Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

septiembre 10, 2006

Cuaderno de viaje 23: martes 05 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

"La ñata contra el vidrio, en un azul de frío..."

Con la nariz apoyada contra el ventanuco del pequeño Boeing 737 de COPA, recordaba aquel tango de mis pagos natales de Buenos Aires mientras espiaba el amanecer desde el aire, sobre algún punto ignoto de Sudamérica, quizás sobrevolando el Mato Grosso, quizás los afluentes que alimentaban las corrientes turbias y bermejas del enorme padre Amazonas. América es enorme, pensaba. América es bella, a pesar de sus cicatrices y dolores. América es caliente y fría, es alta y baja, es barrosa y verde, es vida y muerte, es una historia sembrada de leyendas y una leyenda sembrada de historias.

Un sol naciente teñía de naranja los diminutos cristales de hielo que tapizaban el exterior del vidrio, allá arriba, a once kilómetros sobre la tierra firme, por encima de una nubes que semejaban un enorme mar de copos de algodón modelados por un artista impresionista para alentar mis sueños y mis sentidos. ¿Podía ser aquello tan bello? ¿Podía ser aquello un espectáculo diseñado solo para mis sentidos? Se me ocurrió pensar que las praderas angelicales de los antiguos cristianos tenían razón de ser, al observar tanta belleza y tanta maravilla extendiéndose ante mis ojos. Se me ocurrió pensar que si yo fuera un Dios omnipotente, crearía un paraíso así para las almas blancas.

El cielo visto desde arriba era más bello aún que visto desde abajo, desde las colinas en las que me crié, allá en una tierra llamada Argentina.

Me dirigía a Panamá, y de allí a Guatemala, aunque a esas alturas del viaje quizás ya había olvidado cual era mi destino final. Tres semanas de viaje habían difuminado un poco mi trayectoria futura, mis pasos a dar, mis proyectos. El cansancio había hecho mella en mi ánimo, en mi cabeza, en mi corazón. No, yo ya no era todo lo resistente que pensaba ser, ni lo aventurero que había sido en otras épocas más juveniles y más arriesgadas. Sin embargo, no por ello dejaba de apreciar los espectáculos inusitados y esporádicos –y tal vez totalmente improvisados– que el destino me ponía ante los ojos, cansados de tanto aeropuerto, de tanto hotel y de tanta comida engullida en cualquier parte.

El desayuno resultó ridículo ante el tamaño de mi apetito: mi estómago pedía, por una vez en horas, una comida decente. Pero resistí un poco más, animado quizás por las expectativas de frutas tropicales y comidas caribeñas que se presagiaban en mi mente al pensar en Centroamérica. ¿Sueños infantiles o adolescentes? Es posible. Pero siempre prefiero mantener esos sueños e ilusiones en mi cabeza. Al fin y al cabo, son los que me empujan a continuar, a seguir adelante, a confiar, a planear pasos a futuro sin preocuparme demasiado por las penurias del presente.

Las nubes –colchón blanco y espumoso que me invitaban a un sueño reparador– se abrieron bajo mis pies, y el enorme pájaro de acero que me transportaba en su lomo descendió un poquito, lo suficiente como para colocar ante mi mirada una enorme extensión de mar, en la cual se delineaban islas paradisíacas. Parecían pequeños grumos de musgo en un espejo azul teñido de fuego por el sol naciente. En aquellos islotes se destacaban, como en un contraste pictórico expresionista, las playas doradas, los mares turquesas, los manglares marrones, los riachos ocres. Mis olvidados conocimientos geográficos me posicionaron en la costa panameña, en el océano Pacífico, a pocos kilómetros de la ciudad de Panamá. Panamá me sonaba a canal, me sonaba a conflicto, me sonaba a dominio imperialista, me sonaba a sombrero de paja, me sonaba a ritmo de baile, me sonaba a artista. Ese era mi próximo destino, el aeropuerto en el cual debería bajarme para esperar otro bólido con turbinas que se elevara sobre la superficie de mi cansado planeta y me dejara en otro punto de este gran continente que habito.

