Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 30, 2006

Cuaderno de viaje 16: martes 29 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Crucé mi nuevo barrio en el distrito de Seodaemun –en donde están ubicadas importantes universidades como la de Yonsei, junto a la cual vivo– en dirección a la estación de metro de Sinchon. Desde allí a Hapjeong por la línea 2, y de allí, complicado trasbordo entre una marea de gente que se dirige a su trabajo y que me pisa y me clava sus codos sin contemplaciones. Eran las 7 de la mañana y pretendía dirigirme al Itaewon, el barrio "extranjero" (donde está mi Embajada) para visitarlo y luego almorzar con la cónsul argentina y una profesora de la Universidad de Dankook. Pero a esa hora todos pretendían llegar a algún sitio, así que cada uno iba a lo suyo... y pobre de los demás.

Las entradas de la estación del metro estaban virtualmente bloqueadas por los vendedores de desayunos nutritivos, es decir, leches enriquecidas, yogures y demás brebajes. Además, algunos carritos ya humeaban deliciosas aromas de tortillas y sándwiches a la plancha.

El trasbordo a la línea 6 me llevo hasta Noksapyeong, dejando atrás estaciones con nombres exóticos –Sinsa, Oksu– que desfilaron ante mis ojos mientras intentaba asirme a una manija colgada del techo, que bailaba al vaivén del vagón. Mientras tanto, los seulinos miraban sus celulares, oían música de sus ipod y leían los diarios, y los pobres de esta ciudad recorrían los vagones recogiendo los diarios viejos acumulados en los portaequipajes para revenderlos o reciclarlos.

Itaewon fue el lugar donde se asentó el ejército norteamericano durante la guerra de Corea. Esa zona de Seúl fue declarada zona turística por excelencia, así que allí se agrupan todos los vendedores de chucherías y marcas "importadas" varias, así como hoteles y diversiones. Recorriéndolo, me di cuenta de que Seúl no es tan organizada, ni tan limpia, ni sus habitantes son tan perfectos como me habían parecido hasta el momento. Evidentemente, los días pasan por mi cabeza, el exotismo y la novedad se pierden, y bajo la capa de asombro de la primera semana va apareciendo el mundo real.

Recorrí Itaewon, pues, encontrándome con la enorme y bella Mezquita Nacional, de gran cúpula y minaretes esbeltos, y con el Museo Samsung de Arte "Leeum", y con un hermoso edificio que corresponde a la editorial del magazine de arte "Wolganmisool", fundado en 1976 y que cuenta con una magnífica biblioteca sobre arte contemporáneo coreano y con números exclusivos de su revista dedicados a temas monográficos, como por ejemplo el arte tradicional de Corea del Norte.

Me metí en una tienda de libros de segunda mano, y encontré todo lo que deseaba. Manuales de caligrafía o de maedeup (el arte coreano de los nudos), o sobre arte coreano, o sobre historia, cultura, cocina, idioma... Los cursos de idioma serían pequeños tesoros en mi casa: chino, japonés, thai, lao, vietnamita. Me llevé algunos, y regateé el precio, y además el vendedor me regaló un jugo de frutas enlatado para el camino, pues el calor a esa hora de la mañana era espantoso. Ya no llovía, así que el sol rajaba las baldosas de las aceras.

Mientras hacía tiempo para llegar puntual a la cita con mi cónsul, me tendí en un weongumon, una plataforma que antaño se usaba para vigilar las cosechas, y que ahora se levanta en plazas para que los transeúntes se echen una buena siesta, cosa a la que los coreanos están sumamente acostumbrados... en cualquier parte.

La Embajada argentina atiende solo a 20 argentinos y a algunos coreanos que viven en mi país. En fin, parece ser una delegación honoraria. Mi cónsul me llevó a un hotel situado en las alturas del monte Dansam (en cuyas faldas se levanta Itaewon), en donde, en compañía de una profesora universitaria coreana, me enteré un poco más acerca de la vida en Corea, en especial en su mitad norte. Se habla muchísimo de reunificación, y los coreanos del sur ven con mal talante la situación de sus vecinos. Después de leer algunos documentos, y de recordar el proceso de reunificación de Alemania, creo que el proceso aquí va a ser algo parecido: los del sur esperan que los del norte acepten sus estructuras económicas y sociales (y mentales) y se les unan.

