Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

septiembre 01, 2006

Cuaderno de viaje 21: domingo 03 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Un tímido sol naranja se asomaba en Johannesburgo (Sudáfrica) cuando me bajé del enorme Airbus que me llevaba de Kuala Lumpur a Buenos Aires. Supuestamente, aquella era una etapa del viaje.

Esa etapa se extendió más de lo previsto por culpa de una turbina que comenzó a humear durante el carreteo de salida hacia Ciudad del Cabo, en plena pista.

Lo malo del asunto fue la total desorganización de Malaysian Airlines, la peor respuesta de las autoridades del provincial y maltrecho aeropuerto de Johannesburgo, la pésima fama de la ciudad –violencia, crimen e inseguridad, especialmente para los blancos, y más especialmente en las zonas céntricas– y un retraso de un día en todas mis actividades planeadas.

Lo bueno, el contacto con un montón de pasajeros de todo el mundo –entre ellos la esposa del Embajador de Congo en Argentina, de quien me convertí en el intérprete francés-inglés–, la estadía en una lujosa habitación del hotel más caro de la ciudad –el Southern Sun– a cuenta de la compañía, y la posibilidad de conocer al menos algún aspecto de la vida sudafricana.

Y, por sobre todo, la gran suerte de que el maldito motor se quemara en tierra, y no en algún punto a 11 km. por encima del Atlántico.

Mientras traían la turbina nueva desde Inglaterra (sí, como lo leen) y tenían infinitos problemas con las aduanas sudafricanas, y montaban el ingenio y lo testeaban, yo me hice de un pequeño gran grupo de amigos viajeros –argentinos, en particular– y comí lo mejor de la cocina de la zona, y aproveché la estadía para visitar la ciudad. Hubiera sido perfecto poder visitar Pretoria, la capital administrativa del país, situada a no más de 30 km de Johannesburgo, pero era domingo y todas sus instituciones y lugares interesantes estaban cerrados (además, los precios del transporte para turistas son carísimos). Así que visitamos el área local. Y, dentro de la tristemente célebre urbe, tuve el honor de cumplir un sueño personal, y visitar su barrio más famoso.

Soweto.

Para los que no conocen este nombre, o lo oyeron pero desconocen su significado completo, los invito a adquirir un poco de cultura sobre historia contemporánea. Soweto fue un enorme ghetto para miles de sudafricanos de raza negra, durante el terrible régimen del "apartamiento", la política de separación de los blancos dominantes y los demás pueblos "inferiores". Nelson Mandela fue un luchador innegable a favor de la abolición de tal régimen, lo cual motivó su encarcelamiento por más de tres décadas, su liberación en 1990 y su posterior elección como presidente de la República Sudafricana, una vez que el apartheid fue abolido.

Hoy, Soweto es un área suburbana de Johannesburgo en la cual la población es de mayoría negra y en la cual hay un tremendo desarrollo social. Si bien existen sectores en los cuales reina una intensa pobreza (nada de lo que un sudamericano deba asombrarse, por cierto), también hay partes del área urbanizada en las cuales el progreso y el bienestar son palpables. Poseen un hospital con más de 10.000 camas, algo de lo que muchas ciudades latinas no pueden enorgullecerse. Y posee una actividad cultural y sociopolítica inmensa.

Conociendo la historia y la importancia que tuvo este lugar en la historia sudafricana, transitar sus calles –subidos en un taxi que nos cobró una pequeña fortuna por el paseo– fue como transitar por un museo viviente.

Cansado, me muevo nervioso por los retrasos que me provoca este accidente. Aún así, estoy feliz de saberme en tierra africana, en una tierra de culturas ancestrales, en una región tan bella y tan salvaje.

Si hay suerte, será hasta mañana...

Ilustración.