Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 26, 2006

Cuaderno de viaje 13: sabado 26 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

El canto del bonzo –el monje budista– resonaba en las paredes de "mi templo" en la mañana, cuando los fieles se reúnen para sus oraciones. El canto era profundo, casi gutural, acompañado de un tamborcillo y unas campanillas diminutas... Sentado en el poyo de una puerta en el patio central, veía como los fieles se aproximaban a la pagoda central –de piedra, pequeña– y le rendían homenaje juntando las manos a nivel del pecho e inclinándose tres veces consecutivas. Luego quizás encendían una vela, quizás sacaban de entre sus ropas un sahumerio, lo encendían, lo ofrecían a la pagoda y lo enterraban en una enorme tinaja de piedra llena de arena, en donde ya humeaban muchos otros palillos.

Desde mi ángulo, aromado por el humo de aquellos inciensos, podía ver el interior de uno de los templos, repleto de creyentes budistas realizando sus oraciones, con sus enormes rosarios de cuentas de madera (mala) enrollados en sus manos. A mi lado las orquídeas blancas lagrimeaban agua de las últimas lluvias, y los pinos de allá enfrente, limpios, parecían más verdes y más tupidos. A pesar de estar en pleno centro, la paz era infinita allí. En ese lugar se concentran más de 8 templos, y ha sido el centro espiritual de Seúl desde hace 600 años. A cada momento veía pasar estudiantes de budismo, futuros bonzos, vestidos de gris, con un amplio sombrero de paja.

Los turistas extranjeros pasaban raudos, tomándose algunas fotos, sonrientes frente a los templos, y luego partían, sin quedarse un rato allí a escuchar aquel canto hermoso, rítmico, profundo, un canto de fe.

Escribía en mi diario, dibujando algunas de las estructuras que veía, cuando una anciana se me acercó, a mirar qué hacía, tan interesado sobre aquellas hojas y sin sacarme ni una sola foto. Sonrió, sonreí, y ella se fue. Al rato volvió con una hermosa linterna en forma de flor de loto, y me la regaló. Después averigüé que esas linternas son usadas en un hermoso festival que homenajea al cumpleaños de Siddharta Gautama, el Buda. Así que la ate a mi mochila y así la pasee por todo mi recorrido de hoy, feliz.

Mi trayecto me ha llevado por los mercados y las calles más populosas. Es impresionante la cantidad de celulares y PCs portátiles que hay en esta sociedad. Una estudiante de bibliotecología amiga, coreana ella, me comentaba que esos elementos son el cáncer de una sociedad demasiado desarrollada tecnológicamente: la gente casi no se habla, la gente lee menos de lo que debería, la gente se clava frente a una computadora o a una TV y vive pendiente de sus celulares (algo que pude comprobar personalmente en el metro, en donde nadie carece de un telefonito de avanzada tecnología en su mano derecha). Los miraba y pensaba que el desarrollo técnico tiene sus pros, pero también sus contras, y que ese aislamiento que provocan, esa individualización, esa ausencia de comunicación, son los elementos contra los que luchan hoy en día las bibliotecas públicas coreanas.

Este es un problema que, poco a poco, va apareciendo en Latinoamérica.

Los mercados me ofrecieron libros antiguos y revistas arrugadas, y un sinfín de materiales para la escritura y la caligrafía, que aquí sigue siendo un arte. A veces se escribe en hangul, el alfabeto coreano, pero aun se mantiene la tradición de usar el chino mandarín, considerado lengua culta. Sus hanga (hanji japoneses, es decir, los ideogramas chinos) lucen bellísimos sobre un papel tradicional que tiene la textura y la consistencia de una tela, y del cual ya llevo varios pliegos para mi casa. Los hay de varios colores, y no crean que se trata de una especie de papel reciclado, sino de arte hecho papel...