Mientras terminaba el almuerzo de carne salteada con verduras y me bebía un delicioso té de jengibre y canela, la profesora me contó un poco sobre la historia del budismo Mahayana en Corea, y en particular la historia del Tripitaka coreano, una de las mayores y más fieles (y más antiguas) colecciones de textos sagrados budistas. Fue elaborada en el periodo Goryeo, a partir de 80.000 bloques tallados en la madera de abedul blanco de las islas Jejudo, Geojedo y Wando. Esos bloques se mojaron largo tiempo en agua de mar, se secaron a la sombra, se tallaron cuidadosamente, y se usaron para imprimir esas escrituras, las únicas conservadas desde el siglo XIII en Corea. La impresión fue un proyecto nacional que unió al mundo coreano, justamente cuando este territorio soportaba la invasión de los Mogoles. Hoy en día las placas de madera se conservan en el Templo Haeinsa, son la fuente más fiel del budismo Mahayana y han sido proclamadas como Patrimonio Cultural Universal por la UNESCO.

Saliendo de allí –luego de escuchar algunas críticas bastante curiosas a los norcoreanos, y algunos comentarios bastante "argentinos" sobre la vida coreana por parte de la cónsul– seguí montando subtes, charlando con gente a la que no comprendo pero a la que entiendo. De la estación de Yaksu, pues, a la de Nambu, y de allí, caminando, mapa en mano y cinco sentidos orientándome en medio de una jungla de cemento, intento dirigirme al Seoul Arts Center.

Este "centro de arte" citadino está emplazado cerca de un templo budista, en las faldas de una montaña cubierta de bosque. La estructura arquitectónica y los espacios creados superaron todas mis expectativas. Teatro, Ópera, la Biblioteca "Akso" de arte –con una colección audiovisual que me dio mucho más que envidia–, el Archivo Sonoro de Seúl, el Museo de Caligrafía...

Y un poco más allá, un hermoso jardín coreano de piedras y pinos, en la falda de la montaña, y fuentes de aguas danzarinas... Y más allá aún, el National Center for Traditional Performing Arts (Centro Nacional para las Artes Tradicionales), en el cual está el Museo de Instrumentos Musicales Tradicionales. Como músico, como artista que me siento (no sé si lo soy), cada una de mis cuerdas internas vibró dentro de ese lugar, en el que se agrupaban inmensos tambores, instrumentos de cuerda de delicado sonido, flautas de bambú que hicieron mis delicias, libros de partituras escritas con exótica caligrafía china, percusiones inimaginadas, violines y rabeles de cuerdas de crin de caballo...

Estaba allí adentro, y sin quererlo siquiera, me trasladaba imaginariamente a las fiestas campesinas de hace siglos, o a los grandes palacios, en donde el Emperador y las damas de la corte disfrutaban de los sonidos que yo pude escuchar hace unos días en el teatro. Esas cuerdas de seda, esos parches de cuero enmarcados por inmensos dragones multicolores de madera tallada y lacada... Aún ahora, que lo escribo, me recorre un escalofrío.

Y sí, esto también es cultura. Esto también es parte de lo que los bibliotecarios debemos saber y transmitir: cultura universal. Para contar, para informar, para enseñar, para educar...

En el Museo de Caligrafía, entré sin querer a un concurso nacional de caligrafía. La situación fue muy curiosa: todos me miraban preguntándose qué demonios hacía yo allí, yo los miraba sin saber qué hacer, hasta que con sonrisas e inclinaciones me invitaron a pasar. Así, disfruté cinco salas de enormes tiras de papel vertical dibujadas y escritas con los más bellos signos que he visto en mis días y noches. Y los jóvenes que pintaban me explicaban el significado, y el valor de cada trazo, y los pinceles, y las piedras de tinta que usaron, y el proceso para producir el papel, el mismo papel que compuso sus libros más antiguos. Muy pocos hablaban inglés, o al menos un inglés fluido. Pero, aún así, nos entendimos. Y yo disfruté como nunca en mi vida.

Saliendo de allí –con los sentidos borrachos de tantas emociones– caminé un buen trecho por la enorme avenida que cruza toda la zona sur –olvidé decirles que este complejo se encuentra en la parte nueva y "rica" de la ciudad– y conecta el polo de las artes con la Biblioteca Nacional de Corea. Cruzando por áreas de comercios "chic", tiendas de instrumentos, cafés culturales y artísticos y altos rascacielos de oficinas, me encontré, finalmente, con la primera biblioteca coreana.

Todo su frente está en obras, pues allí se levantará la futura Biblioteca Digital Nacional. Aun así, pude entrar por un lateral.

La Biblioteca Nacional tuvo como precursora a la Biblioteca Colonial Japonesa. Cuando Japón abandono estos territorios, en 1945, se fundó la moderna biblioteca coreana, a la que se bautizó con el nombre de "Biblioteca Nacional" en 1963. El edificio actual –un grisáceo bloque de cemento de 7 pisos, con ventanas y columnas– se inauguró en 1988, y agrandó su estructura en el 2000 con una construcción destinada a libros raros y antiguos. Para 2004 había 5 millones de libros en sus estantes. Para 2006, se abrió la Biblioteca Nacional para Niños y Jóvenes, a 3,5 km de la estructura central (sentí no poder visitarla). Se pretende que para 2008 esté lista la Biblioteca Nacional Digital.

