Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 13, 2006

Cuaderno de viaje 01: lunes 14 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

[Escribiendo desde el aeropuerto internacional de Ezeiza, Buenos Aires, en donde la seguridad parece haber superado el límite de lo ridículo... y luego de un día de cielos grises y un hermoso viento que ondulaba el lomo marrón del Río de la Plata].

Emilio Salgari tiñó el nombre de Malasia de tintes románticos. Serían las tierras y las costas por donde campeara Sandokán, el pirata, el temible tigre de Mompracén, cuya varonil y legendaria figura sería fuente y motivo de admiración... y de los suspiros de más de una muchachita europea de las buenas sociedades decimonónicas.

Antigua colonia británica –esta parte de Asia sudoriental sufrió en carne viva el dominio de los grandes "imperios" europeos–, Malasia es hoy en día una confederación de nueve sultanatos (con sus respectivos sultanes, por supuesto), dos estados y dos territorios federales (uno de ellos la capital, Kuala Lumpur).

Es, por ende, una tierra en donde aún existen sultanes. Y eso se nota en el lenguaje. El bahasa melayu (lengua malaya) tiene distintos niveles de habla, dependiendo del grado de respeto que merezca el interlocutor (este rasgo también se encuentra en el coreano, en el cual los niveles son 14, aunque no se usen todos). Hay incluso palabras distintas para usar en cada nivel de habla. Por ejemplo, la palabra "tú" puede ser "anda", "kamu" u otras tantas variantes, dependiendo de si se habla a un niño, a un colega, a un anciano, a un profesor, a un desconocido, a un gobernante o a un sultán. Imaginarán que, para un extranjero, el lenguaje adquiere una complejidad alucinante.

Y sin embargo, es un lenguaje sencillo. Es bello, es sonoro, es dulce y meloso, es aterciopelado, contiene muchas frases amables, muchos buenos deseos, muchas palabras de amistad...

El lema de estas tierras, en bahasa melayu, es "Bersekutu bertambah mutu" (unidad es fuerza). Ciertamente, en una tierra tan plural, tan diversa y tan dividida, la unidad interna ha constituido su fuerza como estado moderno, como nación frente al mundo.

Políticamente, Malasia es un caso casi único de monarquía electiva en el planeta (el otro es el Vaticano). El "rey" de Malasia (el título real es Yang di-Pertuan Agong) se elige entre los sultanes y reina por 5 años. Aún así, se trata de una monarquía constitucional: es decir, el "rey" es una mera figura (como los reyes europeos contemporáneos: pura pinta, mucho gasto, cero acción, significado romántico). El poder es ejercido por un primer ministro (actualmente Abdullah Badawi) apoyado por un Parlamento en el cual domina el único partido fuerte del país, el Barisan Nasional (Frente Nacional), una coalición de varios partidos regionales que ha gobernado en Malasia desde su independencia del Reino Unido (1957). Este partido incluye a los sectores hinduistas, musulmanes y budistas, es decir, a las etnias malaya, india y china, los tres grupos étnicos que conforman la sociedad de Malasia.

La economía se basa en el turismo, el aceite de palma, el caucho, la madera, la energía hidroeléctrica y, en los últimos tiempos, la producción de bienes electrónicos. La influencia de las grandes potencias asiáticas se ha dejado sentir: sin embargo, el alma malaya se ha conservado bastante independiente. Debo destacar –como antiguo activista de Greenpeace y ex-biólogo– que Malasia ha causado tremendos desastres ecológicos en la isla de Sarawak (parte de sus dominios), especialmente por la tala indiscriminada y el anegamiento de amplias regiones con sus represas. Como antiguo militante de Amnistía Internacional... imaginarán lo que puedo decir. Y como indigenista, debo remarcar que en Malasia aún sobreviven, en la isla de Sarawak, pueblos enormes como los Iban (600.000 individuos perdidos en el medio de la jungla montañosa, con una cultura alucinante, casas de madera de estructuras originalísimas, una lengua más que interesante, arte y costumbres de leyenda), los Bidayah (160.000 personas al SE de Sarawak y tanto de lo mismo) y otros muchos.

