Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 17, 2006

Cuaderno de viaje 03: miercoles 16 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

[Escribiendo desde un PC-ban, un cyber coreano, 1200 won –1 dólar y medio– la hora. Conectividad excelente, atención cordial].

An-nyeung-ha-se-yo!

Así se saluda en estas tierras de Hanguk, a donde recién estoy llegando. Les escribo desde Seúl (pronúnciese "soul", palabra derivada del coreano "capital"), la ciudad capital, la mayor y más poblada urbe de toda Corea del Sur. Imaginen 23 millones de almas hacinadas en una superficie de 600 km cuadrados y tendrán esta megalópolis, que es la tercera mas superpoblada del mundo después de Tokio y México.

Es un real hormiguero humano. Sin embargo, no deja de gustarme su estilo.

El calor y la humedad aquí son impresionantes (estamos en pleno verano). Los mosquitos también (y aun no aprendí a insultarlos en coreano, aunque lo mismo los mato en español). Fuera llovizna, se condensa una humedad que pone brillante el asfalto de las calles y gris el cielo. En este lugar desde donde les escribo el aire es agua pura, y los acondicionadores no dan a basto para enfriar un poco el caldeado ambiente.

Si bien la Internet está en coreano, se comprende bien si uno tiene un poco de imaginación. Los teclados son como los nuestros, pero con letras dobles en cada tecla: la latina y la coreana. Confunde al principio, pero no es para volverse loco. No hay ni "eñes" ni acentos.

Seúl recibe a sus visitantes en el Aeropuerto Internacional de Incheon, situado en una isla emplazada en la costa, cerca de la capital. Moderno, organizado, pulcro, Incheon es la principal puerta de entrada al país, y es por ello que sus controles migratorios y aduaneros se reputan como los más terribles de Asia (aunque los malayos digan lo mismo de los suyos... y estimen también que su aeropuerto es el mejor del mundo. Dejemos que sigan compitiendo). Los controles de aduana hacen mucho hincapié en el transporte de sustancias vegetales o animales: parece ser que en 1997 y en 2001 hubo plagas devastadoras en campos y granjas merced a un microorganismo que entró al país por esta vía. Ya en el avión fuimos alertados (lo mismo que antes de llegar a KL en Malasia) de las normas durísimas de aduana, y de los estrictos controles de pasaporte.

[En el caso malayo, se nos recordó que la legislación vigente en Malasia dispone la pena de muerte para los traficantes de droga}.

Imaginen que bajé del avión ciertamente nervioso. No llevaba nada del otro mundo, pero estaba cansado de los controles en el aeropuerto de Buenos Aires y de la paranoia en los aeropuertos sudafricanos como para soportar más barreras.

Pero nada pasó. Podría haber ingresado a ambos países con una bomba biológica en mi mochila: nadie lo hubiera sabido. Por un lado, me alegre de que así fuera porque evite un trámite engorroso. Por el otro, me preocupó.

Los servicios de información al turista dentro del aeropuerto son excelentes –el inglés hablado aquí, con toques coreanos, es mucho mejor que el hablado en Malasia, realmente paupérrimo y con toques muy indostánicos– y el servicio de buses que conecta el aeropuerto con la capital es eficiente, limpio y puntual. Y bastante barato (una hora de viaje, 8000 won, o sea, unos 8 dólares). Los coreanos exhiben una amabilidad, una cortesía y una alegría naturales que hacen que su acercamiento al extranjero sea siempre saludable. No ocurre lo mismo con los malayos, que suelen tener otro tipo de trato, mucho más si se habla con musulmanes ortodoxos (lo intenté, doy fe de que lo intenté... pero no hubo manera).

Esta facilidad para el acercamiento hace que el primer contacto con un mundo escrito y hablado en otro código sea menos duro para el extraño que no habla coreano. Y si bien el inglés no es el mejor, lo que no hace el idioma lo hace una sonrisa, la mímica y el chapurreo de alguna de las dos hablas. Aquí he aprendido el valor comunicativo de las señas y la risa. Dan mucho más resultado que el complejo sistema del lenguaje, aunque moriría por hablar un perfecto coreano para sentarme con mucha gente que veo aquí y ponerme a hablar sobre sus cosas. Y aprender sobre sus vidas y su cultura. Me quedaré con las ganas, parece... aunque observando, observando, iré averiguando.

El bus Incheon-Seoul me llevo a través de extensos campos de arroz en el corazón de la isla, entre los que destacaban los senderos sinuosos y las cabañas campesinas. Luego me paseó por sus costas, llenas de marismas y redes, y barcas de aldeas pescadoras. Y luego me hizo cruzar el mar a través de un enorme y portentoso puente metálico... Ah, el mar... Este era el de la China, y a la luz de un sol gris de amanecer se veía mágico.

