Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 26, 2006

Anarquista

Anarquista

Por Edgardo Civallero

Me ocurrió hace poco, en un taller que dictaba en la ciudad de Trenque Lauquen. Pero ya me había ocurrido en otros cursos, en Buenos Aires, en Córdoba, en Rosario. En cada clase, anoto –como advertencia preliminar– que los oyentes podrán escuchar algunas opiniones que quizás les resulten fuera de lugar. Ello se deberá a que soy anarquista, y a que, como regla personal, nunca callo lo que pienso.

El comentario que se ha repetido en todos los talleres –usualmente, durante la charla de café– fue el siguiente: "Creía que el anarquismo había desaparecido". O quizás un más contundente "el anarquismo está muerto".

El anarquismo filosófico –aquel nacido en las edades antiguas, en la Grecia de las poleis– hacía honor al significado etimológico de la palabra: an-arché, negación del poder. A lo largo del tiempo, tal expresión adquirió el significado de negación de autoridad, negación de las estructuras que ejercen poder sobre un ser humano, que oprimen, que limitan, que obligan... Desconozco si nací anarquista o me hice. Calculo que la última opción es la más aceptable: jamás acepté la autoridad por obligación, sino que la reconocí por respeto a capacidades mayores a las mías. Es la única forma bajo la cual un anarquista puede llegar a aceptar algún tipo de autoridad, que, en ese caso, ya no sería tal: sería una influencia. Los anarquistas no aceptamos estructuras verticales de ningún tipo, no ya solo en política, sino en la sociedad o en la religión. Es por eso que el anarquismo es asociado tan frecuentemente al ateísmo: niega la autoridad de otro hombre para establecer la fe y sus procesos, niega el poder de seres superiores para dictar normas. Los anarquistas creemos que la autoridad reside en la coerción, y abominamos completa y profundamente de esa opción. La coerción únicamente conduce a que nos encadenen, a que nos limiten, a que nos digan qué hacer, cómo hacerlo, bajo qué condiciones. Y no entendemos la libertad bajo esas circunstancias. Libertad limitada no es libertad: es un sueño de liberación que nunca llega a concretarse.

Ser anarquista en el seno de una sociedad establecida sobre bases del poder de un ser humano sobre otro no es fácil. Pero no es imposible, como lo demostramos a diario. Si bien muchas cosas deben aceptarse porque no existen alternativas válidas, otras pueden elegirse. Y, siempre que tenemos elección, elegimos aquella alternativa que nos permita movernos en total libertad, ejerciendo nuestra solidaridad, trabajando en equipos y en estructuras horizontales, hablando de igual a igual, manifestando nuestra libertad de expresión y de acceso a la cultura, oponiéndonos firmemente al comercio con las cosas incomerciables (cultura, naturaleza, bienestar...). Lo que para algunos parece locura y utopía, para muchos de nosotros resulta un estilo de vida que, si bien no es simple, nos hace felices, porque nos permite respetarnos y respetar, y sentir que muchas de las miles de cadenas que llevamos encima por el mero hecho de haber nacido en sociedad, se van desvaneciendo, o aflojando.

Durante mucho tiempo, la expresión más conocida –o la más popularizada por los medios oficiales– del anarquismo fue la violencia radical armada. Todos los terroristas y asesinos que actuaban bajo la supuesta bandera del anarquismo político fueron colocados como imagen estereotipada de esa corriente de pensamiento y acción, y de esa forma fuimos condenados como bestias salvajes, como asesinos sanguinarios, como chacales del demonio. Hoy no volamos puentes, no disparamos contra las autoridades, no preconizamos el caos como única forma de libertad. En realidad, los verdaderos anarquistas, los que profesamos un respeto casi "religioso" hacia las ideas básicas de esa filosofía, jamás nos planteamos la violencia como forma de acción, sencillamente porque creemos en el ser humano como base de la sociedad. Hoy, los que seguimos creyendo y actuando no volamos edificios: volamos mentes. Hacemos pensar, abrimos puertas a la luz entre tanta oscuridad, quitamos mordazas y vendas de los ojos, destapamos oídos, liberamos manos de grilletes seculares. Enseñamos, educamos, formamos, pero nunca en nuestra línea de pensamiento. Solo liberamos las manos para que ellas actúen en libertad, por sí mismas, haciendo uso de un libre albedrío natural que cada hombre y mujer posee. Defendemos la igualdad de todos los seres humanos, sin poder del uno sobre el otro: ni del hombre sobre la mujer, ni del rubio sobre el moreno, ni del rico sobre el pobre, ni del adulto sobre el niño. Defendemos el valor de cada lengua, sin poder de una sobre otra. Odiamos la palabra "dominante" porque representa poder injusto, poder establecido injustamente de un grupo o un individuo sobre otros. Y respetamos la autoridad por capacidad: aquellas personas que pueden ayudarnos a organizarnos y guiarnos en el camino por su saber, por su experiencia... Tales personas no necesitan imponerse sobre los demás exhibiendo títulos: solo necesitan hablar o actuar para obtener el reconocimiento automático de los que los rodean. Estoy seguro de que habrán conocido miles de personas así.

