Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 17, 2006

Cuaderno de viaje 04: jueves 17 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Definitivamente, las calles de Seúl tienen mucho más para enseñarme que los pasillos del Congreso de IFLA. Así que aprovecharé todo mi tiempo libre para disfrutar estos callejones y estas avenidas pobladas de gente.

Me levanté decidido a comer como es debido (es decir, evitar la comida chatarra) y me fui a dar una vuelta matutina. Eran las 6 de la mañana, y la puerta del hostal estaba abierta (estuvo siempre abierta; nadie entiende mi miedo argentino al asalto y la invasión). A esa hora ya era de día, pero aun así era muy temprano. Por ende, los únicos que poblaban las calles eran los más pobres de esta sociedad tan rica, que deambulaban revisando basura o con sus carros, recogiendo cartones y metales, o bien se desperezaban después de su sueño en una acera. Es así: las sociedades tan poderosas y opulentas tienen unos pobres mucho más dolientes y dolidos.

Las primeras casas de comidas recién abrían sus puertas, así que luego de visitar un par de templos que me habían llamado la atención (dinastía Joseon, bellísimos...) me metí en la primera taberna que encontré con precios convenientes (entre 3 y 4 dólares por un plato).

No, la dueña no hablaba español. No, no había nadie más. No, a pesar de mis esfuerzos, no hablo coreano. Ya desistí de usar lo poco que sé porque es inútil. Ella habló su lengua, yo la mía, y durante la siguiente hora me explicó todo lo que yo tenía que saber sobre cómo comer un plato de comida coreana. Mucho no aprendí, pero entre saber algo y no saber nada, la primera opción ya es positiva. La bandeja que me sirvió contenía un plato enorme de arroz blanco y glutinoso acompañado de carne de cerdo fileteada muy fina y frita en salsa de soja. Además, contenía cazuelas con sopa de soja roja (fuertísima, aunque de color claro), alevines de pescado secos y fritos, kimchi (plato nacional coreano, verduras fermentadas y condimentadas con muchísimo chile), nabo en salsa, calamares fritos y una especie de tortilla que sirve como pan y de la cual la dueña me repuso 4 porciones mas. Esta tortilla está hecha de harina, mucho huevo, zanahoria, cebolleta y alguna verdura más (lo sé porque, mientras se reía y me explicaba cómo comer, la dueña la preparaba en una mesa vecina). Además de eso, agua y los infaltables palillos. Si bien sabía usar estos cubiertos orientales... creo que hacía unos años que no ejercitaba mis destrezas, porque la dueña se descostilló, y me explicó pacientemente cómo había que hacer, y cómo había que mezclar las comidas (hay un orden lógico y especial; no respetarlo sería como si alguno de nosotros mojara una papa frita en el café con leche matutino, o le pusiera azúcar a la sopa, o mezclara la ensalada con los fideos. Se puede, pero es raro).

Con esta delicia picante, satisfecho y con una sonrisa de oreja a oreja, volví al hostal a recoger mis cosas y salí hacia mi hotel definitivo (Best Western Vision Hotel), cargado como un mulo, bajo el calor y la humedad de una mañana de verano tropical. Mapa en mano, emprendí la marcha. Mi hotel quedaba a 7 km. Muy bien podría haberme tomado un taxi o el metro, pero... ¿dónde quedaría el gusto por caminar, recorrer, curiosear...? ¿Cómo ver todo lo que vi? Me crucé con gente trabajadora, invadiendo el aire y las aceras con sus quehaceres, sus trastos, sus risas, sus charlas... Gente discutiendo, gente cocinando en los pasillos y callejones intrincados de esta ciudad, mercados de pescado seco y especias tradicionales, puestos de frutas y carne de cerdo cortada al estilo coreano (en finas lascas). Me rodeaban las hojas de las zelkovas y los arces brillando en su verde, y por encima del ruido de los coches sonaban las cigarras, destrozándose en su canto ante el calor implacable, y las libélulas rojas cruzaban de un lado al otro. Aquí me tropecé con la sonrisa de un niño adormilado, allá el dueño de una mueblería sacaba a tomar el aire a su pequeño bonsai de ginkgo, acullá una cocinera callejera ataba manojos de spaghetti en porciones adecuadas. Los aromas de todas las cocinas me llegaban a la nariz y de allí al estómago, y todos los anuncios me golpeaban la vista con sus signos en hangul, que ya sé leer pero cuyo significado se me escapa (a no ser que codifiquen palabras reconocibles).