Si bien es una sociedad principalmente musulmana (y en muchos aspectos la sharya es ley) Malasia es una país pluriétnico, multicultural y multireligioso. Los roces entre distintos credos existen –cuando tienen que ver con la política– pero por lo general hay un fuerte respeto y tolerancia. Los sectores chinos son budistas, taoístas y confucionistas. Hay una pequeña proporción de cristianos y un buen número de hindúes, de habla tamil, procedentes del sur de la India y de Sri Lanka.

Los malayos musulmanes aún escriben el bahasa melayu usando el alfabeto jawi, una adaptación del árabe creada hace siglos para representar su lengua. Los hindúes usan el alfabeto tamil; los malayos, el latino (para asuntos no religiosos) y los chinos, el propio. ¿Quieren más mosaico cultural?

Rasgos conocidos de la cultura malaya típica son los wayang kulit (teatro de sombras), el silat (un arte marcial estilizado), el batik (pintura sobre tela encerada), el tejido, las armas (como el zigzagueante puñal kriss), el trabajo en plata, la música de gendang (tambor)...

Es fácil describir un país en pocas palabras. Se trata de geografía, historia, datos estadísticos... Sin embargo, es complejo describir una cultura: son miles y miles de pequeños rasgos interesantes que deben consignarse, explicarse, colocarse en contexto para que adquieran un valor y sean comprendidos. Me temo que no podré llegar a hacer eso: estaré solo un día en Kuala Lumpur, y pretendo conocer la ciudad, pasear sus calles, sus mezquitas (mi tolerancia religiosa es total; veremos si ellos la tienen conmigo), sus barrios, sus plazas, sus mercados y conocer, si es posible, su Biblioteca Nacional, un pequeño tesoro, según tengo entendido. Así que los reenvío a la literatura que hay en Internet sobre la cultura, la historia y las tradiciones malayas (no olviden consultar su gastronomía para relamerse un poquito los dedos) para que sepan algo más de este hermoso país de Indochina, y continúo con mis lecciones de bahasa melayu, aprendiendo a decir "Terima kasih" (muchas gracias) o "Apa khabar?" (¿Cómo estás?) o bien "Nama saya Edgardo, dan orang Argentina saya".

A miles de pies sobre el Océano Atlántico e Indico (viajo vía Sudáfrica) y a la espera de que mis pies toquen suelo malayo, recuerdo un cuento que Mulaika Hijjas, una antigua pen-pal (amiga por carta) de Kuala Lumpur, compartió conmigo hace 20 años, cuando éramos dos adolescentes amigos (luego el tiempo hizo que nos perdiéramos la pista). Aquí les dejo ese cuento, como despedida. Mañana les escribiré desde KL.

Contaba Mulaika que un hombre sufrió un desperfecto en su vehículo en el medio de las montañas del norte de Malasia. Abriéndose paso por una vereda que atravesaba una plantación de árboles de caucho, el hombre vio unas luces, y encontró una casa. La familia lo recibió cortésmente y, dado que nada se podía hacer por el automóvil hasta el día siguiente, lo invitaron –con la proverbial cordialidad del pueblo malayo– a pasar la noche con ellos. Para ello, le asignaron una cama en una pequeña habitación del piso superior de la casa. Tras la cena, y mientras la familia conversaba tranquilamente en la cocina y se disponía a fumar y jugar a las cartas, el hombre se retiró a descansar, agradeciendo nuevamente la amabilidad de sus huéspedes.

No pasó mucho tiempo hasta que el hombre despertó sobresaltado entre sus sábanas, y entreabriendo los ojos, vio a una bellísima muchacha que entraba en la habitación. La muchacha se sentó –sin verlo– y con total tranquilidad desprendió su cabeza de sus hombros, la colocó en su regazo y comenzó a peinar lenta y cuidadosamente sus cabellos, con una parsimonia total. La sangre del hombre se heló, y, sin poder gritar siquiera, bajó corriendo las escaleras, y, ahogado de terror, alertó a los habitantes de aquella casa de la fantasmal aparición del piso superior.

Los miembros de aquella familia lo miraron extrañados. Luego se miraron entre ellos, y sonrieron. Lentamente, uno a uno, separaron sus risueñas cabezas de sus hombros y las depositaron sobre la mesa en la cual jugaban a las cartas...

Ilustración.