Posee 7 pisos, un sótano y 234 trabajadores distribuidos en la estructura central, la adyacente de libros antiguos y la biblioteca infanto-juvenil. Su catálogo está completo, cumple las funciones típicas de toda biblioteca nacional (depósito legal, gestión de ISBN) y además gestiona la creación de una red bibliotecaria, creando bases de datos en las bibliotecas públicas, desarrollando sistemas de información computerizados (p.ej. KOLAS, KOLIS) y diseñando las normas bibliotecológicas estandarizadas (KORMARC). Como si esto fuera poco, colabora con el Ministerio de Cultura en la definición de las políticas que deben seguir las bibliotecas públicas de la nación.

Además, la Biblioteca Nacional posee la primera Escuela de Bibliotecología del país, abierta en 1946, la cual proveía –en aquella época– de un título tras un año de estudio. Su currículo, curiosamente, era muy completo a pesar de la brevedad del curso, e incluía tanto catalogación de documentos coreanos como occidentales. En 1957 se abrió la carrera de 4 años en la Universidad de Yonsei (cerca de la cual vivo ahora, una de las más importantes del país) y en 1958 se abrió en la Universidad Femenina de Ewha. Desde 1990, la carrera se brinda en 6 colegios, 32 universidades (públicas y privadas) y 24 escuelas de graduados. Además, 13 de estas carreras ofrecen el titulo de doctorado.

El currículo es muy semejante al que proveen las escuelas latinoamericanas, aunque, como ya he contado en otras entradas de este blog, los estudiantes coreanos pueden elegir materias opcionales que les permitan especializarse. Por lo que me cuentan por estos horizontes, la educación en las universidades públicas es mucho mejor que en las privadas, así que habría que ver qué nivel educativo poseen. El nivel profesional, dicho sea de paso, es excelente.

Los profesionales graduados se organizan en tres categorías: de primer grado, de segundo grado y paraprofesionales. Puede pasarse de un grado inferior a otro superior mediante mucho estudio (horas de clase, exámenes aprobados, títulos) y muchas horas de trabajo en biblioteca. Por otro lado, los bibliotecarios que se desempeñen en bibliotecas escolares deben tomar clases de educación.

La colección digital de la Biblioteca Nacional de Corea tenía, en 2005, 32,1 millones de ítems en la base de datos. La base de textos completos incluye revistas y libros antiguos (previos a 1945), documentos raros y valiosos, publicaciones periódicas, etc. En total, los full-text son 340.000, lo cual significa 93,11 millones de páginas de libre acceso.

El proyecto de Biblioteca Digital en construcción pretende presentar una estructura "verde", ecológica, que permita unir tecnología y naturaleza para generar un entorno centrado en el usuario y en su bienestar. Se pretende crear un lugar en donde los usuarios puedan acceder y usar todo tipo de tecnología de información, así como relajarse y disfrutar de su uso. Todos los adelantos en los medios electrónicos de comunicación que puedan imaginarse –y los que no conocen también– serán sumados a este mega-emprendimiento, que, por lo que pude ver en las obras de construcción, está apoyado por dos marcas lideres coreanas como Hyundai y Daewoo.

Agotado y hambriento, pero con un inmenso sonrisón en los labios, emprendí la vuelta a casa después de recorrer un rato las mesas de la Biblioteca Nacional, una biblioteca más entre todas las bibliotecas que he visitado. Estoy perdiendo la costumbre de visitar bibliotecas grandes, académicas, enormes: poco me dicen acerca del pueblo y su cultura. Y de nada me sirven los números que les he pasado un poco más arriba. De nada me sirven porque no me hablan del lector, de sus costumbres, del aroma de los libros, de los dibujos de sus páginas, del trabajo. Prefiero meterme en bibliotecas pequeñas, sentarme y ver cómo trabaja la gente, cómo las madres cuentan cuentos a sus niños pequeños, cómo las bibliotecarias se apresuran a ayudar con las tareas a sus lectores, cómo una joven, sentada con las piernas cruzadas, se pierde en una novela de amor (lo que deduzco por todos los corazones rosados de su tapa). Eso me gusta: eso me habla de mi profesión real, y de su significado.

Me quedan tres días de estadía en este país, y luego más aviones, y un día de estancia en Buenos Aires (el domingo próximo), y luego Guatemala a partir del lunes, con una ajetreada agenda de participaciones en el Simposio Nacional de Bibliotecarios. Por el momento, voy a descansar. Aquí los dejo, no sin antes hacerles llegar un abrazo y un sonriente "hasta mañana".

Ilustración.