Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 31, 2006

Cuaderno de viaje 17: miercoles 30 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Soñaba... Soñaba con los instrumentos que había visto durante el día, en aquel Museo enorme, de amplias salas abarrotadas de elementos productores de sonidos. Había flautas de pan "so", y dulzainas "daepiri", y enormes laúdes "pip'a" y tambores "sonbuj" y "yonggo", y largos "kayagum" de cuerdas gruesas y puentes de madera llenos de marcas...

Todas esas formas y esos sonidos giraban en mi inconsciente la noche de ayer, cuando la puerta del pequeño departamento donde ahora vivo casi se cae ante los golpes de unas manos ansiosas. El timbre no cesaba de sonar. A tientas me levanté, con el pelo revuelto y los ojos entrecerrados, y abrí la puerta. Ante mi había un chico coreano de unos 19 años, sonriente. "Hola, soy amigo de la dueña de casa. Ella me pidió que te visitara y te sacara a pasear, para que no te aburras y no estés solo".

Era casi medianoche. Las ganas de estamparle la puerta en la nariz y volver a dormir fueron infernales, pero me contuve.

Recordé que los coreanos no reconocen mucho el tema de la privacidad, especialmente la gente joven. Para ellos, que una persona esté sola es malo: probablemente si alguien está solo es porque no tiene nadie con quien hablar, y todos se preocupan por solucionar tal situación. Este buen muchacho –seguramente impulsado por las recomendaciones de la persona que me presta el departamento– había cruzado toda la ciudad a medianoche para sacarme de mi aislamiento y entretenerme un rato. Y, si lo pensaba bien... no era para tomárselo a mal.

Por otro lado, también recordé que un "hermano mayor" nunca puede negarse a los favores que le pide un "hermano menor". Esta organización de mayores y menores es una característica típica de la estructura social coreana, y se refleja incluso en el lenguaje.

Así que allí estaba yo, vistiéndome, mientras mi nuevo amigo telefoneaba a una muchacha boliviano-coreana (a la que sólo había visto una vez en su vida) para que hiciera de traductora, porque su inglés era pésimo, y mi coreano, peor que eso.

Así que allá fuimos, a un bar, mientras mi nuevo amigo hablaba sin parar y mi nueva amiga, tan dormida y asombrada como yo, me explicaba que ella, como "hermana mayor" tampoco había podido negarse al favor pedido. Esta muchacha llevaba en Seúl un año y, a pesar de ser de origen coreano, no había podido acostumbrarse a la sociedad local y a sus costumbres. Me contó que el lenguaje –con sus niveles de respeto– le costaba horrores, y que siempre quedaba como una maleducada por hablar en otro nivel del correcto, o por sonarse la nariz en la mesa (tremendo signo de mala educación) o por fumar (las mujeres que fuman son consideradas "pandilleras") o por tener contacto físico (un abrazo, asirse del brazo) con un chico, lo cual es considerado signo de noviazgo. La pobre mujercita estaba más que harta, y pensaba mudarse a los EE.UU. en cuanto pudiera. Además, no soportaba ciertos hábitos coreanos, como el hacer ruido al comer (signo de que se disfruta la comida, muy común en todas partes) o el poco respeto a la privacidad ajena.

Yo sonreía, mientras me tomaba una cerveza coreana primero (muy suave) y luego cambiaba a una "Corona" mexicana, que me sirvieron con dos gajos de limón insertos en el cuello de la botella y con un vaso llenito de hielo, para servirla allí. En fin... costumbres.

Después de una noche que terminó a las 2 de la madrugada, apenas si tuve fuerzas para levantarme hoy, reaccionar y salir a desayunar. Era de mañanita: las mujeres del barrio limpiaban las aceras con esas escobas cortas, de no más de medio metro, que fuerzan a las que las usan a encorvarse un poco. En mi camino me crucé con las banderas blancas de los templos budistas, que ostentan en su centro una cruz esvástica roja. Aún me choca un poco ver los símbolos nazis como marcas de lugares tan sagrados. Es increíble comprobar cómo, además de las costumbres, el valor de los símbolos cambia tanto de una cultura a otra. Lo que para nosotros es el símbolo de una política salvaje y odiosa, en estas tierras es el símbolo de una religión de paz y pureza.