Cuando se cansaron de pasearse ante mis ojos grises –adormilados y cansinos– los interminables rosarios de islas de contornos irregulares y de apariencia exótica se desvanecieron, y solo quedó, allá abajo, una enorme extensión de agua (quizás adivinada, porque nada decía que aquello era efectivamente agua de mar) que se ondulaba como la arena en las playas, levemente, brillante aquí, opaca allá, moviéndose imperceptiblemente en la mañana boreal. De repente, apareció la línea de costa, aquella que Balboa descubrió en algún amanecer tras cruzar a pie toda la selva. Sentí el mismo gozo que tuvo que experimentar aquel explorador avezado, el gozo de quien descubre su destino y el final de sus fatigas. Aquella tierra parecía enorme, extensa, grande, interminable: la línea de horizonte oscuro se extendía hasta donde alcanzaba la vista, kilómetros y kilómetros de perfil verde y marrón.

El avión empezó a bambolearse, y mi estómago con él, mientras se aproximaba a tierra firme. Los detalles difusos empezaron a concretarse: una línea de costa definida por playas anchas, de arena oscura, sembrada de piedras y limo, y, exactamente bajo las alas del aeroplano, un ancho riacho que vomitaba su lodo en el mar. Y unos metros por detrás de la línea en la cual la espuma besaba la arena, los mangles, esas plantas de raíces intrincadas que parecían manos abrazando y aferrándose a la tierra. Y un estallido de verde, verde por doquier, un verde espeso que asfixiaba incluso a kilómetros por encima de él, una vegetación densa y fantasmal que parecía no permitir que la luz tocase el suelo. Aquí y allá, venas coloradas de agua barrosa atravesaban el manglar y dibujaban un verdadero laberinto de islas, en las cuales probablemente habitaría una ingente fauna y una flora deslumbrante, que apenas si podía adivinar. Por encima de esa bóveda vegetal, las alas blancas de unas garzas semejaban esquirlas de hielo en un paraíso tropical que pronto derretiría todo frío y toda blancura para absorberla en sus oscuridades.

Superada la barrera de los mangles, se abría la pista del aeropuerto de Tocumén, en la cual el avión aterrizó con más pena que gloria, tropezando aquí y allá y tambaleándose torpemente de la mano de un piloto que probablemente no tendría muchas ganas de lucirse con su aterrizaje.

"Bienvenidos a Panamá" escucharon mis oídos. Mis ojos se desperezaron, mi boca se abrió en un pesado bostezo que hablaba de fatiga y de aburrimiento. Despacito me desabroché el cinturón, despacito busqué mis pertenencias, despacito me bajé del ingenio alado y me senté en una banca del aeropuerto, esperando a que las azafatas se dignaran a convocarme para otro vuelo de COPA igual de atropellado, igual de tedioso, igual de monótono...

Los días de viaje habían mermado mi capacidad de entusiasmo, pero no mi capacidad de asombro. Comencé a patear el pequeño edificio de Tocumén –digna estampa de aeropuerto latinoamericano diminuto y reducido– y entre los pasillos de Duty Free y de promotoras encontré los tejidos maravillosos del pueblo Kuna, que habita en el Caribe, en las islas del Archipiélago de San Blas. Olvidados por siglos, esa cultura había dado, ahora, renombre a todo el país, y sus molas bordadas y teñidas de vivos colores eran parte importante de la imagen que la nación vendía al mundo. Hablar de Panamá era hablar de los Kuna y de sus tejidos, y de su lengua, que había acuñado la famosa frase "Abya Yala", tan [erróneamente] utilizada en los ámbitos indigenistas y ecologistas como sinónimo de "Madre Tierra", aunque muy pocos de los que la usaban sabían que esas voces habían nacido allí, en la estrecha franja que divide al Mar Caribe del poco pacífico Océano Pacífico.

Busqué colones, la moneda oficial de Panamá, pero solo encontré dólares, y mi corazón se encogió al enterarme que el Imperio había hecho otra presa desde hacía años. Sí recordaba el Canal, y me vino a la memoria la canción de Inti Illimani, que nombraba al Tío Caimán (variante de "Tío Sam") y lo condenaba por haber devorado una porción de tierra en aquella faja angosta –un istmo– que unía al gigante del norte –despierto y belicoso– con el gigante del sur, dormido y apretado por manos férreas.

