Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 21, 2006

Cuaderno de viaje 06: sabado 19 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Las orquídeas florecían, en medio de un ambiente de paz y de silencio total, en el templo budista situado exactamente frente al COEX. Yo descansaba un rato, relajándome tranquilamente antes de partir para dar mi conferencia del día.

Llegué al COEX, el Centro Comercial y de Exposiciones en el cual se desarrollará el Congreso de IFLA, por la mañana, para registrarme en el evento y recoger mis cosas. Normalmente la organización provee una pequeña mochila o cartera en la cual va el programa de la conferencia, un libro sobre las bibliotecas locales, material en CD, propaganda y demás artilugios. Además, proveen la identificación de rigor, necesaria para asistir a todos los eventos.

El espacio es enorme, gigantesco, y me da la sensación de que será muy fácil perderse durante los primeros días de las charlas, buscando tal o cual sala. Sobre la organización podría hablar mucho, pero no tengo ganas de emitir críticas prematuras: al final del Congreso, dentro de una semana, les contaré qué me pareció el conjunto. Será, definitivamente, una actividad con fuerte presencia y participación asiática, punto que se explica por los altos precios de los viajes (además de los altos precios de inscripción al Congreso, que rozan los 700 euros). Fuimos pocos los afortunados que obtuvimos becas o subvenciones, y, por ende, la participación de colegas de horizontes lejanos a estas fronteras es limitada.

Desde aquel COEX, situado al sur del río Han (en la parte rica, comercial, cara y consumista de la ciudad) y luego de haber descansado en aquel templo budista, me dirigí al suburbio montañoso en el cual se desarrollaría el Satellite Meeting en el cual debía de participar como ponente. El Congreso de IFLA tiene el evento central (que inicia mañana) y, en los días previos, una serie de Congresos Satélites, que se desarrollan en la misma ciudad o en ciudades vecinas. Este año, los encuentros satélites han tenido lugar en China, Japón y Corea, y han sido organizados por varias secciones. Este en el que yo participe estaba coordinado por la Sección de Bibliotecas en Salud, y se titulaba "Información y Medicina Tradicional". Mi ponencia presentaba algunas experiencias en la recolección y organización de conocimiento medico indígena, remarcando la importancia de la biblioteca en la recuperación de saber tradicional sobre salud, y el rol que puede desempeñar en la difusión de nuevos conocimientos sanitarios en poblaciones de alto riesgo y poca información al respecto.

El metro me llevó –después de varios transbordos y cambios complicados, en los cuales estuve a punto de perderme– a un hermoso suburbio situado en las montanas que limitan el norte de la ciudad, y cuyas cumbres peñascosas se destacan entre el verde de las arboledas que las cubren. En aquel suburbio (Hoegi) está la universidad de Kyunghee, una entidad que dispone, como muchas en esta capital, de un Centro Médico / Hospital y de una Facultad de Medicina Oriental.

La medicina tradicional está tremendamente bien considerada en Corea, y en Seúl hay muchísimas boticas en donde se despachan remedios a base de ginseng (que, por cierto, cuesta 1 dólar por raíz) o de cuernos de ciervo. Asimismo, muchas farmacias disponen de servicios de acupuntura. Muchas de las 37 universidades de Seúl incorporan entre sus facultades una de medicina oriental o tradicional. Y el Encuentro Satélite estaba orientado a resaltar la importancia de las bibliotecas médicas en la recuperación y conservación de este tipo de saber, transmitido a través de los siglos y en plena vigencia en estas sociedades tan modernas y desarrolladas económicamente.

La Universidad de Kyunghee me recibió con un campus montañoso, en el cual las cuestas abundaban, y cuyos edificios se levantaban entre bosquecillos densos de arces. Si bien quise visitar las unidades académicas y la biblioteca central, el hecho de ser sábado me lo impidió. Las conferencias empezaron puntuales, y a lo largo de las diferentes charlas se fueron desgranando un cúmulo de experiencias que nos llevaron a darnos cuenta de la importancia que, en sociedades con profundos acervos de información tradicional, puede tener una buena biblioteca. Pues el conocimiento ancestral –parte de nuestra historia y nuestra identidad– es igual de valioso que el moderno: ha permitido la supervivencia de las generaciones anteriores, y es, por ello, necesario para la supervivencia de las actuales. No por ser antiguo pierde validez.