Más allá me encontré con las máscaras tradicionales coreanas. Cada máscara representa a un personaje determinado, como en la antigua Comedia dell'Arte italiana: el viejo, la dama, el joven, el tonto, el niño... Se realizan en madera, pero también se las encuentra hechas en papel. No he podido ver teatro coreano aún, pero espero hacerlo antes de partir, en una semana.

Las tiendas de instrumentos musicales tradicionales abundan, pues esta nación profesa un respeto y un gusto singular por su música milenaria, especialmente por sus tambores. Sus parches y cuerpos de madera lacada, decorados con los símbolos coreanos más antiguos (dragones, ying-yang) surgen en cada esquina. Una de las combinaciones más tradicionales de instrumentos de percusión (para la música campesina) es el sambul, que agrupa un platillo, un pequeño gong, un chango (tambor en forma de reloj de arena) y un tambor más grande, de sonido profundo. El primero representa el sonido del rayo; el segundo, el del trueno y el viento; el tercero, el del veloz repiqueteo de las gotas de lluvia; el último, el paso de las nubes de tormenta, majestuosas y enormes... Los tambores hablan la voz de la tierra, y, por eso, están relacionados con antiguas culturas agrícolas, y tienen un poder muy especial. De hecho, ver una interpretación de música campesina ejecutada en estos inmensos instrumentos conmueve la piel y el corazón de cualquiera.

Más allá encontré una tienda de hanbok, el vestido tradicional coreano, compuesto por varias piezas complementarias. Una de ellas, un enorme pañuelo que permite alargar el cabello femenino y adornarlo, llamó especialmente mi atención por los hermosos brocados y decoraciones bordadas que exhiben.

Aquí y allá, en medio del mercado, los jóvenes chateaban desde sus celulares y los cocineros callejeros ofrecían enormes tentáculos de calamar frito o langostinos rebozados. Entre ellos se levantaban las tiendas de los tahúres, aquellos que leen las manos y los signos de las estrellas, un arte al que los coreanos parecen aficionados (de acuerdo al número de usuarios de tal "servicio" que vi). Con mucho gusto hubiera extendido las líneas de mi palma ante sus ojos, pero no hubiera entendido el resultado de las predicciones.

A partir del lunes reasumiré las visitas a museos y bibliotecas, de forma que pueda compartirles un poco más de la realidad cultural de este país. Me comentaban algunas estudiantes de nuestra profesión, aquí en Corea, que las universidades que proporcionan este título (4 años) permiten a sus inscriptos elegir sus materias de acuerdo a su gusto y conveniencia. Existen una serie de materias que deben cursar obligatoriamente, pues son las básicas, pero luego pueden elegir entre varias opciones, de forma que pueden orientar su formación hacia la catalogación, por ejemplo, o los recursos humanos o la gestión administrativa. Ciertamente, tamaña especialización les quita una perspectiva más general de las cosas, pero habrá que ver qué calidad de docentes y currículos poseen. Por otro lado, es risueño comprobar cómo cierta "gran institución" latinoamericana de la bibliotecología anda promoviendo su oferta de Maestría en Bibliotecología –bien cara, como pueden suponer– con un currículo que copia exactamente lo estudiado en una licenciatura. ¿Podrían explicarme para qué quiero repetir lo que ya vi en mi carrera? ¿No se supone que la maestría debe especializarme? ¿Y no se supone que los que diseñaron tal maestría son los mejores en nuestro ámbito?

[Quizás estoy suponiendo demasiadas cosas...]

Grandes misterios de la profesión, que nunca resolveremos. A veces pienso que soy demasiado estúpido y no veo lo que los demás ven. Pero otras me da por pensar que veo algunas cosas claras, que los demás no quieren ver. Y no sé cuál de las dos opciones me desespera más.

Continuare deambulando, durante este fin de semana, por las calles de Seúl. Desde un enorme y mullido asiento de un PC-bang coreano, con mi linterna de loto apoyada en la mesa, les envió un enorme abrazo...

Será hasta mañana... An-nyeung-hi-ga-se-yo!!!

Ilustración.