Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

octubre 04, 2005

Una pequeña historia de la biblioteca

Una pequeña historia de la biblioteca

Por Edgardo Civallero

Los primeros centros de conservación de documentos (archivos y bibliotecas) surgen, como es lógico, en la cuna de la escritura: las ciudades-estado de la antigua Mesopotamia y Asia Menor. Hacia el 3000 a.C., las urbes sumerias y acadias comenzaron a crear los primeros depósitos de la palabra escrita. El ejemplo se reproduciría, más tarde y en forma independiente, en otros focos culturales en los cuales también se generaron sistemas de escritura: China, América Central, India...

Escritura significó posibilidad de codificar información y datos, transformarlos en conocimiento transmisible y perpetuable. Pero también controlable, deformable y manejable. La información es poder, y su control permitió la gestión de grandes imperios, así como la transmisión de imágenes estereotipadas de las clases dominantes a las generaciones posteriores.

La memoria de los pueblos se almacenó, pues, en estos centros de gestión del conocimiento, incluidos, por lo general, en palacios y templos, de los cuales dependían, y a los que estaban sometidos ideológicamente. La información práctica se acumulaba en el archivo; los textos literarios, religiosos, históricos y lingüísticos, necesitados de mejor tratamiento, se alineaban en las bibliotecas. Escritas en alfabeto cuneiforme, y codificando distintos idiomas (del acadio o el sumerio al elamita, el hitita y el asirio), las tablillas de arcilla usadas como soporte material de la información valiosa eran manejadas cuidadosamente por los primeros bibliotecarios, funcionarios del poder de turno que comenzaron a desarrollar las primeras herramientas de organización y clasificación de estos fondos.

La información estratégica y la memoria grupal son la base de la identidad, el progreso y el desarrollo de una civilización, y, como tal, están sujetas a una mayor preservación por los gobernantes de un pueblo... y a una mayor amenaza de destrucción por sus enemigos. Las tablillas carbonizadas de Nínive y Mari certifican estos destinos, que aún hoy podemos presenciar en Sarajevo o Bagdad. El memoricidio se convirtió en una agresiva y eficaz manera de eliminar todo vínculo de una sociedad con sus registros escritos, lo que equivale a borrar su cultura y su historia, o, lo que es lo mismo, su memoria. Y un pueblo sin memoria –escribió Eduardo Galeano– es un pueblo sin futuro.

Así pues, la biblioteca nace signada por una enorme responsabilidad, una misión que no perdería nunca: recuperar, conservar y proteger el conocimiento y los acontecimientos pasados de un pueblo para perpetuarlos entre sus descendientes. Las bibliotecas son, por ende, verdaderas gestoras de la memoria humana.

Más allá de las fronteras mesopotámicas, el mundo alumbró otras civilizaciones. En el Valle del Indo y del Nilo, en China, en las selvas de Mesoamérica y, más tarde, en la cuenca del Mediterráneo, distintas sociedades comenzaban a elaborar sus propios códigos escritos y a plasmar su información en aquellos materiales y formatos que creyeron más adecuado: seda, bambú, palma, fibras de agave, madera, piedra, metal, papiro, cuero, cera, hueso... De una forma o de otra, en rollos o en dípticos, formando tiras o códices, fueron naciendo los primeros libros

Antes de que en Europa se iniciara la era cristiana, las sociedades mediterráneas y asiáticas habían sido testigos del fulgor y la desaparición de enormes bibliotecas y centros culturales (Alejandría, Pérgamo ...); del poder de los libros sagrados y las leyes escritas; de la gloria perpetuada en inscripciones laudatorias, que proclamaba también la vergüenza y la derrota de otros. La cultura se abría camino y ganaba su espacio, y la escritura demostraba su poderío inherente, invento y regalo de los dioses destinado a repetir por milenios las voces ya calladas.

Los grandes imperios cedieron ante la expansión de los que habían estado fuera de escena, culturas desconocidas que, en el transcurso de un par de siglos, tomaron el control del mundo y rediseñaron los mapas: árabes, normandos, eslavos, germanos, hunos, mongoles... Acompañada de una serie de eventos bélicos que ocasionaron severas pérdidas materiales y humanas, y profundos cambios sociales, económicos y políticos, esta expansión provocó la destrucción de un inmenso acervo cultural, cuyos restos quedaron en manos de los vencedores. La Europa medieval, el mundo árabe, el imperio Mogol, desarrollaron culturas magníficas y particulares, en las que el libro ocupó un lugar destacado como obra de arte y como vehículo para la antigua sabiduría y los nuevos conocimientos. Musulmanes, budistas, hebreos y cristianos lograron recuperar y hacer durar (hasta nuestros días) las ideas de un mundo desaparecido para siempre bajo las cenizas, a la vez que propagaban su fe y sus enseñanzas por África, por Indochina, por Asia Central y el norte de Europa. Sobrevivieron, así, retazos de saber milenario. Y las bibliotecas, alojadas en monasterios, palacios o mezquitas, continuaron manteniendo viva la cultura y la memoria, aunque el poder de esta información continuaba, como siempre, lejos de las manos del pueblo, en su mayoría analfabeto.