Los espacios bibliotecarios pueden recuperar tal tradición, y proveer servicios de difusión de los antiguos y nuevos conocimientos. En particular, en mi experiencia en comunidades indígenas del NE de Argentina (la que presente como ponencia) descubrí, con un grupo de maestros y profesionales de la medicina, que el análisis de la tradición oral sobre prácticas sanitarias de las comunidades locales permitía insertar mejor la información estratégica moderna dentro de su cultura. Asimismo, descubrimos que la biblioteca es un excelente lugar para facilitar formación e información sobre distintas temáticas, sobre todo en salud.

Terminado el encuentro, que solo duró unas horas, y en las cuales compartimos almuerzo y un delicioso té, volví a la capital, perdiendo mis retinas en los barrios suburbanos, sencillos, simples, abigarrados, intentando levantarse entre tanto cartel.

No volví a caminar. Mañana comienza el Congreso, y debo descansar. Sin embargo, mientras el tren me bamboleaba suavemente, venían a mi memoria las imágenes del templo budista en el cual había estado por la mañana. Unas enormes puertas de piedra, con batientes de madera pintados con los rostros de antiguos dioses iracundos, permitían el paso por una vereda rocosa que se abría entre estelas de piedra negra, grabadas, con un gracioso techito gris, y levantándose sobre enormes tortugas y flores de loto. Mas allá se alzaba una pagoda, también de piedra, y ante ella se vendían unas velas enormes. Los templos, de altos pilares y techos de madera curvados y cubiertos de tejas negras (curiosas tejas con dos triangulitos sobre ellas) están completamente pintados, sobre todo en tonos verdes y rojos. El trabajo artístico que exhiben es bellísimo. Sus paredes externas están decoradas con imágenes de la vida del Buda o de las antiguas leyendas de los dioses. El interior es de madera, y es necesario descalzarse para entrar. Allí, en ese interior, flotan una paz y una armonía especiales, y destacan los tambores y gongs de las ceremonias, así como las enormes campanas de bronce.

No, no entré. Es un sitio religioso, y por ende no soy quien para entrar allí. Pero observé rápidamente, de un vistazo, a la gente orando sobre colchonetas, o encendiendo velas frente a un muro cubierto por cientos y cientos de pequeños Budas dorados. Y sonreí al ver el techo cubierto de pequeñas farolas de papel. Docenas y docenas de ellas.

Luego me giré, y me asomé al segundo templo. Y allí, ante mí, estaba la gran estatua de Buda, flanqueado por la de otras dos deidades. En la penumbra, sólo destacaban las velas... Un anciano se inclinaba, con las manos juntas, ante ella, por tres veces consecutivas. Se me detuvo el pulso, y seguramente entreabrí la boca ante la belleza de la imagen. Era una imagen que se había congelado en los siglos, una imagen de una simplicidad y una belleza imponentes. Una imagen por la que había valido la pena cruzar el océano.

Sentado en las escaleras, descansando, miré al techo de uno de los templos. Bajo las tejas negras, en un saliente, lucía una cruz esvástica roja sobre fondo blanco. Las orquídeas florecían, los fieles portaban velas y cantaban antiguas oraciones. Y por sobre los tejados se alzaban las imponentes torres del COEX.

Eso es Corea. Tradición y modernidad unidas en forma intima. Medicina tradicional en bibliotecas digitalizadas. Viejas respuestas para nuevas necesidades.

Quizás eso sea, también, la biblioteca. Una nueva forma de ver y de tratar viejas cosas. Quizás alucinemos con los nuevos milagros de la tecnología. Pero las respuestas que necesitamos siempre han estado en nuestras manos. Quizás sea preciso recordarlas. Quizás sea necesario aplicarlas. Quizás sea suficiente acudir al sentido común, y empezar a trabajar de una vez.

Un abrazo, desde estas tierras calurosas y húmedas...

Ilustración.