Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

abril 05, 2006

¿”Ayuda” internacional?

Ayuda internacional

Por Edgardo Civallero

La conferencista explicó, durante un Seminario de 6 horas-reloj (dos días) la situación de las bibliotecas en un "país europeo" (pónganle el nombre que deseen). Expuso todos sus adelantos mediante diapositivas PowerPoint realmente asombrosas y bien diseñadas y, a través del intérprete, explicó todos los avances referentes a tecnología digital, comunicaciones y préstamos interbibliotecarios.

Cuando el seminario terminó, y una vez superado el sentimiento de frustración y vergüenza por saber que quizás nunca llegaremos a ese nivel profesional y tecnológico, nos preguntamos... "¿para qué sirvió la charla?"

En efecto, en ningún momento se proporcionaron metodologías de trabajo, elementos prácticos que permitieran la labor en la realidad local, conceptos adaptables / adaptados a las condiciones regionales... En verdad, la disertante no parecía conocer tal realidad local: simplemente se limitó a mostrar su propia realidad.

Repetimos la pregunta: "¿para qué sirvió la charla?"

Para saber que en ese país –y en gran parte de Europa y Norteamérica, Japón, Corea y Australia– los servicios bibliotecarios alcanzan niveles insospechados que, en recursos, nos superan ampliamente. Para averiguar tal cosa –algo que podemos hacer con un par de clicks en Internet, si nos interesa– se pagó una cuota de inscripción, se recibió un certificado y se soportaron 6 horas de cháchara con intérprete y de denso PowerPoint.

Este fenómeno se repite hasta el hartazgo en nuestros países latinoamericanos. Se da en universidades, escuelas, ONGs, fundaciones, institutos y un largo etcétera: grandes profesionales foráneos que aportan un conocimiento valiosísimo... para ellos. Para nosotros es inútil si no se aportan las metodologías que permitan adaptarlo a nuestra realidad... o las metodologías que se usaron, o las bases teóricas del trabajo, o las recomendaciones internacionales, o algún elemento que nos permita usar ese conocimiento para algo más que para seguir sintiéndonos el último caramelo del frasco.

Necesitamos algo que pueda aplicarse aquí: elementos que puedan ser transformados y usados en nuestra sociedad, con nuestros recursos, respondiendo a nuestras necesidades. No recuerdo cuando fue la última vez que escuché algo de eso.

Cursos, conferencias, charlas, seminarios, programas de postgrado, educación a distancia: todo está signado por el mismo problema, pero nadie parece darse cuenta. Nosotros aceptamos los contenidos extranjeros como si fueran respuestas milagrosas a nuestros problemas y carencias. Parecemos creer que su aplicación en nuestras tierras será la solución automática que instantáneamente nos convertirá en lo que ellos son. Pronto nos damos cuenta que todo lo que aprendemos es inaplicable. Entonces ¿para qué perdimos tiempo aprendiéndolo? ¿Para conocer otras realidades? Para eso hay otros métodos. ¿Para aprender otros puntos de vista? Si esos puntos de vista fueran pertinentemente transmitidos, serían más útiles.

Becas, subsidios, subvenciones son enviadas en grandes cantidades para proyectos cuyas realidades se desconocen. La mayoría de las veces tales proyectos tienen resultados fallidos o intrascendentes. Esos mismos fondos podrían estar proporcionando soporte a proyectos realmente útiles, apoyados incluso por equipos de investigación o docencia multinacionales. Pero no: nada de eso.

Docenas de profesionales extranjeros vienen a aplicar sus conocimientos a Latinoamérica... y se van con unas cuantas fotos, unas cuantas palabras en español en la mochila, y muchas buenas experiencias. ¿Y nosotros? ¿Aprendimos algo, obtuvimos algo, o fuimos el campo de experimentación de los colegas extranjeros, llegados para ver como es el "Tercer Mundo" y volver a casa a contarlo?

¿O quizás somos los conejillos de Indias para testear elementos que no se utilizan en ninguna otra parte del mundo, pero que aún empleamos en nuestras bibliotecas?

En fin, hay un gran listado de experiencias que alertan sobre una actitud latinoamericana de "admiración y alabanza" a todo lo que proceda de "países desarrollados", y sobre una actitud extranjera de arrogancia o, al menos, de descuido inconsciente. Si admiráramos luego de analizar, pensar y evaluar si el objeto de nuestra admiración realmente la merece, quizás dedicáramos menos tiempo a personas o realidades que no lo merecen (y podríamos destinarlo a cosas realmente importantes). Si los colegas del exterior dejaran de venir al "tercer mundo" a experimentar, o a ayudar sin conciencia, o directamente a ejercer su caridad (intenciones buenas, quizás, pero mal orientadas) y orientaran un poco mejor su ayuda, y respetaran un poco más la realidad local, y se tomaran su tiempo para adaptar el saber que traen a las condiciones regionales, quizás su ayuda sirviera.

Pero si seguimos siendo hipócritas y alabando a todo aquel que viene de fuera como si recibiéramos al descubridor de la pólvora –y quedándonos igual de vacíos que antes cuando se va– sólo porque viene de fuera... seguiremos perpetuando una Maldición de Malinche que ya hace siglos que nos viene atenazando. Y la verdad es que, según mi parecer, hay mucha gente fuera de nuestras fronteras que puede enseñarnos mucho. Pero deberemos dejar, de una vez por todas, de abrir la boca para babear de admiración, y comenzar a abrirla para decirles qué es lo que necesitamos.

Ilustración.