Lo que se aprende de una observación tranquila, detallada, directa, no se explica en ninguna guía turística ni en ningún libro de viajes. Y por mucho que lo cuente aquí, no podría ni siquiera reflejar sino un pálido fragmento de lo que grabé en mis retinas.

Hallé el hotel sin perderme, me instalé y luego de la ducha y la siesta de rigor, salí nuevamente a patear las calles. Frente a mi hotel se encuentra el centro comunal del distrito ("gu") de Seongdong, en el cual resido ahora. Decir que este centro es mayor que la municipalidad de Córdoba es decir poco. El conjunto entero, inmenso, provee servicios oficiales de gobierno de distrito, es un centro cultural, y genera espacios para niños, docentes, jóvenes y ancianos.

Rodea al centro un hermoso jardín, con cada especie etiquetada con su nombre coreano y su nombre científico. Zelkovas, manzanos, ginkgos, pinos, todos ellos mostraban su follaje allí, entre matas de flores que desconozco pero que admiré por su belleza. Esta cultura profesa un especial respeto al árbol: tal cosa se aprecia en el cuidado a los que los someten, en su etiquetado con placas de metal, en su buen aspecto, y en su presencia en todos aquellos espacios a los que se quiera dar cierto confort. De hecho, son muchas las esquinas en las que hay parques con bancos de madera, con pinos bellamente cuidados y preparados y con toda una infraestructura que incluye camas (sí, lugares para dormir una siesta), bancos e incluso bibliotecas.

Precisamente con una de estas plazas me tropecé en mi camino, distraído mirando el vuelo de las libélulas como cometas rojas, cuando oí risas joviales de ancianos y ruido de fichas. "Dominó" pensé, y se me ilumino la cara con una sonrisa, porque amo ese juego. Ni corto ni perezoso allí fui, para hallar una multitud de viejitos jugando, a las risas y entre gritos. Pero no era dominó: era "janggi", un juego oriental, con la estructura del ajedrez pero la velocidad de las damas. Aprendí a jugar al "janggi" en mi adolescencia, pero ya no lo recordaba, así que me acuclillé al lado de una de las parejas (luego de la inclinación, la sonrisa y el saludo de rigor), saqué mi pipa, y me puse a fumar mientras miraba la partida (los coreanos son tremendos fumadores). A los 10 minutos, tenía a mi alrededor 4 o 5 curiosos. Diez minutos después de eso, ya esos curiosos me estaban dando una clase de "janggi". Jamás hubo traductor: ellos hablaron todo en coreano, y yo hablé todo en español. Aún así, nos reímos y yo recordé cómo se juega al "janggi", y participamos activamente en la partida ajena (meten las manos, proponen movimientos, mueven las fichas, se ríen del que pierde, le dicen cosas...). Antes de irme me invitaron a que pasara otro día por allí para jugar alguna partidita con ellos.

