Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

julio 03, 2006

Aventuras en la biblioteca...

Aventuras en la biblioteca

Por Edgardo Civallero

– Ustedes los bibliotecarios son un perno, Edgardo – me dice una amiga que estudia en una Universidad, aquí en Córdoba. Para los desconocedores de los modismos argentinos, "ser un perno" es algo así como ser una molestia. Una muy, muy grande.

Suspiro y le cebo un mate, tradicional proceso de nuestra región latinoamericana en el cual se vierte agua caliente en un recipiente de madera o calabaza –del tamaño de un vaso– lleno de hojas molidas y secas de yerba mate, un arbusto regional del estilo del té. La infusión que se produce se sorbe a través de una cánula metálica llamada bombilla. Se bebe por turnos (un mate no contiene más de cuatro o cinco sorbos) hasta que la yerba se lava, es decir, pierde su gusto y es preciso reemplazarla. Descrito así, parece un proceso difícil e incluso a mí, en este momento, no me parece ni agradable ni amigable. Pero para nosotros es una tradición muy arraigada: es una bebida que metemos al cuerpo cada dos por tres a lo largo del día, es una buena dosis de mateína (un alcaloide parecido a la cafeína)... y es todo un rito y una forma de relación social.

– ¿Así que "un perno"? – le digo a mi amiga, sonriendo irónicamente – ¿Y eso?

– Ayer fui a buscar un libro muy básico a la biblioteca de la "facu" – masculla, mientras toma el mate. – Estuve más de media hora intentando entender el sistema que utilizan las computadoras esas que tienen para buscar los libros...

– Los OPACs – la interrumpo, intentando aportar algún dato clarificador.

– Cómo se llame – me dice con fuego en los ojos, devolviéndome el mate vacío. – Honestamente, esas instrucciones están escritas para ser entendidas por ustedes y sólo por ustedes. ¿Pensaron en algún momento que hay gente como yo, que odia las computadoras? Me perdí, me perdí entre tantas combinaciones de teclas, entre tantas opciones...

– Bueno, tampoco es para tanto – le digo, intentando tranquilizarla y cebándome un mate, porque ahora es mi turno.

– ¿Ah, no? Después de media hora todavía estaba parada como una estúpida delante de la máquina, apretando teclas sin éxito, intentando seguir unas instrucciones que habían sido escritas por el demonio, y con una hilera de gente atrás mío que no te imaginás...

– ¿Mucha gente? – pregunté, por preguntar algo.

– No, mucha no, pero los resoplidos de impaciencia y las miradas de odio hubieran secado un lago.

– Uy...

– Pero eso no es lo peor. Que ustedes se crean los dioses de la tecnología y no piensen en nosotros, los pobres mortales que no entendemos ni papas de computación, vaya y pase. Si soy analfabeta en esto de las computadoras, es mi culpa. Y si soy tonta y no comprendo las instrucciones, es mi culpa también. – Le doy su mate, pues es su turno. Respira dos o tres veces para calmarse, mientras bebe la infusión caliente. – Lo lindo vino después...

– Ah... – respondí, mientras pensaba para mis adentros que muy "lindo" no tuvo que haber sido, dada la cara y el tono con los que lo dijo.

– Como no podía conseguir el libro a través de las computadoras, o como se llamen, me fui al mostrador de atención, a ver si las bibliotecarias me ayudaban. – Acá hizo un silencio mientras terminó el mate, me miró con el ceño fruncido, y, mientras me devolvía el mate vacío, me preguntó, curiosa. – ¿Son todas mujeres en tu profesión?

– Casi – le dije, mientras me cebaba un mate a mí mismo. – Los hombres somos poquitos. ¿Por qué lo preguntás? – dije, acabándome mi mate.

– Uffff, querido, vaya caras y vaya modales los de las tipas esas del mostrador. Aquello era un aquelarre... Parecía que estaban ahí para desanimar al uso de la biblioteca, o para echar a los estudiantes, o para ladrar... ¡No sé! – y gesticula con las manos, como hacemos todos los argentinos cuando nos excitamos. Se nota que el trato de las bibliotecarias del mostrador no fue el mejor.