* * *

Dos horas después abordaba otro vuelo que me elevaría sobre una ciudad costera y populosa –en la cual se apreciaban enormes rascacielos de estilo moderno– y me llevaría a cruzar la enorme herida del Canal de Panamá, un estrecho parecido al de Magallanes o a los fiordos nórdicos, pero con un carácter innegablemente tropical, verde oscuro, poblado de bosques o selvas. En las aguas verdosas se divisaban las figuras de enormes transatlánticos que, desde la altura, parecían pequeñas maquetas colocadas sobre un espejo. Las costas irregulares y recortadas del canal parecían una herida inmensa, serruchada en un territorio que no la merecía. Recordé las noticias leídas de soslayo en los periódicos del aeropuerto, que hablaban de un referéndum entre los panameños para decidir si se creaba un tercer juego de esclusas en esa zona, administrada por el gobierno panameño y una Agencia –dominada bajo cuerda por los EEUU– , y al que las encuestas daban un "sí" masivo. Pensé que mi continente estaba recibiendo más tajos de los que necesitaba o de los que merecía, pero ya había visto tantos tajos en mis tierras que no me asombraba ver que se cometerían más daños.

Un poco más al norte, las nubes ocultaron la cara de Costa Rica, pero se abrieron para dejarme presenciar el majestuoso paisaje del lago Nicaragua, esa enorme extensión de agua oscura que ocupa una gran parte del occidente nicaragüense, y en la cual se asientan un par de islas, regalos de la naturaleza a un pueblo que tuvo que sufrir lo indecible, y cuyos hierros –a pesar de los que cantara Silvio– aun no se habían partido, ni sus sogas se habían cortado. El águila seguía dando la señal a la gente, y a nadie parecía importarle demasiado.

Más al norte aún, El Salvador me saludó desde diez kilómetros más abajo, con una enorme sonrisa montañosa, con pueblos y ciudades, con aldeas y campos labrados. ¿Quién había salvado a El Salvador? Una película ("Voces inocentes") vista hacía poco me recordaba los dramas de las guerras y guerrillas, de los niños empuñando armas de fuego contra otros niños, de las violaciones a todos los derechos humanos escritos y tácitos. No, no podía yo alzar el dedo contra esa gente, porque los mismos crímenes se habían cometido a cuadras de mi propia casa, en mi propio país, en mi propia ciudad. Dolía, dolía saberlo, dolía saberme ciudadano de un mundo tan violento, ciudadano de un continente poblado de historias tristes y leyendas nauseabundas, ciudadano de un país y visitante de naciones en las cuales la sangre aún permanecía fresca en las fosas comunes en las cuales se intentaron ocultar los crímenes más inmundos.

¿Estaba triste, a bordo de ese avión? Quizás. Quizás estaba cansado de ver a tanta gente poderosa hablar bellas palabras y hacer pocos hechos. Quizás estaba hastiado de ver tantas grandes y pequeñas organizaciones clamando por un bien que nunca obtenían, y que a pocos interesaba. Quizás estaba un poco harto de ver a tanta gente llenarse la boca con buenas sentencias mientras degustaban platillos exóticos y mientras mi propia familia no tenía que llevarse a la boca. Sí, estaba hastiado, estaba triste, estaba dolorido por ver tanta hipocresía en las caras de gente que tenía el poder para cambiar las cosas pero que prefería "quedar bien" en vez de "ser buenos".

Tal vez los conceptos de "bien" que manejo son distintos de los de aquella gente. Sí, probablemente se trata de eso...

Guatemala emergió, clavada al borde de una meseta sembrada de barrancos, en los cuales florecía una vegetación alta y exuberante de árboles que me eran totalmente desconocidos, y que violaban todas mis nociones de botánica. El perfil de un volcán cercano (el Volcán del Agua) me hablaba de la historia geológica de un continente habituado a las calamidades naturales, a los sismos y a las erupciones, a los ciclones y a las inundaciones. Me hablaba de un pueblo fuerte que, a pesar de todo eso, había sabido resistir, y había parido –desde hacía siglos– impresionantes culturas, algunas más conocidas, otras más ocultas bajo el velo de la violencia o la muerte.

El aeropuerto internacional de La Aurora me recibió con sus brazos abiertos, a pesar de ser pequeño y de estar en obras de refacción. El Boeing que me transportaba descansó sus motores y calló su ronquido mientras yo me dirigía a buscar mi cansada mochila y atisbaba, aquí y allá, guardias armados que me recordaban que ya no me encontraba en las tranquilas tierras coreanas, sino en mi propia tierra, con mi propia gente, siempre insegura, siempre temerosa de la violencia ajena y de la famosa frase "el hombre es un lobo para el hombre", que en estas longitudes y latitudes parecía cumplirse con total respeto. El quetzal –ese pájaro de color esmeralda, de larga cola, de plumas sedosas y pecho de sangre– se dibujaba en la bandera y en el escudo del país, y también en su moneda, aunque en la enorme pieza de un quetzal no aparece la efigie de tal ave, sino una paloma picassiana y la leyenda "Paz".