Desayunado con algunas tortillas de verduras cocinadas ante mis ojos hambrientos, sorteé coches en infracción, transeúntes que me llevaban por delante y recogedores de cartón que atiborraban las aceras con sus productos, y me dirigí al metro. Emergí a la superficie allá en el Gyeongbokgung, el palacio central de Seúl (hay cinco), erigido por el primer emperador de la dinastía Joseon en 1395. Todo el palacio –que ocupa una enorme superficie, y en el cual se incluye la famosa "Casa Azul", residencia del gobierno de Corea del Sur– fue destruido por la invasión japonesa de 1592 y dejado en ruinas por 273 años. Entre 1865 y 1868 fue reconstruido por el regente Daewongun. Cuando Japón invadió nuevamente este territorio en 1910, la mayoría de los 200 edificios del palacio fueron derruidos, y solo sobrevivió una docena escasa, que es la que subsiste hoy. Se han hecho muchas reconstrucciones, y se continúa en ese trabajo desde 1990. Aun así, una comparación entre el plano original y el actual no deja lugar a dudas: el enorme palacio ha perdido mucho.

Llegué exactamente en el momento en el que se iniciaba el cambio de la guardia imperial, una recreación de la antigua ceremonia que está hecha para deleitar a los turistas, pero que no deja de contener elementos históricos valiosos. Allí estaban los soldados, con sus arcos cortos, sus alabardas curvas y sus sables. Sus escudos tenían dragones, y sus ropas eran holgadas y coloridas. Más allá estaban los cuatro estandartes, con los bordes hechos flecos. En ellos estaban el fénix rojo de tres cabezas, el bellísimo dragón azul, el tigre blanco y la tortuga negra, es decir, los dioses de los cuatro puntos cardinales. Al son de los tambores –presencia musical insustituible en Corea– se efectuó el cambio de guardia, y allí quedaron los turistas, sacándose fotos al lado de los inmutables soldados, mientras yo cruzaba el foso del Palacio –custodiado por enormes tigres de piedra, recostados a sus orillas– e imaginaba como habría sido la invasión japonesa de 1592, con aquellos mismos soldados en los techos y las murallas, con aquellas flechas cruzando en todas direcciones, con aquellos ginkgos quizás ardiendo, con las tejas curvas desprendiéndose en añicos, con los caballeros hwarang batiéndose con sus pares samurai del Japón.

El edificio central del palacio se llama Geunjeongjeon, y es un tesoro nacional de dos pisos, donde el Emperador realizaba las recepciones. Me asomé por una ventana y pude ver el trono, con un dosel decorado con dragones y tigres y una bellísima estructura de madera roja, con escalera, para llegar a él. Imaginé allí al soberano, a sus escribientes, a las delegaciones que lo visitaban desde la China de los T'ang... Era fácil imaginar todo aquello, en aquel ambiente exótico y maravilloso.

Caminé por el patio de piedras desiguales, entre las cuales crecía una hierba rala, y mire las pequeñas estatuas que jalonaban las esquinas del edificio central. Si eran las originales, quizás hubieran visto tantas cosas que sería imposible imaginar.

Atravesando otros edificios y un hermoso jardín que era utilizado por la Emperatriz y sus damas de compañía para su solaz diario, llegue al enorme edificio del Museo de Folklore, coronado por una inmensa pagoda-templo que brillaba bajo el sol de mediodía. El Museo posee tres salas fijas, un Museo Infantil y varias salas para exposiciones temporarias (que estaban cerradas). Recorrí completamente la sala que exponía la vida de un varón durante el periodo de oro coreano, la Era Joseon. Las otras mostraban el estilo de vida de Corea (agricultura, pesca, caza, elaboración de la comida nacional kimchi, arquitectura) y la historia del país.

Los varones tenían gran importancia en una sociedad en la cual los herederos podían ser solo de sexo masculino. Por eso la sala principal del museo está dedicada a la vida de un hombre. Es una estructura mental conservada aún hoy (ya van un par de veces que veo como en la calle un hombre agrede a los gritos o físicamente a una mujer sin que nadie se inmute). El museo me contó cómo era la boda de una pareja, y como era el lecho nupcial, y los sueños de concepción que tenía la madre (taemon). Si soñaba con hadas, flores, mariposas o hebillas para el pelo, la mujer tendría una hija; si soñaba con árboles o animales grandes, sería un hijo. Si esos animales eran tigres o lobos, sería un valiente guerrero, incluso un general; si el animal era una grulla, un fénix o un dragón, sería un hombre de alto estatus o un sabio.

La alcoba estaba decorada con mariposas, símbolo de amor eterno y felicidad conyugal. Las mantas de colores de la pareja llevaban bordados patos mandarines en parejas.

Durante el embarazo se hacían ofrendas a la diosa de la concepción (bol de arroz, algas secas y agua) para que el niño naciera con salud. De hecho, una vez nacido, se celebraba una fiesta a los 100 días. Dada la alta tasa de mortalidad infantil, que sobreviviera ese tiempo era todo un milagro que había que festejar.