El Renacimiento europeo –coincidente con el florecimiento de riquísimas y exquisitas civilizaciones en América Central, en los Andes, en el África subsahariana, en Persia, en Indochina, China y Japón– fue testigo de una oleada de invenciones, desarrollos técnicos y nuevas formas de pensamiento, que permitieron la expansión de los territorios y de las mentes. Comenzaron los intercambios, los cruces culturales, los aprendizajes... Y también las masacres, las conquistas y el descubrimiento de formas más rápidas de escribir y de matar. Esta época conflictiva, de desarrollo fascinante, afectó al libro y a la biblioteca: merced al perfeccionamiento de las técnicas de impresión, el texto escrito escapó de su encierro en los claustros y alcanzó las universidades y las ciudades. La información, finalmente, comenzaba a llegar a toda la sociedad –o, al menos, a aquellos que, lentamente, aprendían a leer– y los distintos grupos humanos hicieron suyo lo que les pertenecía por derecho propio: su memoria y su saber.

Otras tierras fueron descubiertas, en una expansión imperialista que ya no se detendría. Y la destrucción llegó a los libros y a las bibliotecas, incineradas para borrar los recuerdos y completar una derrota total. Los códices aztecas y mayas, los pergaminos africanos, los quipus incaicos, las tablillas polinesias... todo ello fue destruido, y poco sobrevivió al violento contacto entre tantos y tan diferentes mundos. La sabiduría de los pueblos dominados se refugiaría en la transmisión oral; las victorias de los pueblos dominantes, hasta hoy, se proclamaría en lujosos volúmenes albergados en majestuosas librerías.

Las colecciones europeas, musulmanas y chinas se poblarían de trabajos de investigación y de ciencia, y el pueblo se deleitaría con los relatos que acercaban sociedades distantes y parajes desconocidos y exóticos. El libro era un bien que ampliaba su alcance, y la lecto-escritura, una habilidad que se extendía.

El mundo se europeizó, por propia voluntad a veces, a la fuerza otras... Se forjaron grandes imperios, la ciencia consolidó su estatus de saber indiscutible, y la tecnología inició una revolución que llevaría al ser humano a hacer realidad sus mayores sueños y sus peores pesadillas. Los desarrollos y las ideas europeas se extendieron. La Revolución Industrial generó el capitalismo, el trabajo asalariado, la sociedad de consumo y la producción masiva de bienes, incluyendo libros. Las bibliotecas se multiplicaron como fuentes de educación, públicas y privadas. Y el documento escrito –y el conocimiento que codificaba– comenzó a llegar a muchas manos más.

En la actualidad, la biblioteca continúa siendo el reducto de cultura que siempre fue. En el último siglo, superó guerras totales, cambios drásticos, movimientos humanos y destrucciones masivas, adaptándose continuamente, e incorporando aquellos elementos informativos y tecnológicos que le permitieran responder, de una manera más eficaz y pertinente, a las necesidades de sus usuarios, de sus lectores, de sus visitantes... Superó sus límites y sus muros, se subió a camellos y a canoas para alcanzar a su comunidad, y trocó las letras por sonidos o por imágenes digitales, respondiendo a los tiempos modernos.

Mas no dejó nunca de ser aquel inicial conjunto de recuerdos y de saber hecho materia. Y, a pesar de sus esfuerzos conscientes por ser plural y democrática, y por garantizar la libertad de los pueblos y de las mentes, pocas veces pudo escapar a su condena: el poder de la información. Sigue abierta sólo a aquellos que saben leer y que tienen tiempo de aprender. Sigue ofreciendo, la mayoría de las veces, la palabra autorizada y la cultura dominante. Sigue dependiendo de los poderes de turno y respondiendo a sus designios. No siempre es así, afortunadamente. Aquí y allá surgen, cada vez más numerosas, las bibliotecas populares, las independientes, las minoritarias, las comunitarias... Las que se proponen hacer llegar el conocimiento –todo el conocimiento– a todos, sin límites, sin barreras, sin prejuicios... Las que quieren convertir a un instrumento perfecto de educación y diversión en un bien de todos y para todos. Y las que proporcionan las herramientas y las destrezas necesarias para que este deseo se cumpla, al menos por una vez, en cinco milenios de evolución ininterrumpida.

Ilustración.