Volamos mentes, sí, y volamos murallas mentales: ayudamos a despertar, a pensar, a romper el asfalto con el que muchos pavimentaron y cubrieron nuestros sueños de ser y de sentir y de vivir y de luchar. Ayudamos desinteresadamente, damos clases sin cobrar, invertimos nuestros ahorros y nuestro trabajo en acciones que nos ayuden y ayuden a los que nos rodean. Creemos que el bien siempre vuelve, al igual que el mal, y, cuando regresa a las manos que lo engendraron, regresa multiplicado. Por tanto, somos siempre solidarios, y siempre actuamos a conciencia propia, olvidando las normas sociales que nos empujarían a actuar de tal o cual manera. Tales normas llevan encasillando y limitando a los seres humanos desde hace siglos, haciéndolos infelices, empujándolos a caminar caminos que jamás quisieron transitar. Esas normas y ese poder ejercido injustamente llevan a muchos a trabajar en puestos para los que no se sienten capaces, soportando la autoridad de personas mínimas y endebles que solo tienen un título para sentirse superiores y ser alguien. Esas normas llevan a temer a un dios cristiano vengativo, o a un cura que tiene en su mano el perdón de nuestros pecados. Esas normas llevan a que seamos discriminados por pobres, o por homosexuales, o por diferentes, o por... lo que sea.

Siempre hay una razón por la cual el poderoso aplasta y oprime. Siempre hay una razón por la cual alguien queda en la base de la estructura, soportando la gran pirámide, soportando los vicios y las falencias de otros.

Quizás vivimos transitando un camino al costado del mundo. Pero nosotros, los anarquistas, sabemos que no es así. Sabemos que estamos bien adentro del mundo, que luchamos por lograr una igualdad, una fraternidad y una libertad defendidas desde hace siglos. Sabemos que luchamos por un imposible, pero, al menos, es una causa noble por la que luchar, es nuestra causa, es una causa que nos honra con bienes mínimos. ¿Cuántos han caído por luchas más innobles, manchados de sangre? ¿Cuántos desperdician su vida tras un éxito y una fama que no lograrán jamás?

En las bibliotecas, la anarquía es sencilla de llevar a la práctica: abrir los estantes, abrir las cabezas, abrir los libros, volar los muros, enviar la cultura a sus destinatarios por todos los canales posibles. Desconocer límites, desconocer imposibles, olvidar las normas... Trabajar en equipos, en células, en estructuras orgánicas y horizontales en la cual cada individuo desempeñe el papel que mejor sepa desempeñar. Abrir los ojos y las orejas de nuestros lectores, desatar trabas, proporcionar herramientas para el crecimiento, acompañar de la mano en los primeros pasos del desarrollo cultural, solidarizarse con aquellos que no pueden acceder a la educación o a la lectura...

Y, sobre todo, olvidar todas las barreras de autoridad olvidables. No todas pueden ignorarse, pero aquellas contra las que se pueda luchar, deben ser eliminadas. Porque la biblioteca ha sido, desde siempre, parte del alma del ser humano, el reservorio de gran parte de su cultura escrita. Y debe convertirse en las alas de sus usuarios, alas que les ayuden a volar, a elevarse sobre sus miserias cotidianas: educándose, riéndose, informándose, soñando...

Quizás el anarquismo sea una de las filosofías más humanistas que existen. Porque se basa en la libertad del ser humano, y preconiza y lucha por la ausencia de estructuras que limiten e impongan otras voluntades sobre la libertad y la voluntad individual, la cual debe ser respetada y protegida en todo momento.

Muchos son los que actúan como anarquistas sin saberlo, sin importarles las etiquetas. Y eso demuestra el valor intrínseco de tal postura ante la vida, ante el trabajo, ante la fe, ante las relaciones sociales, ante la política: el valor de lo natural, de lo notable, de lo respetable. El valor de la libertad individual. Algo que no puede ser sometido por la fuerza, ni comprado con muerte y sangre. Sólo puede ser defendido con las propias manos, y despertado con bombas.

Bombas en la mente.

Ilustración.