– Pero ¿qué fue lo que pasó?

– Hice una cola de veinte minutos, hasta que me atendieron. Les pregunté por el libro que buscaba, y me mandaron a las computadoras a buscar el número...

– La signatura topográfica – apunto, mientras le paso un mate. Casi me lo tira a la cabeza.

– ¿Te gustan todas esas palabrejas, no? – me dice irritada. – ¿Qué carajo me importa cómo se llama ese número de mierda si lo que yo quiero es mi libro, nada más...? – Ya se había enojado. Feo. Muy feo. – ¿Ves? ¿Ves? Ese es el problema con ustedes: son tan organizados que le ponen nombres y etiquetas y burocracia y silencio y orden a todo, y todo tiene que seguir la estructura y el proceso adecuado... y yo sólo quiero mi libro para poder estudiar, o leer, o hacer piruetas con él, o lo que me venga en gana.

– Bueno, che, calmate – le pido. Se detiene y se toma el mate.

– Estoy segura que en tu carrera tienen una materia que se llama "tortura de estudiantes". ¿Qué les hacen a ustedes en esa Escuela de Biblioteco–lo–lo–lo... lo que sea? ¿Les cuadriculan el cerebro, se lo asfaltan? ¿Cómo es el asunto? ¿En serio, no se dan cuenta de que tanta estructura hace daño?

– Bueh, bueh... ¿Qué te dijeron en la biblioteca?

– Me pidieron que fuera a buscar el dichoso numerito a las "compus", pero les dije que no sabía usarlas. Me dijeron que las instrucciones estaban al lado, que era muy fácil. Les dije que ya lo había intentado, que había estado media hora delante de la pantalla, pero que no había caso, era muy taruga con las máquinas. Solo les pedí que me ayudaran porque no quería irme sin el libro, lo necesitaba para estudiar. – Me devuelve el mate. Le cambio la yerba, que ya ha perdido el sabor, y la reemplazo por yerba nueva.

– Bueno... ¿Te consiguieron el libro?

– No – me responde, enojadísima. – Con un tono de empleado de McDonald, la colega tuya que me atendía me dijo que ella necesitaba el numerito ése para poder encontrar el libro en los estantes. Le pregunté si no me podía ayudar a buscar en la "compu", o si no me lo podía buscar ella. Así que la tipa, con la peor cara que hayas visto...

– ¿Peor que la tuya en este momento? – la pincho, tomándome mi mate. Me mira, y si las miradas mataran yo ya estaría tomando mate con Belcebú.

– ... me acompaña a las máquinas y me dice cómo buscar el libro.

– Bueno – sonrío – ¿Lo encontraste?

– Si, después de otros veinte minutos de búsqueda. ¿Me querés explicar para qué ponen todos esos datos en la pantalla de cada libro?

– Bueno, a veces son útiles...

– ¿Para quién?

– Para algún investigador que necesite saber la editorial, el año, el número de páginas, si tiene ilustraciones... Son datos importantes para saber un poco más sobre la calidad de un libro. Que una taruga como vos no los use no quiere decir que no sean importantes – la pincho nuevamente, tomándole el pelo. Pero no le hace maldita gracia.

– ¿Y qué porcentaje de lectores de una biblioteca consultan esos datos? ¿De verdad creen que todos los lectores usan esa información?

– Bueno, no todos, pero...

– No, no todos – me interrumpe, exasperada. – Solo unos pocos, y los demás, a joderse y a aguantarse. – Se toma el mate que le paso. – Además, esa pantalla blanco y negro de MS-DOS... ¡por favor!

– Eso es CDS-ISIS, un programa diseñado por la UNESCO...

