Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 19, 2006

Cuaderno de viaje 05: viernes 18 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Los informativos coreanos laten al ritmo del ciclón tropical que, con débil intensidad pero igualmente poderoso, ya se está abatiendo sobre las costas del sureste del país, con lluvias torrenciales, marejadas tremendas y vientos que están desnudando campos de arroz y destrozando cosechas de frutas y hortalizas. Afortunadamente Seúl no está en la ruta de semejante fenómeno atmosférico, así que no hay mucho de qué preocuparse.

A puro bostezo, me encontré ante un desayuno coreano que incluía pasta fría con mariscos, kimchi (el plato nacional del país, verdura fermentada con salsa picante), unas pequeñas salchichas con decidida forma fálica, huevos, arroz y mucha fruta. Los noticiosos hablan de Corea del Norte, del ciclón, de los problemas de los metros de Seúl y de la corrupción de la política ciudadana (en todos lados se cuecen habas). Además, cuentan los resultados de los partidos de béisbol (el deporte más apreciado aquí; de hecho, los grandes estadios cercanos a mi hotel no son de fútbol, sino de béisbol) y promocionan algunas de las novelas televisivas románticas o históricas que darán a la tarde, hora en que las señoras y los señores se sientan, como en todo el mundo, a moquear con las pasiones y desgracias ajenas, que incluyen las de adolescentes enamoradas, chicos pobres con niñas ricas y hwarang (samurais o guerreros antiguos) situados entre el amor y el deber.

Mi ruta matutina me llevó a una plaza cercana, bajo unos pinos, con una fuente de piedras grises y unas rocas, en la cual hay una pequeña biblioteca para los paseantes que descansan a la sombra de estos árboles. Ya les hablé del cuidado que los coreanos dispensan a árboles y plantas, así que no se asombrarán si les describiese las miradas que recibí al cortar una hoja de arce. En fin, la biblioteca de la que les hablaba es una estantería cerrada con puertas de vidrio, en la cual lucen sus portadas unos 500 ejemplares. Una bibliotecaria (que, por lo que puede entender, pertenece a la biblioteca pública del distrito, la cual tendré que encontrar y visitar) se ocupaba de prestar los tomos. Quedé fascinado, no sólo por el servicio, sino porque las puertas de vidrio y los libros siguieran allí, sanos y salvos, después de un par de noches. Pero en fin, hay que reconocer que no todos tienen malas costumbres en este mundo (y que no todos las tienen en mi país).

El servicio es bastante usado, hasta donde yo mismo pude comprobar. Dejando atrás a los lectores, que disfrutaban alguna novela a la sombra de los árboles y entre el vuelo de las libélulas, me dirigí al COEX, el Centro de Convenciones en donde tendrá lugar el Congreso de IFLA. Ciertamente estaba lejos (aún me pregunto por qué demonios nos situaron tan lejos, pero en fin, a caballo regalado...) así que me decidí a experimentar el sistema de metro de Seúl. Por 1 dólar me transportaron hasta allá, con un sistema organizado, limpio, claro para los extranjeros... y superpoblado, como bien podrán imaginar en una ciudad como ésta. No es muy diferente del de Buenos Aires, por cierto. Llamó mi atención la gran cantidad de periódicos y magazines que se proporcionan de forma gratuita a la entrada de los metros. La gente los lee y los deja allí mismo, dentro del metro, en el portaequipajes, para que otros los sigan leyendo, o se los lleven y dejen otro. Así, siempre hay material de lectura, al menos en las líneas céntricas.

Cruce el río Han, y sobre sus tumultuosas aguas marrones, inmensas, anchas, recordé que los propios coreanos me lo señalaron como una frontera entre el Seúl rico y occidentalizado (al sur) y el pobre y tradicional (al norte). Hasta ahora he recorrido el norte, pero en el sur están las oficinas gubernamentales, algunos museos y la biblioteca nacional. La diferencia es notoria, desde el vestir de la gente hasta la actitud de los jóvenes, desde los anuncios (totalmente europeos) hasta la música que se oye. Debo señalar que en la zona norte de Seúl, toda la publicidad está protagonizada por coreanos/as. No es así en el sur, en la zona comercial.