En efecto, pensaba mientras hacía la cola de migraciones, el país había alcanzado había unos años (29 de diciembre de 1996) una paz deseada y soñada por muchos, una paz que había costado miles de vidas y desaparecidos y que había parido una Premio Nobel –Rigoberta Menchú Tun– y una paz que aun seguía desenterrando muertos y esqueletos de fosas anónimas (como los de Palabor). Una paz muy parecida a la argentina, a la chilena, a la de tantos países de la región que debieron soportar la guerra entre hermanos. Una paz llena de dolores y pesadillas viejas que de vez en cuando despertaban para recordarle a la gente su camino transitado y los senderos que no deberían volver a transitar.

Aunque el ser humano pocas veces aprende de su pasado.

Fuera del aeropuerto me esperaban los organizadores del Simposio al cual iba a asistir como docente y tallerista. ¿Tenía algo para enseñarles, tenía algo para decir? Quizás sí. Quizás mis palabras fuera útiles para aquellos que habían decidido convocarme y escucharme. Eso esperaba.

El coche de mi colega se desplazaba lo más raudamente que la ley permitía entre los barrios que separaban el aeropuerto del centro de la ciudad, en donde se ubicaba mi hotel. Yo estaba llegando con un día de retraso, debido a la rotura de mi avión en Johannesburgo, así que había mucho por hacer, muchas cosas por recuperar, y una audiencia de 30 personas que habían debido posponer su interés por 24 horas. Mientras escuchaba su relato del día perdido, miraba por la ventanilla, y descubría barrancos exuberantes de vegetación en medio de una ciudad que ora me parecía una urbe moderna, ora me semejaba un pueblito del norte de mi país. Si, la pobreza se notaba, tanto como en Argentina, aunque quizás ahora –habituado a la riqueza de las tierras de oriente– mis ojos lo notaran un poco más, o se hiciera un poco más evidente. Aún así, era un placer sentirme de vuelta en casa, leer carteles en castellano, oír mi idioma pronunciado por los labios de mi acompañante. Llegamos al Hotel Princess, y ahí, en sus pasillos, en pocos minutos, aprendí que el pueblo guatemalteco es amable, es cordial, es respetuoso, y mantiene unas normas de amabilidad ya olvidadas en los pagos donde yo nací. Quizás mi gente fuese más confianzuda, quizás se hubiera deshecho de antiguos valores de educación que aquí aún eran conservados. No lo sé. Solo supe que aquella afabilidad, que aquel interés por mi bienestar y que aquel respeto me encantó, y que me hizo notar que allí era bienvenido, que no era un extranjero en absoluto sino un amigo al que se le abrían –con toda cordialidad– las puertas de una ciudad, de una nación y de una cultura, semejante pero diferente.

La ducha de rigor me quitó un poquito de mi cansancio, aunque... ¿cómo borrar tres semanas de agotamiento y un montón de horas de vuelo, y muchos nervios, y hambre, y sueño, y un reloj biológico poco dispuesto a adaptarse a la realidad? A las prisas nos dirigimos a la Universidad Rafael Landívar, situada en las afueras de la urbe, en el camino a El Salvador. Se trataba de una institución privada, que ofrecía algunas aulas y recursos para que aquel Simposio pudiera celebrarse con todo éxito.

* * *

El taller que debía dictar –y que dicté, aunque resumiendo mucho sus contenidos– se titulaba "Capacitación para trabajadores en bibliotecas de comunidades aborígenes". Se trataba de un compendio de conocimientos –como digo, tremendamente sintetizados– a través de los cuales pretendía acercar a la audiencia a una realidad poco analizada o entrevista en nuestros ámbitos latinoamericanos. En efecto, pocos son los talleres y cursos destinados a bibliotecarios que deben desempeñarse en áreas rurales o indígenas, con usuarios y condiciones culturales, sociales y económicas bien distintas de las de las bibliotecas académicas, universitarias o especializadas. El primer acercamiento a los oyentes me permitió entender que, efectivamente, poco se había hecho al respecto en Guatemala, a pesar de que el país está muy adelantado –en comparación a otros de la región– en lo referente a educación indígena. No en vano viven allí 22 sociedades –principalmente del tronco lingüístico maya– en un territorio que apenas si supera la extensión de una provincia argentina. Tales sociedades aún conservan muy fuertemente arraigada su tradición, su idioma, su historia y su realidad diversa. A la vez que explicaba a los participantes algunos conceptos, me enteraba de la realidad guatemalteca. Definitivamente siempre mantuve que, en un taller, el que más aprende es el docente. Y en este caso, creo que así fue.