– ¿Ajá? – se ríe a carcajadas. – ¿Y qué? ¿Los gringos lo están experimentando con nosotros, o es que lo encontraron arrinconado en el depósito de desperdicios y en vez de tirarlo a la basura lo mandaron para acá para quedar bien con el Tercer Mundo? – Se desternilla. – Si "Parque Jurásico" tuviera un dinosaurio bibliotecario, seguro que usaba ese sistema.

Tengo muchas ganas de mandarla a cierto sitio, pero me contengo: tengo que reconocer que, al fin y al cabo, lo que dice es cierto. Además, la imagen de "dinosaurio bibliotecario" me hace gracia: me recuerda a cierto par de colegas...

– Hay sistemas más modernos. Bueno... ¿y el libro? – le digo.

– Ah, sí... Me costó un montón encontrar el dichoso numerito, pero lo encontré. El tema es que cuando volví al mostrador con mi mejor sonrisa de triunfo, e hice otra cola de veinte minutos, resulta que había copiado mal el dato. Había olvidado un puntito.

No pude evitar soltar una tremenda carcajada. Esta vez mi amiga está totalmente dispuesta a hacerme tragar el mate entero, con bombilla incluida, razón por la cual no le hablo de la conveniencia de realizar un Curso de Formación de Usuarios.

– ¿De qué te reís, estúpido? Para colmo, a esas alturas la bibliotecaria ya me trataba como a una completa imbécil. – Yo asentía, divertidísimo, imaginándome la situación. – Así que me pidió título y autor y lo buscó en su propia computadora. Y ésta es la mejor parte: si tardó 25 segundos en encontrar el libro y su número, es mucho.

Me miró, con la ceja izquierda enarcada y una media sonrisa, mientras me devolvía el mate.

– Ya veo – le digo. – Si hubiera hecho eso desde un principio, te hubiera ahorrado una hora de búsqueda y la humillación de sentirte una tarada informática.

– Exacto. Si le pido el libro por título o por nombre de autor, ella lo puede buscar en su computadora y traérmelo, en vez de empujarme a enfrentar un monstruo que no me gusta, que es prehistórico, que me tira a la cara un montón de datos que no entiendo ni me sirven, y entre los cuales tengo que buscar un numerito que encima está lleno de códigos secretos.

– Bueno, así que conseguiste tu libro – le digo, desviando el tema y tomándome el último mate, porque ya estamos ambos más que hartos de beber ese líquido verdoso.

– Nop – me responde, riendo ya. – Antes de encontrar el libro –un clásico de Baudelaire– en su compu, la muy bruta me preguntó cómo se escribía el nombre del autor. Decime... ¿a ustedes no les enseñan cultura general? Porque si me preguntó cómo se deletrea "Baudelaire" quiere decir que nunca lo vio escrito.

– No, no tenemos una formación demasiado sólida en esos temas, al menos en ciertas partes del país.

– Pues deberían tener una formación más sólida en varias cositas – me dice con retintín. – Bueno, el tema es que el libro no era muy usado, era una edición vieja y estaba en el depósito. Así que me dijo que volviera más tarde, porque había que ir a buscarlo. – Se pasa los dedos por los cabellos. Adivino que tiene ganas de matar a alguien, tan sólo de recordar ese mal rato. – Le dije que lo necesitaba urgente, que no podía esperar, que tenía clase y otras cosas que hacer, que ya había perdido un montón de tiempo haciendo algo que ella misma podría haber hecho en segundos. Me dijo que tenía mucho trabajo, y más usuarios esperando a mis espaldas, pero que si esperaba veinte minutos me lo buscaba.

– Date cuenta – le digo a mi amiga – que tenemos muchos usuarios en las bibliotecas, y que a veces se hace difícil...

– ¿Qué? – Parece una leona. – Edgardo, si esa bibliotecaria hubiera estado sola, yo lo hubiera entendido. ¡Pero había otras dos colegas tuyas, sentadas cómodamente en un escritorio, charlando de lo que habían hecho el fin de semana, mientras ordenaban unas fichitas de cartulina, sin mover el culo una décima de milímetro!

– Ya... – respondo. "Actitud muy común en muchas bibliotecas universitarias" pienso para mi coleto.

