Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 07, 2006

Cuaderno de viaje: - 06

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

En las "Crónicas del Ángel Gris", el escritor argentino Alejandro Dolina dice, a través de uno de sus personajes:

"Todo viajero es la mitad de sí mismo. No hay lugar en los aviones para llevar las cosas que lo completan. Esquinas, gestos, personas, vientos, olores, tapiales, saludos, colores y miradas no caben en las valijas".

A lo largo de los siguientes días (48, para ser más exactos) intentaré anotar en estas páginas el relato del viaje que me llevará por Malasia, Corea del Sur, Guatemala, México, El Salvador, Honduras, Nicaragua... y Argentina. Este weblog, pues, se convertirá en un verdadero cuaderno de bitácora en el que, dependiendo de los accesos a Internet que pueda conseguir, plasmaré información interesante, noticias, vínculos, opiniones y relatos.

Aún cuando hoy recién inicie la cuenta atrás, siento ya –como narraba Dolina– como una de mis mitades se separa de mí y se sienta tranquilamente en mi escritorio. Mientras fuma con calma su pipa, la muy descarada me mira preparar equipaje, ponencias, póster, regalos... Sí. Una parte de mi se quedará aquí, aferrada a esta tierra fría e invernal, de árboles pelados y calles tapizadas de hojas crujientes, esperando la primavera. Se quedará cuidando mis recuerdos, mi historia, mis afectos y la vida que debo continuar cuando regrese (y que probablemente incluya más viajes). La otra, ésta que les escribe, deberá dar conferencias, talleres, ponencias y charlas en el Congreso de IFLA, en un Simposio Nacional en Guatemala, en dos Congresos en México y en varios encuentros profesionales en Centro América y Argentina. Deberá enfrentar 9 vuelos, alrededor de 80 horas de bus, dos idiomas asiáticos bastante complicados (pero bellísimos) y un alfabeto precioso pero difícil, hoteles diversos, comidas varias... Y les puedo asegurar que, si bien al principio tuve mis nervios y mis reticencias, en este momento (seis días antes del inicio de la travesía) ansío verme en camino.

Creo que no soy un viajero muy clásico. Detesto el turismo fácil. Detesto que me guíen y que me digan lo que tengo que ver. Y odio sacarme fotos con alguien vistiendo un traje típico, o sonriendo bobamente ante ese monumento que todos recomendaron como "imperdible". Cuando viajo, suelo perderme en las calles de la ciudad que visito: me siento en alguna plaza o en el borde de la acera a fumar mientras veo pasar la gente; me pongo a charlar con las vendedoras de verduras o el dependiente del bar que me despacha la cerveza o la ginebra madrugadora de turno. Casi no saco fotos, porque todo lo grabo en mi retina. Las fotos me servirían para "demostrar" a mis amigos que allí estuve, verdaderamente, o para mostrarles las bellezas y las miserias que vi. Pero no serían más que un pálido reflejo de una realidad más rica. Prefiero, por tanto, quemar a fuego esas sensaciones en mi mente y contarlas después. Contar todo: un vuelo de pájaros al alba sobre la catedral, la sonrisa de un niño yendo a la escuela, las confidencias de un lustrabotas, las opiniones de un colega, el polvo sobre los viejos libros de un archivo, los adoquines de un callejón a la noche, resonantes...

Una parte de mi es bien "gaucha" y está bien enraizada a esta tierra argentina que amo con toda mi alma. Pero la otra tiene muchas alas, y no reconoce un hogar ni una casa: a guisa de caracol, lleva sus pertenencias a la espalda y establece su hogar allí donde es bien recibido, allí donde hay algo que ver. Esa parte, mi parte errante y nómada, mi parte con pies de viento, será la que escriba en estas páginas durante el próximo mes y medio.

Siempre pensé que los viajes nos sirven para crecer. Con esto no quiero decir que vayamos a encontrarnos a nosotros mismos o al sentido de nuestras vidas, como creen muchos pelafustanes (Dolina dixit) que viajan al Tíbet para hallar algo que estaba en el comedor de su casa o en la esquina de su barrio. Creo que viajar nos confronta con otras realidades, de las cuales podemos aprender mucho. Nos enfrenta a nuestra diversidad como seres humanos, a otros idiomas que desafían nuestra inteligencia, a otras costumbres que ponen a prueba nuestra tolerancia, a problemas que nos hacen demostrar nuestros valores y nuestra amistad. Nos pone delante un mundo nuevo, quizás parecido al que conocemos, pero con particularidades deliciosas que debemos aprehender, degustar e incorporar a nuestras vidas. Pues esas minucias son las que nos hacen crecer y madurar, y las que nos vuelven más ricos y más sabios. Al fin y al cabo, esos recuerdos serán todo lo que tengamos –por muy "ricos" y "poderosos" que hayamos sido en vida– cuando partamos de estas tierras en ese viaje del cual no se regresa. Y esa sabiduría será la que podamos transmitir antes de partir, a todos aquellos que quieran escucharnos, al calor de una hoguera o de un café.

Un abrazo, cansado y presuroso.

Ilustración.