Dado que los contenidos principales estaban colocados en línea –había creado un blog para los mismos, de forma que los alumnos pudieran acceder a esos textos sin ningún problema de fotocopiado o impresión– me permití relajarme e intentar transmitir algunas ideas básicas: la importancia de la biblioteca en el desarrollo comunitario, en la conservación de la identidad minoritaria, en la protección de las lenguas amenazadas u olvidadas, en la recuperación de tradición oral, en la alfabetización y en la difusión de información valiosa (salud, derechos, recursos sustentables...). Todos ellos son puntos que un bibliotecario que trabaje en una comunidad indígena (y, a decir verdad, en cualquier otra) debe mantener en mente a la hora de diseñar unidades y servicios.

Una gran deuda en la bibliotecología latinoamericana es la formación de lo que los bibliotecarios guatemaltecos llaman "empíricos", es decir, de aquellos colegas que no han pasado jamás por un aula y que desempeñan la profesión con escasos conocimientos teóricos. La diferencia siempre me pareció un tanto cruel y absurda, pero he de reconocer que existe una carencia fuerte de conocimientos en aquellas personas que no han frecuentado un aula. Definitivamente, es mi opinión que las universidades, escuelas y asociaciones de bibliotecología deberían ocuparse de brindar oportunidades –baratas, fáciles, sencillas– para que tales colegas accedan a algunos contenidos importantes de nuestra disciplina, como planeamiento, gestión de recursos, estudios de usuarios, etc. Pero pocas entidades han asumido esa responsabilidad, y allí siguen los "empíricos", quejándose de que los pocos cursos de formación profesional o de actualización siguen dictándose en las grandes ciudades, a kilómetros de su lugar de trabajo, y siguen costando bien, bien caro.

Tales reclamos resuenan mucho en mi país, en mi provincia, en donde me ocupo de desplazarme personalmente a áreas más bien lejanas a la gran ciudad y de dar clases a aquellos bibliotecarios populares, escolares o comunitarios que quieren enterarse de cómo manejar sus unidades en forma más eficiente. Sí, hay pocos que hacen el trabajo que yo hago. Deberíamos ser más. Pero hoy en día pocos piensan en los demás.

Terminada la clase, conocí a la pequeña pero animosa Comisión Organizadora del evento, colegas y amigos procedentes de distintas instituciones guatemaltecas, que se habían agrupado para lograr buenos resultados en una actividad que brindaría espacios para discusión, para aprendizaje, para crecimiento. El Simposio se centra, cada año, en un par de temáticas particulares, aunque no por ello deja de incluir propuestas que son del interés de todos. En este caso guatemalteco, incluye talleres, clases magistrales y mesas redondas. En todos los casos se permite la transferencia de ideas y la discusión de conocimientos. Y, quizás la mejor noticia: la comisión no pertenece a ninguna organización ni asociación. Se trata de bibliotecarios independientes, que en otros tiempos formaron una comisión nacional pero que ahora continúan trabajando en pos del mejoramiento profesional. De este punto tomo buena nota: en muchos lugares es preciso, desde ya, empezar a plantear espacios alternativos a las asociaciones nacionales y regionales, porque los intereses de las mismas suelen permear todas sus actividades, y muchas veces se deja de lado lo verdaderamente importante por ocuparse de lo "importante".

* * *

Con los demás talleristas salimos, tras el Simposio –es decir, cayendo la tarde– para recorrer un poco del Centro de la ciudad, que está dividida en Secciones numeradas, de forma que alguien puede decir "vivo en la sexta". El Centro es la primera sección. Además, cada Sección está cruzada por calles y avenidas. Todas las vías paralelas son calles, y todas las perpendiculares que las cruzan son avenidas. Y cada vía está numerada, de modo que uno vive siempre cerca de la intersección de calle y avenida: "vivo en la seis calle con cinco avenida". Agregando la sección (pues cada una tendría esa supuesta dirección) ya estaríamos posicionados.

