Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 11, 2006

Cuaderno de viaje: - 01

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

"Dicen que viajando se fortalece el corazón
pues andar otros caminos te hace olvidar el anterior...
Ojalá que esto pronto suceda,
así podrá descansar mi pena
hasta la próxima vez..."

Así cantaba, hace años, nuestro Lito Nebbia, y así lo repetiría nuestra Mercedes Sosa mucho después. Dudo que la canción –a pesar de su belleza poética– diga la verdad. Por lo menos en lo que a mí respecta: llevo todos mis caminos a cuesta. Y han sido muchos, cruzando ríos y mares y montañas y selvas y pampas y ciudades.

Y, definitivamente, no quiero olvidar ninguno. Porque lo que he vivido me ha hecho quien soy.

Finalizados mis artículos, mis ponencias, mis presentaciones y mis textos, embalados mis regalos, mis instrumentos y mi póster, preparado el equipaje, me siento y sonrío. Sobre la mesa descansa mi cuaderno de bitácora real, ese manojo de papeles que recorrerán kilómetros conmigo y en los que iré garabateando mis impresiones para luego intentar tipearlas, desde dónde pueda y cómo pueda, en esta plataforma virtual, tratando de compartir un mínimo fragmento con ustedes.

Adheridos al cuaderno –en sus tapas y dentro de él– van todos los mails que he recibido en estos días de colegas que, a lo largo de estos años, me han ido conociendo, compartiendo –en las buenas y en las malas– mis pasos, y permitiéndome compartir los de ellos. Están también los de aquellos con los que he peleado, con los que he discutido, con los que me he disgustado, y que han tenido la grandeza de hacerme sentir su presencia con una palabra de despedida. Y ha sido mayor honor tener la palabra de ellos que las otras. Las palabras del amigo son de esperar: las del rival, amables, son una sorpresa que debe ser guardada y honrada.

Una colega me comentaba, hace pocos días, que siempre había supuesto que una posición tan expuesta como la que yo mantengo en mi vida profesional debía estar acompañada de un intenso contacto social. Era imposible, por ende, sentirse solitario. Grande fue su sorpresa cuando descubrió que si algo siento tras estas páginas es soledad. Evidentemente, al aullar como lo he hecho muchas veces, al tirar tarascones, al morder como lo he hecho, al mostrar las garras y al atacar (a veces con razón, a veces sin ella), me he ganado epítetos que sería de mal gusto reproducir aquí. Me he construido una imagen de salvaje que poco tiene que ver conmigo, a pesar de mi rebeldía y mi anarquismo. Y eso lleva, automáticamente, al aislamiento, a ser leído pero nunca escrito, a ser tenido como un ser aislado en sus montañas, aullando a la luna y quejándose contra los dolores del mundo.

Quizás detrás de la máscara haya una persona demasiado sensible como para soportar las realidades nauseabundas que la vida le pone delante. Pero eso no lo puedo descubrir yo: soy mal detective de mi mismo. Eso lo deben descubrir los que están frente a mí.

Lo único que sé es que ver esos mensajes pegados en mi cuaderno –que acompañarán mis pasos allí por donde vaya– y las docenas de encargos de contactos y de información (que me hacen sentir útil) y la otra docena de invitaciones para visitas, para charlas, para cafés y cervezas, me han llenado el alma con una sonrisa y una luz enormes. Quizás en este momento me doy cuenta que el número de visitas que marca mi bitácora –39.000– no es una simple cifra: son personas que me leen, que me van conociendo, que a veces me detestan por ser tan burdo y tan agresivo, que otras veces se ríen con mis delirios, que otras veces se enteran de cosas nuevas, que otras asienten al encontrar en mis dichos una opinión coincidente. Todos ellos, todas ellas, están aquí.

Todas ellas irán conmigo. Porque uno no es solamente un cuerpo que viste, calza, come y duerme. Uno realmente existe en la memoria de los demás, por pocos que sean. Cuando esa memoria se desvanece... morimos de verdad.

Preparándome para abordar mañana el avión que me llevará a Buenos Aires y que me tendrá un día por allí, les agradezco infinitamente sus mensajes y las molestias que se han tomado al escribirme. Intentaré cumplir con todos, lo prometo. Y a mi retorno, quizás nos podamos ver y podamos charlar sobre lo vivido y lo visto.

Mientras tanto, y hasta entonces, seguiré por aquí. Espero que ustedes hagan lo mismo...

Un abrazo y un "hasta mañana".

Ilustración.