Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 29, 2006

Cuaderno de viaje 15: lunes 28 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

El Hangang (río Han) divide a Seúl en dos. Una mitad norte pobre, una mitad sur rica.

Era temprano, casi las 7 de la mañana, cuando ya estaba vagando por el nuevo barrio en el que estoy instalado, al este de la ciudad, en una zona de universidades y estudiantes (voy cambiando de residencia cada dos por tres). Los pequeños carros de comida comenzaban a alzarse en las aceras, y las mujeres que trabajan en ellos iniciaban sus tareas, calentando las hornallas y las piedras que ponen en las fuentes para conservar el calor y secar tentáculos de calamar, freír tortillas o saltear carne de cerdo. Aún la basura estaba desparramada por unos callejones que no lucen tan limpios como los de otras partes de la ciudad, y algunos borrachos de amanecida se estiraban en los bancos. Los comercios estaban cerrados, y sobre el asfalto de las calles flotaba un espeso vapor. Iba a llover, y yo sin paraguas.

Las clases comienzan hoy en algunas universidades, con el ciclo de orientación, que les permite a los estudiantes saber quiénes serán sus profesores y elegir mejor qué materias opcionales seleccionaran para su currículo anual. Las universidades coreanas son carísimas: dependiendo de la carrera, la matricula anual oscila entre 8.000 y 15.000 dólares. Ciertamente, los propios seulinos aceptan que viven en una de las ciudades más caras del planeta.

Me preguntaba como hacían los jóvenes para sobrevivir en una ciudad así... y obtuve la respuesta cuando una colega –estudiante del último año de bibliotecología– me prestó su departamento por una semana, ahorrándome los dólares del hotel y permitiéndome adaptarme aun más a la vida local. El departamento es minúsculo, al mejor estilo oriental, y carece de toda comodidad: duermo en una colchoneta en el suelo, me baño en un espacio en el que apenas quepo, y me muevo por una cocina extra-pequeña. Algunos extranjeros me han comentado que ésta no es solo la vida que pueden darse los estudiantes: muchas familias viven así, porque uno de los problemas más graves en esta ciudad es la vivienda y su precio.

En fin, caminaba en una calle aún vacía de estudiantes, y mis pasos me llevaron hacia el vecino, cercano río Han. Cruzando el puente, me situé en una de las islas que forma el ancho curso de agua. Si bien es plana, la humedad y el calor han permitido el crecimiento de una flora exuberante, la misma que puebla las montañas que se alzan en medio de la ciudad. Este es otro contraste de esta enorme urbe: además de tradición y modernismo, también encontramos naturaleza y asfalto a partes iguales, y es realmente alucinante ver, de un lado de un muro, modernos autos KIA y Daewoo corriendo por una autopista de ocho carriles y, del otro, enormes zelkovas de doce metros enmarañadas de enredaderas y orquídeas.

Esa isla de la que les hablo es un santuario de aves... aunque a esa hora, o quizás este día o esta temporada, pocas encontré. Quizás el calor las haya desanimado a mostrarse, pues ya a esa hora (8 y media) me derretía y había consumido más de litro y medio de agua (y otro tanto había expulsado mis poros). En fin, eso es Seúl, eso es Corea, mezcla estable de cosas que parecen inmiscibles. Pero creo que ese equilibrio entre opuestos forma parte de la propia naturaleza coreana: no en vano su bandera ostenta el símbolo del ying y el yang, el eterno combate y complementación de los opuestos.

En estas tierras, las bibliotecas asumieron otros nombres a lo largo de su larga historia. En principio fueron archivos reales, de alguna de las distintas dinastías que gobernaron por turnos el territorio, ora dividido, ora reunificado. Luego fueron monasterios y templos del budismo Mahayana, algunos de los cientos que abundan por aquí. También fueron sabios confucionistas y académicos del gobierno. Normalmente solo preservaban los libros: los usuarios eran pocos, limitados. Quizás algo parecido a lo que sucedía en la Edad Media europea.

