
No es la primera vez –ni será la última, me temo- que planteo en estas páginas el estrecho vínculo existente entre nuestra forma de captar la realidad y las palabras que usamos para representarla. Me refiero, en concreto, a los términos usados en tesauros y sistemas de clasificación, lenguajes controlados destinados a codificar nuestro universo a través de un conjunto limitado de términos selectos.
En estas últimas semanas estoy colaborando con el Comité de Revisión de la CDU (Clasificación Decimal Universal) en la elaboración de un esquema que represente a las lenguas (y etnias) indígenas sudamericanas, sociedades e idiomas poco representados, hasta hoy, en las tablas de dicho sistema (y en las de otros, como la CDD o la LCC). Los códigos que diseñe pasarán a formar parte (si son aprobados por el Comité) de las tablas auxiliares 1f.
Personalmente, esta tarea representó un doble desafío. Por un lado, investigar en áreas de mi propia disciplina en las que jamás tuve formación previa (p.e. construcción de tesauros, lenguajes documentales, etc.) y en áreas de otras disciplinas (antropología, etnología, lingüística...) con las que tengo un contacto limitado merced a que curso la carrera de Historia. Por otro lado, tomar decisiones acerca de la realidad que debo representar, y los términos que voy a usar.
Quizás los que lean estas líneas piensen que llevar un conjunto de lenguas a un esquema clasificatorio sobre el papel es sencillo. Puede que, en parte, lo sea. Sin embargo, desde mis primeros contactos con esta tarea me encontré con que nadie sabe, a ciencia cierta, qué lenguas indígenas se hablan, quiénes las usan, dónde están, cuántos son los hablantes.... Nadie sabe si se siguen hablando... Nadie sabe cómo son exactamente, cuáles son las relaciones entre ellas, si poseen sistemas de escritura o no.... Este punto hace referencia, por sí solo, a toda una problemática histórica y social que, como bibliotecólogos, quizás no nos toque de lleno, pero que, como iberoamericanos, debería conmovernos, pues tales lenguas (y sus hablantes, y las culturas que representan y codifican) forman parte de nuestro patrimonio, de nuestra diversidad y de nuestra identidad cultural.
Pero pasando por alto este problema inicial, la crisis se presentó una vez que, esquematizado a grosso modo el árbol de clasificación de las lenguas nativas, tuve que empezar a poner nombres en las casillas vacías. Les ilustro la situación con un ejemplo para que comprendan mi estado de confusión y desconcierto en pleno trabajo....
En el Chaco salteño (región fitogeográfica que se encuentra en la porción oriental de la provincia de Salta, noroeste de Argentina, frontera con Bolivia) habita un pueblo de lengua guaraní, los Avá. Los habitantes criollos de la zona los llaman “chaguancos” (palabra que se ha convertido en sinónimo de “bruto” en toda la región chaqueña) o “tembeta” (por el adorno de guerra del mismo nombre que solían llevar, en tiempos pasados, atravesando su labio inferior). Los libros de historia perpetuaron el nombre de “chiriguanos”, castellanización del término “chiriwano”, apelativo despectivo que los Avá obtuvieron de sus vecinos Incas durante el siglo XIV, y que, en quechua, significa literalmente “mierda fría”. Ellos se llaman a sí mismos “Avá” (“hombres”) y a su lengua, una variante andinizada del guaraní, “Avá Ñe´é” (“El idioma de los hombres”). Sus vecinos Chané, antaño sus esclavos, los llaman “Chaya” (apócope de la frase guaraní “Che Yara”, “Mi Señor”). Los nuevos libros de historia, conscientes del uso secular de términos despectivos, y respetuosos de las identidades, los llaman “Avá-Guaraní”, para distinguirlos de otros pueblos de habla Guaraní, como los Mbyá, que viven también en Argentina, en la provincia de Misiones.
Si aún no se han perdido en tal maraña de nombres, podemos sumar los apelativos que los Avá reciben de sus vecinos Qolla del oeste, de sus vecinos Wichi del Este o de sus vecinos Chorote y Chulupí del Noreste, amen de todos los términos que los cronistas españoles del siglo XVI y XVII y los historiadores y etnólogos argentinos (y extranjeros) de los siglos XVIII y XIX crearon para denominar a sus diferentes facciones y tribus. Sumemos además todas las variantes gráficas, incluyendo “Chillihuano”, “Chiriwanu” y “Aba”.
Decidir el nombre a elegir para representar al pueblo y a su lengua en una clasificación internacional es difícil. No se trata simplemente de elegir una de las tantas variantes gráficas, o de eliminar fuentes antiguas o nombres dados por los vecinos. En este caso puntual, el término “Avá” (el nombre que se da la propia comunidad) no es conocido más allá de los círculos indigenistas, y el nombre “Chiriguano”, el más conocido y el reflejado en la mayoría de los libros de historia y antropología hasta hace unos años, es abiertamente despectivo, y rechazado por los indígenas. El idioma que hablan es más conocido como “Guaraní”, pero esa no es la forma que usan ellos para denominarlo. A todo esto, sumemos el hecho de que no hay formas normalizadas u oficiales (en castellano o en inglés) para denominar a esos pueblos o a esa lengua: a veces se usa una y a veces otra, dependiendo del contexto.
¿Qué realidad reflejar? La historia se repite en cada uno de los grupos indígenas argentinos y sudamericanos. No es una simple cuestión de palabras: muchos de estos nombres reflejan una larga historia de olvidos, de desprecio, de agresión.... Al nombrar, se asume una postura personal con respecto a lo nombrado. Y a estas alturas, ya no podemos esgrimir el argumento del “desconocimiento”, del “uso continuado” o de la “tradición”. Tenemos que ser conscientes del valor de las palabras que usamos.
Un joven Wichi (pueblo indígena del noreste argentino) me decía una vez, en la provincia de Chaco, que ser llamado “Mataco” (nombre reflejado en los libros de historia y de antropología) lo hacía sentir como si, en libros, diarios y revistas, se refirieran a los argentinos como “Sudacas”. Quizás el ejemplo sea poco afortunado, pero debería hacernos pensar profundamente acerca del significado y del valor de las palabras que usamos, y acerca del cuidado que deberíamos tener con los nombres de personas y sociedades.
Aquí sigo, preguntándome si usar “Toba” (“frentón”, en guarani) o “Qom” (“hombre”), o si usar “Tehuelche” (“Gente arisca”) o “Aonikenk” (“Gente”). Y sonrío para mis adentros al recordar que, en ruso, “Alemán” se dice “Niemets” (“Mudo”). Definitivamente, parece un mal internacional en el que nadie se ha detenido a pensar. Un mal que siglos de empleo continuado e inconsciente ha ayudado a atemperar (o a eliminar) en nuestras mentes. Pero no en las de ellos, los “otros”, que solo piden un poco de respeto.
La Declaración Universal de Derechos Lingüísticos de Barcelona (1996,
http://www.egt.ie/udhr/udlr-es.html) señala la necesidad de nombrar las lenguas de acuerdo a la denominación que les da el propio grupo de hablantes. Un cierto sentido ético empuja, además, a no usar términos peyorativos. Pero la cuestión, la gran cuestión, es si un tesauro o una clasificación construida con tales términos es útil para los usuarios finales.
Quizás sólo sea cuestión de probar si, por una vez, respeto y utilidad pueden ir de la mano, o si una vez más –como tantas otras en estos días inciertos- los valores positivos caen bajo el peso de la conveniencia.
Prometo compartir con ustedes el resultado de estas disyuntivas... Mientras tanto, continúo tras mi pipa, pensando....