– Así que le hice un movimiento con el mentón a la bibliotecaria que me atendía, señalándole a sus compañeras. No sabés: la tipa se puso de peor humor, y me dijo "Ah, sí, acá las esclavas somos las pasantes". Ahí entendí, ahí entendí todo. "Está bien", le dije "no te preocupes, ya conseguiré ese libro". Y me fui.

[Aquí aclaro que los "pasantes" son estudiantes de bibliotecología que hacen prácticas laborales "rentadas" en bibliotecas, generalmente universitarias o privadas, bajo la condición de que obtengan cierta formación profesional. Por lo general son usados como mano de obra muy barata o casi esclava, y no obtienen jamás una educación adecuada... o alguna educación].

– Uffff... – le digo, mientras busco en la alacena algunas galletas. – Mejor no te pregunto tu opinión acerca de mi profesión.

– Mirá – me responde – tengo que reconocer que a veces ustedes son útiles, pero, en general, me parece que deberían de dejar de estar entre los libros y los lectores, y sólo deberían ayudar en la conexión, ayudar en serio, ayudar con ganas, dar un verdadero servicio, ser intermediarios... Porque lo que yo vi en esa biblioteca no eran intermediarias entre los libros y yo: eran barreras. Barreras silenciosas.

– ¿Te mandaron callar? – le pregunto.

– Sip. ¿Siempre son así, ustedes? – me dice, intrigada.

– No, no siempre. Pero es la tradición. Aunque siempre podés romperla. Todavía me acuerdo de aquella biblioteca en la que trabajé hace un tiempo: venía mucha gente mayor a leer "porque la música era buena". – Mi amiga se ríe. – Sí, ponía música. Mucha música. Y era buena.

– Conociéndote, no lo dudo.

– De todas formas, date cuenta de que muchas personas que trabajan en bibliotecas están en puestos que no les gustan, o intentan sólo hacer su trabajo, sin mucha pasión, o tienen jefes o jefas que los maltratan...

– ¿Y yo qué culpa tengo? Si brindás un servicio, hacelo bien; si no, no lo brindés.

Le convido unas galletas. "Tomá, endulzate la vida, sacate el mal sabor de boca". Me sonríe, mientras voy a mi biblioteca y saco un tomo viejo, muy gastado.

– ¿Era esto lo que buscabas? – Es una edición completa de "Las Flores del Mal".
– Sabía que un lobo estepario como vos tenía que tener ese libro – se sonríe. – Sí, era ese. En realidad, venía a pedírtelo.

– Ya lo sé. Te conozco, caradura... – Me sonríe de vuelta.

– ¿Lo leíste?

Asiento.

– Un bibliotecario con cultura – me dice, enarcando nuevamente la ceja izquierda. – ¿Me contás qué te pareció?

Asiento también.

– Si me ayudás a hacer el trabajo, completamos la ayuda.

Amigos son amigos. Suspiro resignado, y le señalo el mate. Ahora será su turno para cebar.

Y, mientras la ayudo, recuerdo a todas/os aquellas/os colegas que se comprometen con su trabajo: los populares que ayudan a hacer las tareas a los niños y que hacen malabares con un presupuesto inexistente para que sus usuarios lean; los universitarios que apoyan hasta el final a tesinistas e investigadores, y que violan muchas normas –a costa de su pellejo– para que los estudiantes rindan sus exámenes; los escolares que se matan para que sus usuarios tengan los materiales necesarios, rebuscando en Internet o destripando revistas. Y pienso que a veces no hace falta tanto protocolo, tanto silencio, tanta estructura, tantas normas, tanta computadora, tanta burocracia, tanto proceso. Podría ser todo muchísimo más fácil y muchísimo más humano si tan sólo le pusiéramos alma y ganas. De hecho, muchos lo hicimos, lo hacemos y lo haremos así.

Quizás vivimos nuestra profesión con demasiado corazón. Aunque, después de todo, tal vez no esté tan mal.

Ilustración.