Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 15, 2006

Cuaderno de viaje 02: martes 15 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

[Escribiendo desde el Aeropuerto Internacional de Kuala Lumpur, 20 ringgit –6 dólares– la hora de Internet].

Selamat datang!

Tal es la bienvenida en bahasa melayu, el idioma que resuena en cada rincón de esta tierra que ahora piso. "Selamat" es la palabra que se usa en malayo para expresar un deseo, y se usa en cada frase cotidiana: para dar los buenos días, tardes o noches, para saludar, para desear suerte o un buen cumpleaños, para desear paz durante el día... ¿Cómo no sentirse bienvenido en un lugar en donde tantos buenos deseos flotan en el aire?

La travesía hacia aquí me ha hecho cruzar el Atlántico (no por primera vez, por cierto) y pisar tierras sudafricanas (Ciudad del Cabo y Johannesburgo). Si bien para el año que viene debo ir a Sudáfrica (Pretoria y Durban) para el próximo encuentro de IFLA, y si bien esta parada ha durado sólo un par de horas, he sentido una inmensa emoción al saberme por primera vez en el gran continente africano. Luego la travesía me ha hecho sobrevolar el Océano Indico (también por primera vez) y asomarme a la Indochina para aterrizar en el aeropuerto de Kuala Lumpur.

Y aquí están las sonrisas malayas, y el "selamat datang", y el gracioso "sama-sama" (de nada) cuando uno agradece con un cordial "terima kasih".

Me he pasado todo el día, desde antes del amanecer hasta la tarde, vagabundeando por las calles de Kuala Lumpur, mochila al hombro. El nombre de la ciudad significa "confluencia lodosa", pues la primitiva capital fue fundada en 1857 por el Rajah Abdullah del estado de Selangor, exactamente en la confluencia de los ríos Gombak y Klang. Hoy en día esa confluencia sigue aquí, urbanizada y rodeada de un parque y una bellísima mezquita.

Fue hecha capital del estado de Selangor (en aquel tiempo, colonia británica) en 1880. En 1896 se crearon los Estados Federados Malayos (aún ingleses) y KL fue declarada la capital. En 1942 la ciudad cayó en manos japonesas, y soportó la invasión 44 meses. En 1957, Malasia se independizó, y KL continuó siendo la capital y la ciudad más grande del país. Desde 1972, la ciudad se separó del estado federado de Selangor y se convirtió en un territorio federal.

Por las referencias que tenía, sabía que KL era una ciudad pujante, en donde el boom económico asiático había hecho surgir altos rascacielos y una vida ajetreada y febril. La ciudad es famosa por la irregularidad de sus servicios y por sus fabulosos atascos de tránsito (que hacen que el transporte entre el centro de la ciudad y el aeropuerto se transforme en una pesadilla).

La parte antigua de la ciudad conserva un estilo colonial único, híbrido de arquitectura inglesa y china. Las calles son estrechas, atestadas de gentes y comercios. Topado de frente con este universo en donde se mezclan formas árabes, hindúes y chinas con elementos occidentales modernísimos, no pude dejar de sentir la excitación clásica del viajero que tiene frente a sí algo "exótico", es decir, algo que supera sus estructuras culturales propias o conocidas y va más allá de lo imaginado.

El centro de Kuala Lumpur, alrededor de la Deteran Merdeka (Plaza de la Independencia) destaca por el palacio del Sultán Abdul Samad, de estilo morisco y cúpulas cobrizas, y por uno de los mástiles más altos del mundo. Además, están las Petronas Tower (las torres gemelas más altas del mundo), la KL Tower (parecida a la Torre España de Madrid) y la Masjid Negara (Mezquita Nacional), la más grande del Este asiático. El Museo Nacional representa el rico patrimonio del país... aunque la conservación del mismo no sea la mejor.

En un rato estoy saliendo para Seúl, pero no quería dejar de compartirles la belleza de esta tierra, de sus junglas ecuatoriales rodeando una ciudad de estilo oriental en donde se levantan los rascacielos por docenas, de esta gente que viste burkhas musulmanas o saris indios, de estas comidas que arden en la boca, de estas frutas, de estas verduras, de estos olores... Es exotismo puro, y aunque no sea el típico viajero que se excita con contenidos exóticos, debo reconocer que esta ciudad me ha fascinado, con sus miserias y grandezas como todas, con sus nacionalismos a ultranza reflejados en cada esquina, con su islamismo duro pero también con su pluralidad.

Pasé un rato por la Biblioteca (creo que se dice perempukaan, en malayo) de Kuala Lumpur, situada al lado del Museo Nacional, y aluciné con su frente arqueado y flanqueado por dos torres coronadas de cúpulas, un frente todo de vidrio, desde el que se ven las amplias salas de estudio y los buku, los libros (una palabra derivada del inglés, como tantas otras que posee el idioma malayo). Si bien el inglés de las bibliotecarias y mi malayo no eran el mejor, nos entendimos, y compartimos algunas ideas y aprendí muchísimo de ellos. Pero todo esto se los dejo para otro día; quizás para mi regreso, quizás para cuando trabaje desde una terminal de Internet que no me cueste un riñón.

Será hasta que pise tierras coreanas. A todos los que me van leyendo, un abrazo infinito...

Ilustración.