Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 12, 2006

Cuaderno de viaje 00: domingo 13 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

"Mi Buenos Aires querido...".

Así comenzaba un tango que se hizo inmortal en la voz del "Morocho del Abasto", el famoso cantante Carlos Gardel. Cada vez que piso Buenos Aires, la misma estrofa se me viene a la memoria.

Nací aquí, en esta enorme ciudad, hace 33 años. Aquí me crié, en estas calles y en estas plazas, soportando los veranos porteños a los que dedicara un tema el inolvidable maestro Astor Piazzola, y padeciendo esos fríos y húmedos inviernos, y esas lluvias torrenciales que trae la sudestada, ese viento hembra que arrastra tormentas desde el Río de la Plata.

Viví aquí 11 años, me crié aquí, hasta que recorrí el camino inverso al que habían hecho mis bisabuelos desde Europa y emigré a España. Sin embargo, el espíritu de esta gran ciudad –pero no el de sus habitantes– me signó por siempre.

Quizás un "porteño" (persona originaria de la Capital Federal, el núcleo céntrico de esta urbe) no les hable bien de su lugar de origen. Pero pocos argentinos lo harán. Un compatriota exiliado en España me dijo una vez que los argentinos son un pueblo que se auto-castiga, criticando siempre su tierra, su suelo, sus raíces, su cultura... En cierto grado, es verdad. Los argentinos (y hablo desde fuera porque no lo soy por completo) parecen exiliados de Europa que ansían volver allá, y odian verse encerrados en Sudamérica. No siempre es así, por cierto. Son muchos los que adoran su patria natal. Pero muchos colegas latinoamericanos me han señalado que tal característica es ciertamente detectable en los de mi nacionalidad.

Sin embargo, no pienso hablarles pestes de mi ciudad natal. Todo lo contrario. Amo Buenos Aires. Quizás porque no he vivido en ella desde hace mucho tiempo, y de esta forma sé apreciar sus bellezas y pasar por alto (por ignorancia o por sabiduría) sus defectos. Quizás porque no soy argentino del todo, sino un injerto, una especie de mestizo que nunca echó raíces en ningún lado y que ama aquellos sitios en los que encuentra un poco de belleza.

Buenos Aires, en las noches de verano de mi niñez, era la letra de un tango. Olía a tapiales húmedos por el rocío y a flores de árbol del paraíso, a corteza erizada de espinas de los troncos hinchados de los palos borrachos y a lágrimas violetas de los enormes jacarandás. Buenos Aires es grandes avenidas pobladas de motores, pero también esas calles de mi barrio aún empedradas con adoquines. Buenos Aires es esa pizzería en donde el camarero (para nosotros, el "mozo") es el viejo compinche de garufa y juerga que trae esa porción de pizza un poco más grande, especialmente cortada para uno, con otra porción similar de "faina" (una especie de pizza consistente únicamente en masa de harina de garbanzo) acompañada de la imprescindible cerveza.

Buenos Aires tiene dolores viejos que la surcan desde siempre. Tiene hambre y miseria en pleno centro de la ciudad, al lado de los más lujosos hoteles y rascacielos. Tiene violencia, tiene problemas. Pero ese es el lado oscuro de la vida, el que siempre aparece en cada ciudad, en cada pueblo, en cada alma humana. A pesar de eso, Buenos Aires es una ciudad besada por el río más ancho del mundo, de color pardo y olas mansas. Es una ciudad cruzada por una cicatriz que antaño fue un riacho y hoy es quizás el agua más contaminada del planeta. Es el marco de San Telmo, ese barrio donde late el tango en cada esquina, especialmente en esa Plaza Dorrego en la que yo jugara con las palomas cuando niño y en la que hoy los artesanos venden sus baratijas multicolores.

