Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 23, 2006

Más sobre oralidad y bibliotecas

Más sobre oralidad y bibliotecas

Por Edgardo Civallero

La oralidad es parte intrínseca de la naturaleza humana. El lenguaje y su libre expresión es lo que hace al hombre lo que es. Sin lengua no existiría gran parte de nuestra cultura y de nuestra identidad como humanos. No habría socialización, ni educación, y mucho menos sociedad (una estructura construida en base a relaciones generadas por el habla).

Negar su importancia es negarnos.

Lo escrito no existiría si, previamente, no existiese lo hablado. Es un sistema secundario, dependiente y artificial (como señalan muchos lingüistas). Con esto no niego su tremenda importancia en la historia de las civilizaciones. Pero tampoco la ensalzo como a una diosa. Simplemente, la pongo en su justo lugar, es decir, a la par que lo oral. Ciertamente, la escritura hizo progresar a muchos pueblos. Pero no olvidemos que condenó a gran parte de la humanidad al olvido, porque, a lo largo de la historia, escribieron los poderosos, y reflejaron la voz del vencedor. Lo escrito siempre fue "poder", y el poder no está en manos de todos. Lo oral sí: es popular, es democrático, y puede usarlo cualquiera que sepa hablar.

No olvidemos tampoco que si bien la escritura sentó las bases de muchos pueblos, otros miles crecieron y vivieron sin ella. Considerar analfabetismo o agrafía como sinónimo de "subdesarrollo", "no-evolución" o "no-progreso" es una postura deplorable, evolucionista, que ha llevado a la discriminación y al olvido de mucha gente por considerárseles incapaces de leer o escribir.

Lo oral es importante y valioso. Es un tesoro, un milagro, parte de nosotros, de cada uno de nosotros. Y, como tal, debe ser protegido y conservado. Un alto porcentaje del saber humano no ha sido escrito nunca, aún hoy. ¿Diremos, por ello, que no existe o que no es valioso? Es un saber transmitido de boca en boca, a lo largo de generaciones, y nosotros mismos somos depositarios de parte de él. ¿Vamos a considerarlo, por el mero hecho de ser oral, como inadecuado, pobre, poco poderoso, poco digno de consideración?

Tal actitud me provoca cierta desconfianza. Y cierta tristeza.

Lo oral se caracteriza por su inestabilidad, pero también por su riqueza, por su complejidad, por su adaptabilidad. Es un soporte con sus propias características, y no por ser diferente o complicado debe ser infravalorado o desacreditado. Repito mi pregunta: ¿consideraremos a lo hablado como inferior a lo escrito porque el texto es y fue fuente de poder, de desarrollo, de seguridad? Me parece una postura pobre. Sobre todo porque lo escrito es igual de inestable que lo oral, como bien demuestra todo el saber que se perdió por una simple chispa en Alejandría, Sarajevo o Bagdad. ¿Dónde quedó el poder de Nínive o de Pérgamo? ¿Dónde las memorias de esa gente, de esos grandes autores que confiaron en la "seguridad innegable" de la palabra escrita?

Está hecho cenizas. Porque el papel puede ser tan frágil como la memoria.

Guiarse por lo que parece más seguro no es siempre una buena actitud. Despreciar a lo que parece inseguro tampoco. Generar propuestas que den su valor a cada cosa, que integren, que complementen, me parece algo más positivo, más creativo y más humano.

Lo oral es parte integrante de nuestra memoria, cómo demuestran miles de culturas universales con riquísimas tradiciones orales, y miles de programas de narración de hoy en día, y miles de grupos de cuentacuentos que trabajan en la actualidad de aquí a Java. ¿Quizás esa pobre gente está perdiendo su tiempo en algo inservible? ¿O quizás estamos tan cegados con los valores que nos dan como "seguros" y "poderosos" que hemos perdido la capacidad para detectar la importancia y el valor de las pequeñas grandes cosas?

Se memoriza hablando y repitiendo, no escribiendo. Se memoriza contando, diciendo, y se aprende mejor de la palabra hablada que del texto, como bien saben cientos de miles de maestras/os en todo el mundo. El decir, además, permite una riqueza de expresión que queda muy limitada en la palabra escrita, como ya señalaran los clásicos griegos (que conocían muy bien el poder de la palabra hablada).

Si lo oral no fuese memoria, miles de argentinos no sabríamos nada de nuestros antepasados inmigrantes ni de su gesta viajera, ni los pueblos campesinos recordarían sus tradiciones, ni los pueblos aborígenes contarían los ciclos de la tierra. Y así hasta el infinito.

No podemos negar el valor de la tradición oral. Permite el reconocimiento de la cultura propia, de la memoria grupal individual, y el uso esmerado del lenguaje propio, algo que en muchas sociedades urbanas literatas se ha perdido (como bien saben miles de docentes de lengua).

Si la biblioteca es una institución gestora de memorias (y no un mero almacén de textos), debe ocuparse de los dos aspectos: el escrito y el oral. Es una doble labor: puede alfabetizarse y a la vez promocionarse lo oral, apoyando los propios deseos de la comunidad (para eso estamos los bibliotecarios: para dar un servicio desde un punto de vista de desarrollo de base y solidaridad). Y cuando hablo de promocionar la oralidad no hablo solo de transformarla en documentos escritos o audiovisuales (a muchos no les servirían, pues no sabrían leerlos o no tendrían los aparatos para verlos). Hablo, sobre todo, de brindar espacios y apoyo a la expresión de la palabra hablada, desde la comunidad y por la comunidad.

Las técnicas de recolección de tradición oral deberían ser conocidas por los bibliotecarios, gestores de la memoria. No es sólo tarea de historiadores, sociólogos y periodistas. Quizás algunos museos lo hagan... pero no hablo de museos: hablo de bibliotecas. Quizás algunas bibliotecas "grandes" lo hagan... pero no hablo de esas, que son el 5 % de todas las que hay: hablo de todas ellas, especialmente de las comunitarias y públicas, que son las que están en un contacto más directo con las poblaciones que mantienen una fuerte tradición oral, y que necesitan de servicios de apoyo a esa tradición.

Lo oral no debería ser empujado hacia lo escrito. Debería ser enriquecido y complementado con lo escrito, pero jamás transformado. Eso se llama aculturación, o quizás presión cultural. Y es espantoso, porque es sinónimo del verbo "anular". He sido testigo de tales procesos y de sus resultados, que solo dan una infinita pena: gentes que olvidan sus tradiciones y su saber, su memoria y su arte, porque fueron convencidos y educados de que el texto escrito es la base del saber, es lo valioso, lo útil, lo poderoso, la herramienta para insertarse en la sociedad global. Esa es una postura positivista y materialista, y condujo a muchas culturas a perder su identidad y a posicionarse en un limbo del cual, ahora, nadie las saca.

Disto mucho de condenar lo escrito. Condeno únicamente la importancia mayúscula que se le da, en detrimento de otros medios de expresión y comunicación de la información. La escritura es un instrumento valioso y bello, lo mismo que lo oral.

Muchas bibliotecas "pequeñas" han emprendido muchos trabajos (no publicados) de promoción y difusión de la oralidad. Muchos programas de lecto-escritura apoyan tales actividades. Muchos centros de investigación también. ¿Estarán equivocados? Como digo, son muchos los colegas que han emprendido tales acciones, pero no disponen de formación desde la bibliotecología: conceptos, métodos, teorías propias o interdisciplinarias. Por ende, creo que es hora de construir algo.

Cordiales saludos desde una Córdoba gélida, en el corazón de la Argentina.

Ilustración.