Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 09, 2006

Cuaderno de viaje: - 03

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

¿Corea? No, ya no... Ahora será Hanguk, aunque los norcoreanos la llamen Chosön.

La misma tierra, la misma cultura ancestral y milenaria dividida políticamente en dos.

La palabra que nosotros empleamos para designar aquel país –la más usada, internacionalmente– parece provenir del nombre de un antiguo reino, Goryeo, cuya pronunciación en hangul (coreano) suena muy parecida al término castellano. Pero nada de "Corea". Estaré en Hanguk.

Sí, Hanguk. Una enorme península ocupada por el hombre desde hace 700 milenios, y en la cual un héroe mítico, Dangun, fundó el primer reino coreano, el de Joseon, hacia el 2333 a.C. Según las leyendas que aún circulan bajo aquellos firmamentos modernizados, Dangun había nacido de la unión de un Ser Celestial y una osa que se había transformado en mujer. Reinó sobre sus vasallos en la capital de ese primer reino, y luego se transformó en Dios-montaña.

Las primeras potencias culturales y políticas de esa región estaban localizadas en lo que hoy es Corea del Norte y China, en la zona de Manchuria. Cuando el reino de Joseon cayó, surgieron otros tres –Goryeo, Silla y Baekje– pocos siglos antes de iniciarse nuestra era cristiana. Fue cuando, en Centroamérica, se apagaba la civilización olmeca y se gestaba la de Teotihuacán. Estos tres reinos compitieron entre ellos económica y militarmente, y el budismo –pero también el taoísmo, el confucianismo y las antiguas creencias chamánicas regionales– les dio motivos para creer, vivir y morir. En constante conflicto entre ellos y con las dinastías chinas de los Sui y los Tang, los reinos se fueron debilitando, pero uno de ellos, Silla, se alzó con el poder total hacía el 670 de nuestra era. Por 200 años la cultura coreana floreció, y siguió una paz estable, solamente turbada por los ataques intempestivos de los wokou, los piratas japoneses.

Fue en esa época cuando se estableció una tradición militar noble, centrada en guerreros llamados hwarang, "juventud florida" o "los caballeros de la flor". Su lealtad al monarca, su fidelidad a sus amigos, su valor y arrojo y su aversión al derramamiento innecesario de sangre los convirtió en una fuerza de élite, modelo de la sociedad de su tiempo. Su destreza con el arco, la espada y los caballos era legendaria. Y sus batallas contra los wokou, renombradas.

Hacia el 918, el reino de Goryeo reemplazó al de Silla, y la dinastía reinante –del mismo nombre– dirigió los destinos de la comunidad hasta el siglo XIV. Fueron ellos los que lucharon contra los bravos guerreros mongoles desde 1228, durante tres décadas. Su general más importante, Yi Seong, estableció la dinastía siguiente, los Joseon, que condujeron las riendas del reino por cinco siglos, desde 1392 hasta 1910. A lo largo de estos años, se desarrolló el hangul, el idioma y el alfabeto coreanos, el cual pronto se transformó en el principal medio de comunicación popular (aunque las clases nobles y cultas continuaron usando el chino, cuyos ideogramas, llamados hanja, aún se usan allí, al igual que los hanji en Japón). Uno de los reyes de esta dinastía, Sejong (1418–1450) animó al desarrollo cultural y tecnológico de su nación. Después de varios intentos de invasión japoneses, los coreanos se encerraron tras sus fronteras, y el país fue conocido como el "Reino Ermitaño", por su aislamiento.

Desde 1870, sin embargo, Japón comenzó a intentar incluir a Corea en su territorio de influencia. En 1910, Corea fue obligada por este país insular (victorioso en la contienda ruso-japonesa) a firmar un tratado de anexión, ante el cual no tuvo muchas opciones.

Hasta 1945, fueron días tenebrosos para la nación, que aún los más ancianos recuerdan con desesperación. La opresión fue tan brutal que los que se rebelaron iniciaron un movimiento de independencia. En 1919, éste fue ahogado en la sangre de 7000 revolucionarios. Se formó un gobierno en el exilio, en Shanghái, y fueron muchos los que lucharon contra las fuerzas de ocupación japonesas. La cultura y la economía nacionales perdieron muchísimo y quedaron seriamente resentidas. El hangul fue prohibido, y los nombres tradicionales coreanos debieron cambiarse por nombres japoneses. Muchos artefactos y bienes culturales coreanos fueron robados y llevados a Japón (donde algunos aún permanecen). Y, durante la II GM, decenas de miles de coreanos fueron forzados a engrosar las tropas niponas, mientras más de 200.000 mujeres eran empleadas como trabajadoras a la fuerza o esclavas sexuales ("mujeres de confort"). Cerca de 60.000 coreanos que trabajaban en las minas japonesas murieron entre 1939 y 1945, y muchos fueron usados para experimentos biológicos en la tristemente célebre "Unidad 731".

