosa hacia un punto en el futuro en el cual desaparecerá por siempre.

Todo esto me hace recordar el texto de una canción –bastante viejita, por cierto– titulada "Maldición de Malinche". Expresa la renuncia secular de los pueblos latinoamericanos a la herencia propia, y la aceptación, a ojos cerrados, de aquello que viene de fuera.

Evidentemente, somos el fruto de un mestizaje de siglos, y no podemos negar nuestra identidad mixta. Tampoco podemos condenar cosas como el libro, el idioma castellano o el portugués, sencillamente porque provengan de Europa. Pero quizás sea hora de comenzar a recordar, de valorar como es debido nuestras lenguas vernáculas y nuestras canales tradicionales de información y circulación del conocimiento.

Porque quienes niegan sus propias raíces –o las desconocen– jamás encontrarán su propio camino hacia el futuro. Y quizás sea éste –la Maldición de Malinche– uno de los mayores problemas que enfrentan nuestras sociedades. Confío en que despertemos del mal sueño, algún día, y que estemos aún a tiempo de recuperar lo poco que nos queda.

Porque se está desvaneciendo frente a nuestros ojos. Y, cuando lo haga por completo, jamás –jamás– lo volveremos a tener con nosotros.

Ilustración.