[Agregando un punto más, la TV muestra todas sus propagandas al estilo coreano, y hacen escaso uso de publicidades con modelos europeos/as. Ciertamente, la cultura mercantil del este asiático es muy fuerte, y la producción de publicidad y cine es enorme, usando recursos nacionales].

El COEX resulto ser un enorme complejo de hoteles, centro comercial, acuario y centro de conferencias, todo mezclado entre anuncios y tiendas caras. Es decir, el corazón del consumismo de esta ciudad. El Congreso de IFLA todavía no daba señales de vida, y eso me alertó un poco, dado que la organización ya hubiera debido de estar en marcha. De hecho, mañana empieza todo.

Volví pronto a mis barrios del norte del Hangang, y decidí perderme un poco en los distritos del este, no sin antes probar repostería coreana, la más popular, la que se vende en las calles. Y debo decir que... en fin, no era para tirar cohetes. Se trata de una pasta base, de harina de arroz y agua, gomosa, blanca y sin sabor a nada. A esta pasta la tiñen, la recortan, la modelan de mil formas, y le agregan algunos frutos secos, un higo, un adorno de caramelo. El resultado es el mismo sabor siempre, nada de dulce, y una presencia gomosa difícil de masticar en la boca. Sí, reconozco que es un postre que no produce caries, pero no, no me gustó. He visto otras reposterías en las calles (buñuelos y tortas fritas, y panadería más europeizada) así que intentaré con eso.

Caminando, caminando, empecé a cruzarme con cruces esvásticas. Pero no, no se trata de grupos neonazis. La cruz a la que Hitler tiñó de tintes tan oscuros ha sido un símbolo religioso por milenios en Asia, y estas cruces (usadas también en los planos de la ciudad) marcan templos budistas. Hay muchísimos, y no se trata de grandes edificios, o de espléndidos ejemplares de arquitectura oriental. Son rincones, a veces sucios, a veces en callejones, adornados o no, en los cuales los budistas dicen sus oraciones. Nada más. Y nada menos. Alrededor de estos templos, en esta zona de la ciudad, me encontré con una multitud de dispensarios que venden medicina tradicional coreana, desde hierbas a cuernos, desde raíces a peces secos. Y las raíces de ginseng (vi algunas del tamaño de mi antebrazo) abundan por aquí, y se venden en los mercados como el pan nuestro. Las farmacias, asimismo, ofrecen servicios de acupuntura y moxibustión, y las colas para someterse a estas prácticas son larguísimas, hasta donde pude apreciar.

Además, alrededor de los templos se encuentran las tiendas que venden artículos religiosos, desde estatuas de Buda a incienso, desde rosarios "mala" de cuentas de madera gruesísimas hasta campanas ceremoniales o vestidos de oración. Un verdadero espectáculo para la vista del desconocedor, y un verdadero rincón de culto para los creyentes.

Y más allá, un mercado. Explicarles lo que vi en los puestos de ese mercado de barrio, totalmente popular, me demandaría muchas páginas. Imaginen una mezcla inmensa e intensa de pescados, verduras, hierbas, tubérculos y comidas. Imaginen aquí unos filetes de raya o unos cuchillos en manos hábiles, preparando lenguado o rape, o lavando grandes caracolas marinas, o navajas, o vieiras. Imaginen más allá un enorme surtido de enormes algas secas, hongos, hierbas medicinales, pimientos secos, especias de todos los tipos, arroces de 10 o 12 especies, soja de todos los colores. Unos pasos más allá, tortillas y panes, y quizás papas y batatas y otros tubérculos. Enfrente, toneladas de ginseng y de raíces de jengibre. Vendedores de sal marina y de granos de cebada perlada, o de sésamo, midiendo su producto no por el peso, sino con unas cajas de madera especiales con las que despachan, a precios más que económicos. Y el olor de todas las frituras, porque así como se vende, también se come lo vendido o lo comprado. Y kimchi en todas partes, verduras de todos los tipos, fermentadas y especiadas, y pastas de todos los tipos de soja, y semillas y cortezas medicinales, y panes chatos, o bolsas enormes de alevines de pez seco, o de otros tipos de pescado salado, y atados enormes de fideos de harina de arroz (atan cada porción con los mismos fideos), y el aroma suave de pequeños espirales de incienso colocados entre la comida para espantar a los insectos.