Con la derrota de Japón en la II GM (con bombas atómicas estadounidenses derritiendo dos ciudades indefensas ¿las recuerdan?), la ex-URSS y los EEUU se "repartieron" y dividieron el país en áreas de influencia, que administraban al norte y al sur del paralelo 38. Ideologías distintas llevaron a separar a un pueblo que siempre vivió unido. Las políticas de la Guerra Fría condujeron, efectivamente, al establecimiento de dos gobiernos separados en 1948.

[¿Asombrados por el poder de las ideologías dominantes? No tanto... En nuestro propio continente, tales ideas de los "poderosos" han llevado a muchos gobiernos y sociedades latinoamericanas a condenar y a dar la espalda a pueblos hermanos].

En 1950, el régimen norcoreano –probablemente deseando reunificar Corea bajo el comunismo– invadió el sur. Las bien entrenadas tropas del norte no tuvieron problemas en vencer la débil resistencia de sus hermanos meridionales, y entonces EE.UU. intervino con sus fuerzas, a las que luego se unieron las de Paz (?) de la ONU. Cuando las tropas conjuntas rechazaron a las del norte hasta la frontera china, este país entró en el conflicto. Entonces EE.UU. comenzó su guerra de destrucción masiva (¿su deporte favorito? ¿demostrar lo "fuertes" que son?) bombardeando y arrasando totalmente el norte. Millones de civiles murieron, y no quedó una sola ciudad en pie en Corea del Norte. Después de tres años de esta destrucción total, se firmó un alto el fuego y se delimitó la frontera exactamente donde estaba: en el paralelo 38. Allí es donde sigue, aunque todos los discursos oficiales de ambos países siempre incluyen el tema de la reunificación, que ha pasado a ser parte del alma y la identidad del pueblo coreano. Una lectura detallada de lo que acabo de escribir hasta aquí permite comprender, honestamente, tal sentimiento.

Esta es la historia –intensa, llena de conflictos y de brillos destellantes– de las tierras que pronto pisaré, por las que caminaré, con el interés de un descubridor que se asoma, con su cuaderno de notas en mano, por una ventana cultural abierta de par en par, encontrando en cada cosa un motivo de asombro risueño. Los ciegos, sordos y mudos que afirman que ya no hay nada por descubrir en este planeta se equivocan: no supieron ver que a los humanos aún nos falta el mayor y más valioso descubrimiento de nuestra historia: encontrarnos nosotros mismos, entre nosotros. Quizás mis palabras les parezcan ridículas, pero no puedo expresarles lo que se siente al sentirse inmerso en una cultura desconocida por completo, en una lengua y un alfabeto completamente incomprensibles a pesar de mis esfuerzos por aprenderlas, en una música y una gastronomía que ni imagino y que se sale fuera de mis parámetros, en unas costumbres que jamás vi practicar. Decirles que me muero de ganas de aprender, de entender y de encontrar a las personas que están detrás de esa muralla invisible es poco. No es sólo descubrir ese mundo que hasta ahora me era ignoto (pálidamente reflejado por libros y revistas): es descubrir a las personas que viven en él, lo que sienten, lo que piensan, lo que creen. Porque, al conocerlas y aprender de sus manos, sé un poco más de este inmenso mundo (mosaico de diversidad e identidades) en el que vivo y participo; y al presentarme a ellos y explicarles quién soy, de dónde vengo y qué hago, me entiendo mejor yo mismo. Y eso es un maravilloso milagro ¿no lo creen así?

Pocas veces el ser humano se ha detenido a pensar lo importante que es entender al que tiene al lado, conocido o extraño. No se trata de explicar desde fuera cómo se vive: se trata precisamente de vivirlo desde dentro y de comprender los "porqué". Con un poco de esto ¿cuántas guerras, cuántas masacres y cuántos odios se hubieran evitado?

Un enorme abrazo...

Ilustración.