Con dos sonrisas en vez de una, seguí mi camino, para tropezarme con una biblioteca infantil. Esta vez lo dudé: estuve casi media hora frente a los cristales que abrían el espacio bibliotecario a la calle (no, no había muros, sólo cristal en el frente) hasta que entré, me descalcé (como es norma en estas tierras) y pregunté, después del saludo de rigor, si alguien hablaba inglés. Sí, una bibliotecaria hablaba un poquito, y entre eso y mi coreano, nos pusimos a charlar más de una hora y media, tiempo en el que nos contamos como eran nuestros países, nuestras bibliotecas, nuestros trabajos, nuestras creencias sobre el servicio bibliotecario... Esta de la que les hablo pertenece a una ONG y está destinada a niños de 6 a 12 años. Tiene dos pisos: el inferior, destinado a los más pequeños y a sus madres, que vienen con ellos a hacer los deberes o a leer cuentos, y el superior, destinado a apoyo escolar, practicas de escritura y enseñanza de la lengua inglesa. El espacio posee estanterías no más altas que la estatura de un niño, abiertas, decoradas con colores vivos, con espacios para deambular para que se encuentren a gusto. Los hijos e hijas de las 3 bibliotecarias estaban allí con ellas, compartiendo su trabajo. Vi los libros que crea cada niño, ilustrando relatos, y vi los libros de relatos coreanos, con unas ilustraciones preciosas... Vi las libretas de lector, en las cuales se anotan los libros que cada niño lee, no para estadística, sino como un reto para el futuro y como un orgullo de ver todo lo que se ha leído...

Poseen una página de Internet que es una maravilla, y una colección de 4000 libros. Eso lo logran con un presupuesto de 5 dólares mensuales (sí, me lo decían con lágrimas en los ojos y una sonrisa amarga). No saben cómo lo hacen, cómo se apañan, pero lentamente el tema va creciendo, y con mucha ayuda de los usuarios... van saliendo adelante. Estarán participando en IFLA el próximo miércoles (Sección Bibliotecas Infantiles), pero aún así estoy seguro de que las visitaré a menudo antes de ese día. Quizás aprenda a leer coreano, después de todo.

Me contaban que existen unas 50 bibliotecas infantiles en Seúl, y que 10 de ellas son de ONGs. Las otras perteneces a empresas (10), al gobierno (10)... y a iglesias evangélicas (20). Estas sólo abren los domingos y días de culto, y es de ver el desprecio oculto que se mostraba en la cara de las bibliotecarias, no por la religión sino por la falta de trabajo y acción de unidades tan bien provistas. Las bibliotecas móviles se desempeñan en el campo, y hay programas para zonas desfavorecidas, dentro de la ciudad.

Hacen mucho hincapié en la relación madre-niño y en el papel de la lectura como punto de apoyo en la educación y en las relaciones familiares. Creen en la comunicación, y en el papel de la biblioteca como formadora de lectores, intentando proveer otras formas de entretenimiento que no pasen por la pantalla de una computadora. En la biblioteca se enseñan juegos tradicionales, y juegos con el cuerpo, y se hace mucho hincapié en la relación persona-persona, en el uso correcto del habla, en la interrelación y el contacto personal, que no pase por un celular o el chat (elementos que predominan en esta cultura). Enseñan a escribir y a disfrutar del tacto y las imágenes de los hermosos libros que poseen en sus estantes.

Me regalaron un libro de ilustraciones de autores coreanos, y un manual de bibliotecas infantiles redactados por profesionales coreanos, entre los cuales había participado Kim So-hee, la bibliotecaria a cargo de esta unidad. Y antes de irme, mientas me calzaba nuevamente y me despedía, se me acercaron con un par de sotdae, grullas, muy toscas en su forma, hechas en madera por los niños. Y me las regalaron. Me explicaron que es costumbre en Corea anotar un deseo o un sueño en la base que soporta la grulla. El ave se encargará de darle alas al sueño y hacerlo volar.

Mientras volvía a mi hotel, abrazado a esas grullas como un niño a un regalo valiosísimo, con un par de gruesos lagrimones en los ojos y tres o cuatro sonrisas (una era poca) en la boca, iba pensando que tengo un buen par de deseos para pedir.

Desde esta ciudad de tradiciones y modernidad, de gente abierta y amigable, de bellezas exóticas y cosas comunes (pero igualmente lindas) les envío un fuerte abrazo. Será hasta mañana.

Ilustración.