Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 19, 2006

Tradición oral, bibliotecas... ¡y muchos alumnos!

Tradición oral, bibliotecas y muchos alumnos

Por Edgardo Civallero

Estoy nuevamente en Trenque Lauquen, en el oeste de la provincia Buenos Aires, una pequeña gran ciudad que no deja de asombrarme por sus calles-bulevares, su calma, su limpieza y la amabilidad de su gente. He sido invitado a dar un taller sobre recolección de tradición oral, una materia que, hasta donde sé, no suele dictarse muy a menudo en Argentina (al menos a nivel "popular") y en la cual tengo bastante experiencia. Es muy curioso: llegando a la ciudad, esta madrugada, me he enterado de que tendré 150 oyentes, y que la actividad ha sido declarada de interés municipal.

El interés por la recolección de testimonios orales viene de maestras, historiadores, docentes de niveles secundarios e investigadores particulares. En un país en el que la memoria parece estar hecha de humo, y en el que hay tantas historias por recoger (especialmente la de aquellos que llegaron de lejos, inmigrantes, buscando una nueva vida, o la de los pueblos originarios...), enseñar las técnicas de cómo hacerlo con propiedad es algo tremendamente positivo, y que tiene –como acabo de comprobar– una respuesta entusiasta

Mis actividades en el PROPALE de la Universidad Nacional de Córdoba, como docente de Bibliotecología, me han empujado a comprobar que, en casi todos los proyectos de bibliotecas populares y comunitarias –e incluso áulicas– planteados por mis alumnas (bibliotecarias, animadoras a la lecto-escritura y docentes de letras) se incluye siempre, indefectiblemente, la recolección de tradición oral. Esto subraya la importancia que tiene esta actividad, y la poca que le damos los profesionales de la información, para los cuáles tal tema pertenece al área de la Historia o la Sociología. Como bibliotecólogo, creo que la oralidad es una parte más de la información valiosa que debe ser recogida en una "institución gestora de memoria" como es la biblioteca. Creo que las entrevistas de recogida de oralidad deberían ser consideradas una herramienta más de adquisición de fondos documentales, y que la propia biblioteca, como pulmón cultural de la humanidad, debería promover tal labor, convirtiéndose, además, en protectora de los materiales obtenidos, en gestora y difusora de los mismos.

La palabra hablada tiene tanto –sino más– valor que la escrita. Refleja las vicisitudes, las creencias y los conflictos y triunfos del pueblo, de ese pueblo que compone un gran porcentaje de la población y que jamás pudo escribir y publicar sus experiencias de vida. Es un caudaloso acervo de conocimiento que se pierde con la muerte de cada testigo, de cada narrador. Y, ciertamente, los bibliotecarios deberíamos conocer mejor cómo gestionar ese saber: cómo buscarlo, cómo obtenerlo, cómo protegerlo y cómo hacerlo público, para que la comunidad use y disfrute de su propia memoria colectiva, de sus propios recuerdos. Para que, a partir del pasado, se reconozca y comprenda el presente y se construya el futuro. ¿Acaso no hacemos eso con los propios libros que manejamos?

He publicado los materiales que componen el taller que dicto en línea, en forma de manual. Quizás de esta forma, las técnicas se difundan y comencemos, entre todos, a mantener vivas las voces de los que han vivido en el silencio de la información.

Saludos cordiales desde la bellísima Trenque Lauquen.

Ilustración.