Hacia el final del siglo XIX, los coreanos comenzaron a abrir los ojos al concepto occidental moderno de biblioteca (institución pública): así, entre 1884 y 1910 nace el aparato sociocultural bibliotecológico coreano.

Si bien nacieron como instituciones de iluminación social, pronto fueron degradadas por el colonialismo japonés (1910). La primera biblioteca pública coreana fue el Club de Lectura (Dokseogurakbu) abierto en la localidad de Busan en 1901. La primera biblioteca privada que sirvió al público fue el Daedongseongwan (Librería Daedong), en Pyongyang, en 1906. En 1910 se abren las bibliotecas de Jongno y Daegu, aún en funcionamiento, y la predecesora de la Biblioteca Nacional (la Biblioteca Colonial de Japón) se creó en 1923. En 1942 había 47 bibliotecas públicas en toda Corea. La mayor parte de las actuales fueron fundadas después de la liberación e independencia, en 1945, aunque muchas fueron destruidas durante la guerra civil (1950-1953).

El censo muestra que en 2004 había 487 bibliotecas públicas, 436 académicas, 10.297 escolares y 570 especiales.

Desde 2004, las bibliotecas están organizadas por el Ministerio de Cultura y Turismo, que diseña las macropolíticas a nivel estatal, y por la Biblioteca Nacional, que se encarga de la implementación de tales políticas. Las políticas son diseñadas conjuntamente por Ministerio y Biblioteca, sumando la participación del Ministerio de Educación. En 2000 el Ministerio anuncio la informatización total de las bibliotecas coreanas, buscando dar respuestas a las necesidades de una sociedad cada vez mas digitalizada. Para 2003 el plan ya se había concretado en 343 bibliotecas públicas. Se les proveyó de servidor digital y de dos programas: KOLAS (Sistema de Automatización de Bibliotecas Coreanas) y el KOLIS-NET (Red de Sistemas de Información de Bibliotecas Coreanas).

Dado que mañana andaré de visita por algunas bibliotecas (incluyendo la Nacional) podré contarles un poquito más de las mismas... y del estatus de los bibliotecarios en este país. Hoy anduve revisando algunas librerías de segunda mano, buscando libros de idiomas (así como en las nuestras abundan los libros en lenguas romances y germánicas, aquí abundan los textos sobre japonés, chino, thai, lao, vietnamita y malayo... pequeños tesoros a precio módico). Los precios son buenos, y la selección de libros en lengua inglesa es amplia, así que hay para elegir. Además, estuve recorriendo Bandi & Luni's, una de las grandes librerías de Seúl (aunque las mejores aun están por verse). El espacio que la librería tiene reservado en el COEX Mall es impresionante: más de 100 metros de largo por 50 de ancho, repleto de libros en coreano y una buena selección de textos en ingles. Tienen desde maquetas a marcadores de libros, pasando por libros sonoros y una bellísima sección de libros infantiles en donde me quedé largo rato deleitándome con las ilustraciones. Por cierto, me llevo un libro con algunos trabajos de ilustradores coreanos...

Para los días que me quedan aquí (cuatro) tengo planeado visitar museos, palacios y bibliotecas, chequear algunas instituciones de medicina tradicional y salir a dar algunas vueltas con algunos amigos coreanos, además de dar una charla sobre música tradicional argentina y almorzar con la cónsul de mi país (hasta donde sé, hay sólo veinte argentinos en el censo coreano). Así que, como ven, estos días serán de actividad intensa...

Mientras intento alimentarme para que tantos kilómetros caminados no terminen desgastando lo poco que queda de mi y de mi sombra, sigo andando bajo estas nubes que parecen no querer irse, cruzando enormes urracas, hojas de ginkgo que caen y aromas a comidas especiadas...

Desde este lado de nuestra enorme Madre Tierra –que no deja de girar a pesar de todo– les saludo con un "hasta mañana"...

Ilustración.