Es la ciudad del Obelisco, de la avenida más grande del mundo, de las casas pintarrajeadas de colores diversos que pueblan el barrio inmigrante de la Boca. Es la ciudad en donde se proclama abiertamente que Dios es argentino, que las argentinas son las mujeres más lindas, que el fútbol es el mejor del mundo, que la vida es la más bella... Sí, otro rasgo del alma argentina: una fanfarronería quizás inconsciente, quizás limitada a unos pocos pero siempre encontrada, siempre oída en cada esquina.

En esta ciudad yo crecí. En los muros de esta ciudad leí un día, dificultosamente, la palabra "tupamaros", en un graffitti... y un año después, vi carteles reclamando por la vida de los desaparecidos. Pero yo no sabría de qué se trataba todo eso hasta mi adolescencia. En esta ciudad, en 1981, me enteré en la escuela que estábamos en guerra contra los ingleses, y los odié, y oí las sirenas de alarma para realizar los ensayos de bombardeo aéreo, y vi la ciudad en tinieblas. En esta ciudad presencié el silencioso desfile de las Madres en la Plaza de Mayo, mientras esperaba, asido a la mano de la mía, que mi padre saliera del trabajo. En esta ciudad vi, por televisión, los rostros de los genocidas que hoy odiamos, y que en aquel entonces ostentaban el poder.

Buenos Aires tiene un espíritu especial que ronda por sus calles. No sabría decirles exactamente de qué se trata. Pero es algo nostálgico y tristón, que tiñe sus parques, sus avenidas, su río, sus fuentes, sus plazas, sus calles y sus bares. Es como si la ciudad entera estuviera cubierta por un manto de tristeza depositada por todos nuestros ancestros, los que se bajaron de un barco para buscar una nueva vida. Los míos eran "tanos" y "gallegos" (italianos y españoles) pero hubo de todo en estas tierras. De hecho, hoy en día es casi imposible reunir a cien porteños y no hallar entre ellos un apellido polaco, armenio, libanés o coreano.

Buenos Aires es una ciudad multicultural, y los argentinos, criados así, han aprendido a aceptar tal multiculturalidad con extrema naturalidad. Sin embargo, no han aprendido a aceptar su propia originalidad (las raíces indígenas, aún discriminadas) ni su mestizaje (odiado a ultranza) ni su pertenencia a Latinoamérica (un continente que muchas veces les resulta extraño y odioso). Las miradas siempre están puestas en Europa.

Una visita a los sitios web de ABGRA, CONABIP, Biblioteca del Maestro, Biblioteca Nacional, Biblioteca del Congreso, SAI, UBA, INIBI, Mar del Plata les permitirá tener una visión oficial de cómo marchan las cosas en cuestión de bibliotecas por estos pagos. La profesión, aquí, tiene sus luces y sus sombras. Y a mí, personalmente, me dan mucha rabia las sombras. Sin embargo, debo reconocer que son muchas/os las/os colegas que pelean, que luchan, que se debaten, que se esfuerzan, que crecen, que se desarrollan, que mejoran... A pesar de no estar de acuerdo con muchas de las cosas que ocurren en nuestro mundillo bibliotecario argentino, debo reconocer que tenemos un buen nivel, y que hemos hecho mucho. Aunque siempre se puede mejorar. Y en eso estamos. Discutiendo para ver hacia dónde vamos.

Desde esta ciudad hermosa y dolorida, nostálgica y tanguera, bella como pocas, destruida y radiante, sucia y deliciosa, misteriosa y eterna, les hago llegar un fuerte abrazo, dispuesto a subirme a un avión que me mantendrá 25 horas sobre las aguas del Atlántico y los arrecifes coralinos del Indico, pasando por Ciudad del Cabo rumbo a Kuala Lumpur (Malasia). Quizás en estas horas de espera me llegue a casa de mi abuelo paterno, viejo bandoneonista que antaño tuvo una orquesta de tango en un arrabal bonaerense y que aún hoy, a sus ochenta y pico, sigo tocando y componiendo. Unos mates con él serían una buena despedida...

Y también lo serían un buen par de milongas, gemidas por su viejo bandoneón marca "AA".

Ilustración.