Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 23, 2006

30.000 espíritus flotando en el viento...

30.000 espíritus flotando en el viento

Por Edgardo Civallero

Hace 30 años, un 24 de marzo del año 1976, un golpe de Estado elevaba al gobierno a una junta militar, que iniciaba un periodo oscuro (1976-1984) dentro de la historia argentina contemporánea. Quizás uno de los tantos aspectos deleznables de tal régimen militar fue su política de violación sistemática de derechos humanos, incluyendo torturas, desapariciones, asesinatos y raptos. Estas políticas fueron sufridas por todos aquellos que se considerasen "subversivos". Tal "categoría" incluía desde militantes en partidos de izquierda y guerrilleros hasta trabajadores sociales y defensores idealistas de los derechos humanos, por no hablar de artistas y estudiantes, y sus familiares.

Entre todos los que cayeron, también desaparecieron bibliotecarios. Ellos son parte de las 30.000 almas que siguen clamando justicia desde el oscuro limbo en el que se esfumaron, hace tres décadas.

En Argentina, y a partir de este año, el día 24 de marzo ha sido declarado feriado nacional, como una especie de jornada de memoria. Y en esta jornada, en la que me permito pensar acerca de los valores puestos en juego en aquella guerra sucia, me doy cuenta de que el mejor homenaje que podemos rendir a las víctimas de esa dictadura bárbara es perpetuar su lucha.

Las palabras bonitas, los homenajes, las flores y las lágrimas, todo eso está muy bien. Pero creo que, si esas personas pudieran vernos –estén donde estén– desearían que perpetuáramos las ideas y las luchas reales por las que cayeron, por las que fueron detenidos y torturados, y asesinados y borrados de la faz de la realidad.

¿Defendemos esos valores? ¿Defendemos nuestra realidad, nuestros derechos? ¿Valió la pena la muerte y la desaparición y el sufrimiento de tanta gente? ¿Somos dignos de todo ese dolor? ¿O somos un pueblo de cobardes, escondidos bajo el "a mí que me importa", el egoísmo y la vanidad?

Creo que necesitamos volver a esos antiguos valores. No sé si hay alguien dispuesto a dar su vida por lo que cree, hoy en día. Lo que sí sé es que hay muchos dispuestos a aplaudir a los que sí lo hicieron. De esas manos que aplauden, siempre hay de sobra.

Pero no sirven. Necesitamos más manos que luchen. Tenemos 30.000 ejemplos. Basta con imitar uno sólo de ellos.

Ilustración.