Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

noviembre 11, 2005

Universidad y trabajo de "extensión"

Universidad y trabajo de extensión

Por Edgardo Civallero

Siempre creí que la inteligencia –la real, la verdadera– no se limitaba al simple y mecánico almacenamiento de datos en algún punto indeterminado del interior del cráneo, sino que implicaba el procesamiento y la elaboración de los mismos –la silenciosa, humilde y creativa conversión a información– y su empleo imaginativo, solidario y enriquecedor en la mejora del entorno físico, social o espiritual.

Asimismo, siempre mantuve la íntima convicción de que, por el mero hecho de haber tenido la gran oportunidad de pisar un aula o de acceder a un programa de estudios, contraía una "deuda" moral o ética que me "obligaba" a devolver esa ganancia –intelectual o material– en forma de ayuda al desarrollo y al bienestar de aquello(s) que me rodea(n). Este código de ética particular me obligó siempre a volver útiles mis conocimientos fuera de las aulas, y a saldar mi "deuda" con aquellos que, a lo largo de su vida, no pudieron ni podrían siquiera hojear un libro.

Al elegir mi carrera universitaria, busqué –además de un medio que me permitiera sobrevivir a los cambios de la fortuna– un instrumento para insertarme en un mundo real que me dolía hasta las entrañas. Quizás haya pecado de romántico o de idealista al pensar que podría cambiar situaciones que, por su crudeza, injusticia o desequilibrio, exceden las posibilidades de acción de un ser humano (o de miles). Pero resultó que los dos adjetivos anteriores se ajustaban perfectamente a mis sueños y a mi personalidad. Por lo tanto... ¿por qué negarme la ilusión?

El ansia por poner mi grano de arena, por intentar ganar una lucha perdida de antemano desde hace siglos, me ayudó a superar muchos obstáculos. Estudié bibliotecología. Y si bien la formación que obtuve fue mucho más pobre de lo esperado, la Universidad me permitió entrar en contacto (en ámbitos extra-áulicos y extra-académicos) con formas de pensar y actuar, ideas, herramientas y elementos que me habilitaron para salir –título en mano– a luchar a ese mundo exterior que tanto me conmovía. A llevar el libro, la biblioteca, la educación y el saber (en alguna de sus formas, la que pudiera) a sitios donde fueran útiles, insuficientes o necesarios.

Fue así que descubrí la existencia de la palabra "extensión", cuyo uso siempre me pareció curioso, especialmente cuando se lo asocia a "Universidad": siempre creí y entendí que una entidad pública, que trabaja por y para el pueblo, no puede manejar este tipo de ideas, que implican una "apertura" a la comunidad (con lo cual se reconoce la existencia de un previo "cierre"). El concepto, en todo caso, sería intrínseco a la propia naturaleza institucional, y sería esperable que cualquier individuo universitario asimilase naturalmente que su actividad es de extensión, es decir, de aplicación de su saber fuera del ambiente académico y en pro del bien común.

Y es esta actividad –aplicar el conocimiento adquirido o construido, en forma creativa, en el entorno necesitado– la que realmente vale la pena en un universitario. Y, en forma muy especial, esta sensación se multiplica en un bibliotecario, un profesional al total servicio de la comunidad. Hace sentir que el esfuerzo de cinco años (o más... o menos...) tiene un valor que va más allá del sueldo mensual. Es algo que vale la pena vivir, y que no puede explicarse con palabras. Hace olvidar muchas penurias, hambrunas, noches en vela, lecturas inútiles, prácticos engorrosos y profesores ineptos dictando clases paupérrimas, y hace pensar en el inmenso poder que tenemos entre nuestras manos los graduados y estudiantes: el poder para cambiar la realidad, aunque sea en facetas ínfimas; el poder de abrir puertas luminosas y de cerrar ventanas oscuras; el poder de hacer algo bien en un país y un continente azotados por errores seculares.... El poder, en fin, de escribir y contar otra historia, de dar otra oportunidad, de plantear otra mirada y otro camino.

Haciendo llegar la Universidad –y su poder transformador– a la comunidad (especialmente a los grupos desfavorecidos) pueden implementarse proyectos e ideas que no coloquen otro cepo, ni otro grillete, ni otra traba, sino que liberen, que proporcionen alas y que busquen facilitar el crecimiento. De eso se trata la "extensión". En realidad, de eso se trata la Universidad: de formarse para comer, pero también para que otros coman. Para dejar de mirar hacia adentro con vergüenza y buscar salidas afuera, cuando hay tanto por hacer aquí, en este continente nuestro, y cuando hay tanta materia prima valiosa dentro de nuestras fronteras como para construir países nobles, sólidos y fuertes.

Y para sentir que tanto esfuerzo personal, tanto sacrificio, tantas horas y meses y años y nervios y gastos, valieron la pena. Porque el día en que cerremos los ojos para volver a la tierra por siempre, no nos llevaremos con nosotros la riqueza material. Pero quizás queden flotando en la brisa nuestros recuerdos, los recuerdos de aquellas cosas valiosas que hicimos y que, de una forma u otra, nos llenaron de orgullo.

Quizás mi visión les resulte utópica. En efecto, lo es. Porque si hay algo que en realidad siempre creí –y siempre repetí– es que, el día en que me falten las utopías y los sueños, ya no me quedarán motivos para luchar.

Y, sin razones para la lucha, dudo que me queden razones para seguir viviendo.

Ilustración.