Ya en tierra firme, la ruta nos llevo a cruzar el enorme río Han, que divide (más al este) la ciudad de Seúl en dos mitades. Los barrios antiguos están en la ribera norte, y hacia allí nos dirigimos. El Han es enorme, mucho más ancho que todos los ríos que he visto, excepto el Paraná argentino. Los puentes que lo cruzan saltan 12 arcadas antes de alcanzar la otra orilla.

Imaginen millones y millones de carteles en el hermoso alfabeto hangul. Súmenle un tránsito endemoniado de autos último modelo, de formas alargadas, y de motos que se suben a la acera sin problema. Agreguen muchísima gente haciendo sus quehaceres diarios, y mucho humo, y el aroma de todos los restaurantes (diez o doce por cuadra), y el ruido de todas las bocas gritando al mejor estilo italiano, y un calor de 30 grados después del amanecer, y una humedad imposible. Adornen todo eso con aceras pobladas de plátanos de jardín y de ginkgos (sí, ginkgos auténticos) y tendrán una idea aproximada de lo que es Seúl a las 8 de la mañana.

El mapa de Seúl que me dieron en la oficina de turismo del aeropuerto muestra solamente las grandes avenidas. En general, esas son las vías importantes, por las que circulan los bien diseñados y eficientes autobuses y bajo las cuales se desplaza la complicada línea de metro coreano. Sin embargo, la vida de Seúl se desarrolla en las áreas delimitadas por esas avenidas y surcadas por los "gil", los callejones. Cada bloque limitado por avenidas es un enorme laberinto de callejas, callejones y callejoncitos hiperpoblados de gente, en donde podrán encontrar de todo: restaurantes, viveros, artesanos, billares, casas non sanctas, cines, casas de ropa...

La tradición convive al lado de lo moderno. Las generaciones jóvenes lucen totalmente occidentalizadas, pero las mayores (de 40 para arriba) conservan todos sus rasgos tradicionales, especialmente en la ropa, la música, las costumbres, las actitudes, la comida...

En fin, recién llego, así que no puedo decir mucho más que aquello que he podido apreciar a simple vista en unas horas. Estoy en el Backpackers Hotel, un tugurio de mala muerte situado a pocos metros de la estación Anguk, que me ha cobrado poco (27 dólares) por dejarme dormir esta noche en una habitación simple. Estoy muy cerca del área donde la dinastía Joseon construyó 3 de sus famosos 5 palacios. Los tres de aquí son el Chankdeokgung, el Changyeonggung y el Gyeongbokgung. Desde fuera lucen bellísimos: espero poder apreciarlos desde dentro.

Tras la ducha y la siesta de rigor, caminé por las calles para encontrarme con un nivel de vida altísimo. Con un dólar no se hace casi nada, excepto comprar una botellita de medio litro de agua. Nomadeando, me encontré con un sinfín de casas de comidas, en donde se deja el calzado en la puerta, se sienta en la posición típica coreana (cola en el suelo, piernas flexionadas con los pies tocándose, una apoyada en el suelo, la otra en perpendicular) y se come en mesas bajas. Los más apreciados de estos restaurantes son los que exhiben la comida viva en peceras, en los escaparates: las pescaderías. El destino de esos peces, anguilas, lenguados, lampreas y mariscos es de suponer... y por los aromas que surgen del interior, no dudo que los platos preparados con ellos serán deliciosos. El precio de esos platos rondan entre 15 y 40 dólares, pero puede comerse en una fonda "de gente común" por 4 o 5 dólares... igual de bien.

Mis pasos me llevaron por casas de instrumentos (gongs y los famosos tambores tradicionales coreanos, de los cuales hay casi una docena de tipos, algunos de los cuales tienen mi tamaño, decorados con dragones lacados), de ropa de seda y sombreros tradicionales, de cines (con mucho cine coreano y oriental y poco hollywoodense, afortunadamente), de modernas cervecerías, de casas de ropa, de panaderías...

Mañana jueves, mi cuarto día de viaje, me estaré moviendo a mi hotel definitivo (Best Western Vision) en otro barrio de la ciudad (Seúl se divide en zonas o "gu" divididas a su vez en distritos o "dong". Yo me voy a otro de los 522 dong de Seúl). Más descansado, con mi reloj biológico adaptado al ambiente, con más comida en el estomago y con más historias grabadas en mis retinas, les contaré un poco más de este mundo, a la espera del inicio del Congreso de IFLA, que será el sábado. De momento, se están desarrollando algunos Satellite Meeting: el mío (el encuentro satélite en el que participaré con mi primera ponencia) sobre Medicina Tradicional y Bibliotecas, se desarrollará el sábado 19, en las instalaciones de una conocida Universidad con Hospital basado en Medicina Tradicional (ya me he cruzado tres en Seúl).

Les envío un fuerte abrazo, perfumado de estos aromas culinarios tan deliciosos al paladar como lo son al olfato, y acariciado por el roce de las hojas triangulares de los ginkgos.

Nos leemos...

Ilustración.