En una de las salas vi una cuna, mientras, por los altavoces, sonaba una nana tradicional, un arrorró coreano que me tuvo más de 15 minutos sentado en cuclillas, en una esquina de aquel lugar. La nana decía...

"jajangjajang, uriagi uriagi, jaldojanda...
marumire sapsalgaeya
meongmeongmeongmeong..."

Al crecer el niño, se lo enviaba a la escuela primaria (seodang) y luego a escuelas públicas (hyanggyo) o a academias primarias confucianistas (seowon) donde aprendían a escribir chino y las normas éticas y morales del confucianismo, además de historia y filosofía. Las mujeres aprendían a leer y a escribir el hangul (alfabeto coreano) en sus casas (además de aprender también las normas éticas), y todo el conocimiento que podían adquirir a partir de allí se basaba en los libros que se tradujeran al coreano y la correspondencia que pudieran mantener.

El Museo me permitió ver los elementos de escritura (las piedras de tinta hermosamente talladas, los bellos pinceles, las piedras decoradas que permitían estirar el papel, los cuencos para colocar los pinceles, el papel en sí...) y los de lectura. Los libros estaban escritos en chino, aunque había muchas traducciones populares al hangul para que los principios éticos pudieran difundirse. No solo eso: gran parte de la medicina tradicional (en especial la moxibustión y la acupuntura) se difundieron entre los practicantes coreanos gracias a los libros (p.ej. el famoso Dong-eui bogam), de los cuales pude ver muchos en el museo, y muchísimos más en las tiendas de anticuarios del Insa-dong (donde hubiera podido comprar verdaderas reliquias bibliográficas y artísticas por 30 dólares).

Pude ver los elementos de la ceremonia de paso a la edad adulta de los varones (a los 20 años) y de las mujeres (a los 15). También pude ver elementos adivinatorios y chamanísticos, pues antes de la llegada del budismo a Corea, la religión central era el chamanismo. Aun hoy en día se conservan muchísimas ceremonias propiciatorias (en especial entre los pescadores) que incluyen elementos primitivos, como cortarse el propio cuerpo y ofrendar sangre.

Entre todas las cosas que vi antes de salir, pude apreciar las costumbres de los caballeros refinados, en especial fumar en pipa (los coreanos me explicaron que los caballeros finos no fumaban sus largas pipas tal y como yo fumo la mía, sino muy de costado y con la mano en una posición particular) y escribir poemas en bellos jardines, y competir en caligrafía y meditar filosóficamente. Entre los deportes predilectos estaba la arquería, que, como la escritura con pincel, era considerado, además de un deporte para el cuerpo, un ejercicio espiritual. Ustedes se preguntarán qué tipo de deporte puede resultar escribir con un pincel. Yo me preguntaba lo mismo hasta que, en el propio museo, intente escribir con un palillo de medio metro, muy fino, algunos signos chinos sobre una mesa llamada "de arena", es decir, un tablero de arena liso. No les puedo contar lo mucho que me dolía la muñeca después de 4 intentos.

Saliendo del Museo me despidieron los enormes tótems jangseung, de grotescas facciones de piedra, que antiguamente guardaban los accesos a las aldeas. Un poco más allá, había algunas de las 70 piedras funerarias que habían sido recuperadas de museos japoneses por una fundación coreana, celosa de que su patrimonio cultural estuviera en países extranjeros.

Mientras me marchaba, silencioso, y cruzaba ante una manifestación que pronto sería violentamente reprimida por un enorme cuerpo de policía anti-disturbio armado hasta los dientes, me di cuenta de que el pueblo coreano ha ido progresando en base a un profundo y arraigado nacionalismo, que intenta inculcarse –con poco éxito– en los jóvenes, para que aprendan a amar a su país y a no confiar enteramente en los extranjeros. Los jóvenes no aceptan tales estructuras, pero esas ideas están presentes.

No sé si me gustaría que mi propio país fuera así. Pero creo que, quizás, muchas naciones de mi continente deberían copiar algunos rasgos de esas costumbres. Por ejemplo, empezar a quererse un poco más, empezar a querer un poco más a la tierra propia y a la cultura, y dejar de ser tan "malinchistas", tan adoradores de lo extranjero, tan vendedores de la patria.

Eso pensaba mientras buscaba algún lugar en donde ejercer el arte de comer con palillos e ingerir algo de verduras y de carne acompañados por salsas intensamente picantes. Estaba realmente famélico, y la enorme caminata me había desatado un apetito voraz.

Bajo estos cielos despejados de toda nube, en donde los antiguos creían ver dragones azules, les hago llegar un abrazo enorme. Nos leemos mañana...

Ilustración.