Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

noviembre 27, 2005

Jallalla Bolivia...

Jallalla Bolivia

Por Edgardo Civallero

Saludos desde La Paz, Bolivia, la capital más alta del mundo, a casi 4000 mt de altitud. Los efectos de la altura se están haciendo notar en mi organismo: a pesar de toda la coca que llevo mascada en estos últimos tres días, el suruqchi, el mal de las alturas, apenas si me deja respirar...

El recorrido entre la ciudad de Córdoba (Argentina) y la de La Paz me llevó a cruzar el norte cordobés, la desolada región de las salinas de Santiago del Estero, la bellísima provincia de Tucumán, los yungas limítrofes con la provincia de Salta, y luego de atravesar esta última, detenerme en la ciudad de Jujuy. Desde allí recorrí uno de los Patrimonios de la Humanidad, según la UNESCO: la famosísima Quebrada de Humahuaca.

Todo lo que puede haberse dicho en relación a este lugar es poco comparado con lo que uno siente cuando se encuentra allí. Mucho más cuando se cruza la puna jujeña, el altiplano andino, extensa y desolada región llena de cerros redondeados y azulados, llanuras de color ocre y arroyos secos de arenas gris-verdosas en donde intentan pastar las llamas y las vicuñas, oteadas por algún cóndor desde lo alto.

Un verdadero espectáculo para los sentidos. Una recomendación para visitar. Y una recomendación, también, para venir a echar una mano. Se necesitan muchísimas...

Cruzada la frontera por la ciudad argentina de La Quiaca, Bolivia me deparaba muchas más sorpresas. Un universo distinto al que yo conocía, este país me ofreció, en uno de los viajes más disparatados que he hecho en mi vida, 18 horas de travesía de sur a norte, cruzando páramos de arenas y torrentes bermejos, cordilleras nevadas, aldeas y comunidades indígenas hechas de puro adobe y paja y colgadas de precipicios dignos de una película... Y, sobre todo, un pueblo distinto, un pueblo sonriente, que no pierde la costumbre de llamar "amigo" al forastero, que ofrece su ayuda en todo momento, y que demuestra un increíble sentido de comunitarismo.

Para muchas personas –especialmente argentinos, pero también europeos que vienen de visita– los países andinos son solo rincones para conocer rápido (historia, naturaleza, algún souvenir tradicional, alguna fotito típica), y que no deparan mucho más. Pocos se detienen a charlar con la gente, a interesarse por su vida y sus costumbres y sus problemas. Pocos se aventuran a probar todas sus comidas y sus bebidas, a dormir en todos sus sitios, a compartir todas sus cosas. Vayan estas palabras y estas páginas de mi blog –a lo largo de esta semana en la que también describiré sus servicios universitarios, sus luchas y sus bibliotecas– para destruir una imagen mental inadecuada y poco acertada, y para afianzar lazos entre países separados tan solo por una estrecha –y a veces seca– corriente de agua.

Ilustración.