Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

septiembre 21, 2006

Cuaderno de viaje 24: miércoles 6 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Frente al espejo, de mañanita, encontré a un tipo con una tremenda cara de sueño. Aquella cara no era un lindo espectáculo como para empezar el día, así que me hundí en el agua fría de la pileta. La noche anterior había sido larga (aunque la vida nocturna guatemalteca termina a la una de la mañana, hora en la que, por ley, se cierran los bares y no se expende más alcohol): noche de cerveza "Gallo" y tacos mexicanos (o tortillas guatemaltecas, como deseen). Esperaba comer platillos tan picantes como los probados en Corea, pero, afortunadamente, en estas tierras las salsas especiadas con chile se colocan aparte. Así que pasé un buen rato aprendiendo a armar tacos / tortillas, pues de acuerdo a mis amigos mexicanos, el buen "gourmet" se reconoce por la manera en que toma los tacos (y yo "quedé como un vulgar pichiruchi"). Carne de pollo, "pastor", res, cerdo y algo de cebolla llenaban la bandeja que debíamos verter de a poco dentro de cada tortilla de maíz. Salsas verdes y mezclas de tomate y cebolla eran las opciones de condimento, opciones ampliamente regadas con la buena cerveza guatemalteca.

El nuevo día era cálido, y recordé nuevamente que estaba en el trópico cuando salí de mi habitación y sentí la humedad pegárseme a la cara, y todo aquel clima dándome una bofetada. El desayuno incluyó toda la fruta que pude ingerir, especialmente piña / ananá, papaya / mamón, melón rosado y sandía. Incluyó además un buen café (que ya necesitaba, ante la falta de mi mate y ante el hábito coreano / sudafricano / malayo de hacer el café muy suave), un café que no logró despertarme... y algunos bollos.

La cocina guatemalteca incluye, entre sus bebidas, muchos jugos de frutas, mezclados con agua, con hielo o con leche (batidos). Las frutas se venden, cortadas en pedacitos y colocadas dentro de paquetitos de nylon transparente, en puestitos callejeros colocados en las esquinas. Y, por supuesto, tapizan coloridamente todos los mercados, con su variedad de formas y nombres.

La mañana se me fue sin pena ni gloria, metabolizando mis andanzas en Corea y en la IFLA, masticando muchas durezas que no atinaban a pasar por mi gaznate e intentando orientar mis velas y mis remos hacia una misma, única, sencilla y personal dirección. Logré tal objetivo antes de que los organizadores del Simposio pasara por mí, me llevaran a almorzar y me colocarán nuevamente ante los participantes de mi taller. El segundo día (y último, que debió ser el tercero) de actividad lo aproveché para trabajar en el proceso de planeamiento de una biblioteca indígena y para plantear posibilidades de servicios estratégicos, especialmente centrados en los conceptos de lengua, identidad, tradición oral, educación e información sobre salud y derechos. Las ideas eran abundantes, ciertamente, y el tiempo era escaso, pero pude facilitarles algunos conceptos importantes, relacionándolos con instrumentos internacionales (recomendaciones, manifiestos, declaraciones) que, a pesar de su inutilidad práctica, sirven como marco referencial y teórico.

Terminado el taller, y mientras esperaba a que las actividades se cerraran para poder dirigirnos al centro de la ciudad, al auditorio del IGA (Instituto Guatemalteco–Americano) en donde yo debería dar la lección inaugural, recorrí un rato el Campus de la Universidad Rafael Landívar, un sitio precioso, ajardinado, muy parecido a algunas universidades privadas de mi país. El aspecto general de los/las estudiantes no era el de el/la clásico/a guatemalteco/a, y en esto esta universidad también se parecía a las de mi país. La biblioteca central (llamada "Landivariana" en honor a Rafael Landívar, un poeta guatemalteco), de estantes abiertos, me resultó interesante, aunque a esas alturas del viaje debía reconocer y aceptar que todas las bibliotecas me parecían iguales: un conjunto de libros en estantes. Sin embargo, siempre me resultaron gratos los estantes abiertos, por la libertad que permiten al usuario: la libertad de elegir, de navegar entre otros títulos, de descubrir por sí mismo opciones que quizás el bibliotecario no intuye o el OPAC / catálogo no proporciona. Siempre me pareció una opción excelente, y siempre me alegró saber que muchas bibliotecas universitarias de mi ciudad estuvieran adoptando este sistema. Aprovecho para sugerir a las demás que piensen seriamente en colocar bandas magnéticas a sus documentos y permitir a los estudiantes ser felices revolviendo libros. En mi época de estudios, nada me provocaba más placer que meterme entre los libros y buscar, leer, revisar, ojear...

Mis colegas me comentaron un poco de la estructura de la Escuela de Bibliotecología de la Universidad de San Carlos (la "Nacional" de Guatemala), la única del país, aunque su actual directora es amiga mía y con algunas docentes planeamos una charla con los estudiantes el próximo sábado. Asimismo, me comentaron la naturaleza de la ABG (Asociación de Bibliotecarios de Guatemala) y la estructura de las bibliotecas públicas de la ciudad, que no supera la media docena y no cuentan con todos los recursos que deberían tener (algo que no me asombraba, si recordaba un momento mi propia provincia). Pero mi mayor gusto fue acercarme a la Biblioteca Móvil que había traído la gente del PROBIGUA, una ONG cuyo trabajo debería ser ejemplo para todos nosotros, y que es bien conocida en muchos ámbitos profesionales latinoamericanos. Destinatarios de uno de los Premios de la Fundación Bill y Melinda Gates, estos colegas tienen su sede en la ciudad de Antigua, una biblioteca móvil más (que esperan multiplicarse) y una buena serie de servicios entre las comunidades de la región. Rigoberto y Antonio, los dos hermanos que llevan adelante esta propuesta, me parecieron personas sumamente interesantes, con las ideas bien claras, con mucha preparación para formular proyectos y planes, y con una fuerza impresionante para cumplir objetivos. Encontrarse con personas así es un honor: uno se siente pequeñito ante ellos... y sentirse así es hermoso: uno se da cuenta de que tiene mucho camino por recorrer, y de que es posible hacerlo porque otros lo han hecho ya. ¿Y qué mejor para una persona que sentir que ante sus pies se extienden caminos?