Me volví despacio, saboreando algo de fruta, cargado con algas secas y arroz. Definitivamente, podría contarse y hacerse mucho en esta ciudad si uno supiera hablar la lengua. Los coreanos están deseando preguntar de dónde es uno, si le gusta Corea, si... De hecho, lo hacen por señas, todo el tiempo. Gente común: el que despacha, el que pasa en bicicleta, el que se cruza y lo mira y pregunta. Los coreanos son así: aman relacionarse, en especial los mayores (los jóvenes son individualistas, hijos de esta nueva era de conexiones a Internet y celulares). Basta detenerse frente a un escaparate para que alguien salga, salude, se incline y pregunte si puede ayudarle en algo. Y no importa si uno no compra: estarán encantados de mostrar las cosas lo mismo.

Antes de escribir estas líneas, me pasé por una fonda cualquiera y me encontré frente a un enorme cazo de soja con tofu (requesón) colocado sobre una plancha caliente. Además de picar como los infiernos, estaba ardiendo, pero a los habitantes de este suelo les encanta así, y no voy a decepcionarlos. Afortunadamente, hay mucho arroz, kimchi, nabos, algas y brotes de soja para calmar el ardor... y una botella de agua a la que agregan un saquito de té de hierbas, y que, fría, sabe deliciosa.

Mañana iniciara el Congreso de IFLA, con las sesiones cerradas de los Standing Commitee, los grupos que se encargan del gobierno de las diferentes secciones. Aunque yo pertenezco a uno de estos comités, no podré asistir a esta, su primera reunión, debido a que estaré participando en un Satellite Meeting sobre Información y Medicina Tradicional, en el que pretendo presentar una conferencia. Pero no me pierdo nada: las reuniones de los comités organizadores son pura burocracia. Y, como pueden suponer, eso es algo que detesto.

[En la segunda reunión del SC trabajaremos un poco más en los textos de ciertas declaraciones de las que ya les hablaré. A esa no pienso faltar: eso me parece un trabajo más adecuado para un comité de ese tipo].

Desde estos barrios al norte del Hangang, poblados de gente sencilla que ama y disfruta la vida a los gritos y a las sonrisas, que se deleita con cada plato de comida, que se detiene ante cada extraño y le regala unas palabras, que se preocupa por el que tiene al lado sin faltar a la cortesía ni invadirlo, les hago llegar un enorme saludo. Quizás desde mañana estos relatos se vuelvan un poco más técnicos y hablen más de bibliotecología (aunque dudo que pueda contarles nada nuevo... Quizás alguna idea, quizás alguna tendencia... No esperen muchos más). Aun así, no dejare de contarles lo que siento a cada paso por estas esquinas...

[Nota: En estos Congresos presenciales se aprende mucho desde el punto de vista humano y social. Nada más. Desde el punto de vista técnico, pueden aprender lo mismo que yo leyendo las ponencias desde el sitio de IFLA. Por ende, lo que les contaré sobre este Congreso –que espero que no me decepcione– serán cosas generales, tendencias de trabajo, cambios, ideas... De eso se trata. Casi todos los que vienen aquí no vienen a trabajar duro. Los que dictan conferencias, vienen a dictarlas y a pasear. Los que van a escucharlas, van buscando enterarse de alguna cosita nueva... y a relacionarse y a conocerse. Los voluntarios son los únicos que se matan... y los organizadores y trabajadores de secciones difíciles también, porqué no decirlo].

En fin, desde mañana podré comentarles mejor cómo será todo esto. Mientras tanto, les dejo un abrazo enorme desde este lado del mundo.

Ilustración.