En el Centro descubrimos la gran Plaza Central, característica de cada capital latinoamericana, que había perdido mucho de su esplendor antiguo (según me dijeron sufrió varias remodelaciones), y la Catedral. Me extrañó no ver un Cabildo, pero recordé que esta ciudad no fue la primera capital de Guatemala (si no entendí mal, es la tercera, siendo la segunda Antigua). La Catedral conservaba el estilo siglo XVII que tienen otros templos sudamericanos. En la Plaza, unos muchachotes jugaban un improvisado partido de fútbol, hubo un vuelo de palomas y más allá, las vendedoras, con arreglos típicos en el pelo, mostraban sus productos textiles: huipiles (blusas) bordados y faldas con todos los colores del espectro combinados en diseños geométricos complicadísimos, bien mayas. Me contaron que, al acercarse las fiestas patrias (15 de septiembre, celebración de la Independencia de los españoles en toda Centroamérica) todo el mundo vestía las prendas tradicionales... más que nada, como una especie de acto simbólico. Otro acto simbólico era portar una escarapela, o una banderita en el coche... y, por la similitud con las acciones que se practicaban en mi propio país fue que descubrí que el color de la bandera guatemalteca es exactamente igual que el de la argentina (son las únicas banderas del planeta que incluyen el color celeste del cielo).

Fue a dos cuadras de la Plaza Central cuando descubrí los mingitorios guatemaltecos. Si desconocen el significado del término "mingitorio" (con mis compañeros nos pasamos media hora analizando la etimología del vocablo... sin éxito) les ruego consulten un diccionario, pero, para describirlo básicamente, es un baño público, conformado por varias chapas metálicas colocadas en semicírculo, y una gran rejilla en el piso. La posición de las chapas es tal que no permite ver el origen de la acción de los usuarios, pero sí el final, porque están elevadas sobre el suelo y permiten realizar "estadísticas de uso". Sobre la propia chapa, una leyenda admonitoria solicita el buen uso de las instalaciones (colocadas en cualquier esquina) con estas buenas palabras, anotadas además en forma de verso rimado: "Orine feliz / orine contento / pero por favor / orine adentro".

Quizás lo gracioso o dramático del asunto es que nuestro animoso grupo descubrió el concepto de mingitorio público callejero (algo que no habíamos visto en nuestros propios países) con el ejemplar que estaba casi delante de la puerta de la Biblioteca Nacional de Guatemala. Así que la impresión inicial no fue la mejor. Tal impresión empeoró al ver el interior del edificio, al conocer sus servicios, al presenciar sus salas. Quizás debí recordar que aquel país no era uno de los más adelantados económicamente, y que el bienestar social (que incluye el desarrollo de bibliotecas) no había sido alcanzado. Pero debo confesar que no recordé ese hecho mientras curioseaba entre los pasillos. Estructuras desaprovechadas, colecciones reducidas, un depósito legal que apenas si se realizaba, unos métodos antiguos, y una apariencia general de abandono, de tristeza, de oscuridad... me dejaron una sensación de tremenda angustia en el pecho. A un lado del edificio de la Nacional está la Biblioteca Braille, en la cual, según los periódicos, se generan también libros orales (es decir, libros leídos y grabados en casetes, algo que también tenemos en la Biblioteca Pública Córdoba, allá en casa) y que, lamentablemente, no pude visitar.

La primera impresión que tuve del principal edificio bibliotecológico guatemalteco fue... "pobre". Días después conocería, en el Simposio, a la directora de la institución (quien, como en mi país y en otros tantos, no es bibliotecóloga) y podría presenciar cuáles eran las características reales y los proyectos de trabajo de la unidad. Debería esperar, pues, un par de días para poder construir mi opinión al respecto...

* * *

El día se terminaba. La noche presagiaba unos tragos y algo de comida guatemalteca en un sector de la ciudad conocido como "Cuatro grados norte". Pero de eso ya les hablaré mañana. Por hoy ya han sido muchas palabras y muchas emociones. Ahora necesito relajarme.

Un abrazo enorme desde tierras "chapines" (apelativo cariñoso para designar a los guatemaltecos).

Nos leemos

Ilustración.