El auditorio del IGA –una institución con 60 años de trabajo– ya estaba ocupado por el público cuando llegamos allí. Entre los asistentes estaba el Embajador chileno en Guatemala (parece que el argentino había tenido que salir...), la directora de la Escuela de Bibliotecología, y otras amigas a las que les veía la cara por primera vez después de varios años de contacto virtual. Antes de entrar, tuve tiempo de familiarizarme un poquito con las actividades que realiza el IGA, en especial su biblioteca (bautizada "Walt Whitman" en honor al escritor del norte), que para el mes de septiembre tenía cuenta-cuentos (que contarían el ciclo de leyendas africanas de Anansi, uno de mis favoritos), conferencias y presentaciones de libros (destacable la novela "Diccionario Esotérico" de Maurice Echeverría, ganadora del galardón centroamericano Mario Monteforte Toledo 2005).

Ya en el auditorio, presentado por el Comité organizador, y luego de oír el himno de Guatemala entonado por el Coro Universitario, me decidí a dar la lección inaugural, que se centraba en el rol social de los bibliotecarios en América Latina.

Dudo que haya sido la mejor lección de mi vida. He tenido días mejores, sinceramente. Pero en fin, el tiempo no puede retrocederse, lo hecho, hecho está, y yo soy muy poco tolerante con mi propio trabajo y mis propias acciones. En teoría, lo que quise trasmitir fue la importancia del papel que el bibliotecario puede jugar en el desarrollo social de cualquier sociedad, especialmente de la latinoamericana. Hacía poco había escrito un par de textos al respecto (un prólogo para mi colega canadiense Toni Samek, y otro para la revista "Progressive Librarian", corregido mi gran amiga Elaine Harger), y algunas ideas previas habían aparecido publicadas en la revista peruana "Biblios" como un artículo de opinión. Así que las ideas estaban frescas, en especial una, central, que repetí a lo largo de toda la lección: "la información es poder". Entender ese punto es darle un nuevo enfoque a nuestra profesión, a toda nuestra actividad y a nuestra disciplina. Es ver los estantes a través de otro cristal, desde otro punto de vista. Imaginen que, con la información que tienen en su colección, cualquiera de ustedes pudiera salvar una vida. ¿No se sentirían importantes, valiosos, útiles...? Pues no hablamos de una hipótesis: muchos de ustedes pueden hacerlo, especialmente aquellas bibliotecas con información sanitaria o médica, por poco especializada que ésta sea.

Piensen en todo el abanico de opciones que se abren ante ustedes cuando piensan que, para muchas personas, el conocimiento que ustedes atesoran puede representar la diferencia entre un buen y un mal día, entre un camino elegido correcta o incorrectamente, entre salud y enfermedad, entre libertad o prisión, entre lágrimas o sonrisas. Piensen en todo lo que pueden hacer con esa información que guardan los libros y folletos de sus estantes. ¿No sienten el poder de su trabajo, de sus manos, de sus libros?

Terminada la charla, el presentador del evento coronó mi intento de lección inaugural con la frase más lúcida de la noche: "la información es poder. ¡Cuán poderosos somos!"

No, no somos ningún superhéroe de leyenda. Tampoco tenemos en nuestras manos la panacea universal para todas las dolencias y debilidades del género humano y otros géneros vivos. Lo que sí tenemos es la oportunidad latente y potencial de generar cambios, cambios más o menos significativos. No, no hacen falta las grandes hazañas: hacen falta muchos granos de arena colocados por muchas manos en el momento oportuno. Y eso sí podemos hacerlo, apoyando educación y alfabetización, defendiendo derechos y culturas, proveyendo la información adecuada allí donde sea necesaria... ¿O es que no podemos hacerlo?

A la salida, y después de una bellísima interpretación del Coro Universitario, me encontré con el cóctel de bienvenida, en donde pude degustar unas cuantas de las especialidades de la cocina guatemalteca, muy centroamericana, con sus enchiladas, sus tortillitas y esos frijoles negros que hicieron mis delicias a lo largo de la noche. Los frijoles negros se comen hechos una pasta densa y ricamente especiada. Dado que en mi país los "porotos negros" se comen de otra forma, la curiosidad ganó mi estómago y mi apetito.

Para brindar, había un ejemplar de excelente ron nacional, y algo de tequila –también de calidad– y la ya mencionada cerveza "Gallo", que es la marca nacional, fuerte y con buen cuerpo. Las fotos de rigor fueron tomadas, y, desde allí, comenzó un paseo que nos llevó a terminar en la barra de un bar, de madrugada, ante algunas botellas vacías, escuchando rock argentino. Pero esa es otra historia. Una historia que quizás les cuente algún día...

Nos leemos mañana, por aquí

Ilustración.