Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

septiembre 01, 2006

Cuaderno de viaje 20: sabado 02 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

La velada en el Centro Nacional de Artes Tradicionales de Seúl superó todas mis expectativas. Honestamente, no puedo decir qué es lo que fui a ver: mentiría si dijera algo al respecto, pues todos los contenidos que pude leer o pedir estaban en coreano. La invitación llego de manos de la Embajada argentina, que me las hizo llegar como una forma de despedida, dado que sabían de mi gusto por la música, y de mi partida hoy. Y yo no me preocupé mucho, porque la música coreana me gusta, y porque, en definitiva, el lenguaje musical es universal, y no requiere de muchas explicaciones, sino de una mente abierta.

Ya hablé del Centro, situado en un polo artístico del sur de la ciudad. Incluye un Museo de instrumentos tradicionales y varias salas de actuación. El evento de ayer se realizó en la sala central, la cual estaba engalanada a tal efecto, y contaba con una organización que rayaba en la perfección.

El espectáculo comenzó, y una tropa de ejecutantes de distintos tambores y gongs entró a nuestras espaldas y bajó las escaleras entre aplausos del público, situándose en el escenario. Luego, un presentador explicó largamente las características del evento, que, supuse, es de un valor cultural alto, dado que está protegido por la UNESCO y que viene interpretado de la mano de gente mayor, reconocida por su talento.

El espectáculo se componía de 6 números en los cuales un bailarín, golpeando un tambor o un pequeño platillo, danzaba, mientras 6 o 7 tambores, ejecutados por personas más jóvenes, se alineaban a la derecha del escenario, manteniendo un ritmo continuado, y un ejecutante de dulzaina hacia zumbar su instrumento en lo que parecía ser una improvisación. Debo reconocer que los patrones rítmicos coreanos me destrozaron la cabeza: no encontré ninguna estructura reconocible. Pero, evidentemente, lo estaba analizando desde un punto de vista occidental.

El primer número me erizó la piel. Una mujer de unos 60 avanzados, pequeñita (no más de metro y medio de estatura) y tocada con una especie de abanico de plumas colocado en una varilla sobre su sombrero, empezó a danzar. No sé cómo explicar lo que hacía con ese abanico de plumas. Lo más parecido que he visto en mi vida a ese movimiento es el de una medusa bajo el agua, en mis tiempos de biólogo marino. Era como un corazón de plumas blancas, que latía y se movía al pulso que marcaban todos los enormes bombos. Se abría, se cerraba velozmente, se iba hacia atrás y volvía, y giraba, y se abría voluptuosa o secamente para cerrase otra vez. Todo esto lo lograba la anciana con tenues pero seguros movimientos de cabeza y cuello, a la vez que marcaba un ritmo sincopado en su platillo y ejecutaba complicadas posiciones con las piernas y los pies.

Así siguieron los números, de destreza de interpretación algunos, de belleza figurativa de la danza otros, hasta que, al final, un hombre de unos 40 salió con el mismo tocado que llevaba la anciana del principio, pero esta vez portando una larga cinta fina de tela blanca. Lo que hizo danzando con esa cinta solo puede compararse con los movimientos de las gimnastas que trabajan con cintas, o con el de un látigo. La danza, de por sí, era una mezcla de artes marciales estilizadas y folklore de las estepas rusas o mongolas. Los giros en el aire, los saltos... Evitar que la piel se erizara era imposible. En lo mejor de la actuación, la anciana del principio se puso a improvisar un pansori, un canto gutural, un lamento que parecía venir desde el fondo del tiempo. La gente del público animaba, aquí y allá, con gritos, guturales también. Era como una fiesta guerrera en la estepa, con un danzarín demostrando su arte, con 8 parches resonando con furia bestial.

Salí de allí embriagado.

Amanecí en una ciudad adormilada, y mientras me dirigía temprano al metro para iniciar mi camino al aeropuerto de Incheon, veía la imagen de todos los días, que ahora sería la ultima. Cocineras, barrenderos, cartoneros, jóvenes ebrios que volvían a casa, sorebang (o "karaokes") que aún sonaban, suciedad en las calles, carteles anunciando tal o cual fiesta estudiantil...

Extrañaré Corea. Ya me había habituado a su vida y a su ritmo, a la cadencia de su idioma, a la sonrisa de su gente. Pero dicen que el que pisa Corea una vez, siempre vuelve. Es lo mismo que, curiosamente, dicen los bolivianos. Así que conservaré mis esperanzas.

Me quedan muchas cosas que contar sobre la cultura, las bibliotecas y la historia de este pueblo y esta gente. Cosas que no he podido mencionar hasta ahora, porque ha sido mucho lo visto y poco el tiempo para escribir. Pero seguramente habrá oportunidad, en un futuro cercano.

El avión al que me subí me llevó desde la península coreana hasta Kota Kinabalu, la capital de la provincia de Sabah, en Malasia oriental, situada en la paradisíaca y famosa isla de Borneo. En realidad creí que la escala que haríamos seria en China, pero cuando supe que estaba pisando Borneo, me apresuré a descender del avión para tomarme un descanso del vuelo y apreciar el paisaje.

Imaginen, desde la terraza del aeropuerto, el mar de la China meridional a la derecha, calmo bajo un cielo azul, con islas de formas más verticales que horizontales recortándose en el horizonte como el lomo de un dragón sumergido que asoma, aquí y allá, desde las profundidades. Del otro lado, montañas pobladas de bosques, palmeras altísimas inclinadas con el viento, y un sinnúmero de pequeñas casas típicamente malayas, con mezcla de techos de zinc ingleses y maderas musulmanas. Verde de un lado, azul del otro, y un calor húmedo que presagiaba el trópico.

En el aeropuerto, muchísima promoción de la naturaleza de Borneo, de sus bosques tropicales poblados de orangutanes, de sus fondos marinos llenos de tortugas carey, de sus altas montanas, de sus 105 culturas –todas mezcladas y conviviendo en paz–, de su cocina especiada, de su historia de mezclas e idas y venidas y migraciones. Además, la venta de exóticos hongos –muy parecidos a los nuestros– que sirven para librar de todo mal nervioso, y maderas que limpian los canales linfáticos, y bellísimas conchas marinas...

El avión partió, y yo con él (aunque gustosamente me hubiera quedado en tierra) y aquí estoy, en Kuala Lumpur (capital de Malasia), esperando que otro avión, ya en la madrugada de mi domingo, me lleve a tierras sudafricanas, y de allí a Buenos Aires, desde donde les escribiré nuevamente porque deberé quedarme en mi ciudad natal todo el día.

Los dejo porque no me quiero ir de KL sin comer un poco de nasi, el arroz malayo, que viene acompañado por cuantos platos especiados puedan imaginarse. Comparado con la cocina coreana, no es tan rico. Pero no voy a desaprovechar la oportunidad de probar nuevamente esta delicia.

Un abrazo desde estas tierras de mujeres con pañuelos y burkas, y de banderas en cada esquina. Y de voces que avisan los vuelos del aeropuerto en árabe, en chino, en inglés y en malayo, diciendo las gracias en los cuatro idiomas: shukran, xie xie, thank you, terima kasih...

Nos leemos mañana.

Ilustración.