Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

septiembre 22, 2006

Cuaderno de viaje 25: jueves 07 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

"Mi viejo era argentino..."

Le decían "Diablo". Era el barman de aquel pequeño antro en donde, en ese momento, resonaba rock argentino. "Los Fabulosos Cadillac", para ser más precisos.

"Sí, era argentino" me decía, mientras yo clavaba la mirada en los tatuajes de sus brazos. En uno, la muerte. En el otro, el diablo. "El diablo es el que nos guía; la muerte, la que nos espera en cualquier esquina" me explicó él mismo, al mostrarme los dibujos azulados.

"Sí, era argentino" repitió. "Lo mataron los mareros el año pasado".

Sentí un escalofrío. Los "mareros" se me presentaban, desde mi perspectiva de visitante ignorante de la realidad nacional, como una verdadera plaga. Las "maras" (¿contracción de "marabunta"?) eran bandas o pandillas, más o menos fuertes, más o menos organizadas, que pululaban en Guatemala, El Salvador, y, hasta donde supe, en otro par de países de la región. Eran todo un fenómeno social, que llevaba la inseguridad a las calles. Y, hasta donde pude apreciar, también la muerte.

Los ajustes de cuentas ejecutados con armas del calibre de una AK-47 eran frecuentes; también los cobros de impuestos o protección, al mejor estilo de las mafias tradicionales. Sabía que una de las secciones de la ciudad –la número tres– era famosa por ser núcleo de "maras" y que uno de sus sectores –"El Gallito", si no recuerdo mal– estaba directamente cerrado y atrincherado, con peligro de muerte a tiro limpio para aquellos descuidados que entraran sin permiso.

Las pandillas era un fenómeno común en mi propio país, pero no con esa virulencia. Quizás algún enfrentamiento casual a la salida de un baile, quizás algún ajuste de cuentas. Doloroso, pero no tan serio. Esto que me contaban me asombró, y me dolió, porque estaba sucediendo en el centro de un país hermano, de un país latino, de un pueblo que trataba afectuosamente a los visitantes y que quería, por una vez en años, vivir en paz.

Las "maras" estaban relacionadas con el narcotráfico, según pude saber. Y eso dolía el doble. Es curioso como el dolor ajeno se vuelve propio cuando uno se siente en casa ¿no? Pues así me ocurrió, quizás en aquel momento, quizás un rato después, en el hotel, cuando esperaba que el vapor de la cerveza se esfumara y pensaba en todos los acontecimientos vividos durante el día. Pensaba en lo injusto de las heridas que debía soportar mi viejo, nuevo continente. Parecía una maldición: los más necesitados son precisamente los que sufren los peores males. Es como si salir del fondo del pozo costara el doble, como si levantar la cabeza después de años –o siglos– de mantenerla hundida costara un esfuerzo increíble, casi sobrehumano.

El jueves amaneció nublado. Quizás lloviera por la noche, mientras yo soñaba con gatos arañando incunables (¿hay peor pesadilla para un bibliotecario?). El cielo se presentaba cargado, y la atmósfera, irrespirable. Con un par de colegas nos hicimos una escapadita al Mercado Central de la ciudad, situado tras la Catedral. Se trataba de un espacio enorme, subterráneo, en el cual se desparramaban los más variopintos comercios. Los del primer nivel exhibían únicamente artesanías, desde recuerdos a elementos útiles como cestos o instrumentos de madera. Encontré mil y una chucherías: camisetas, abalorios, pulseras, marimbas (el "instrumento nacional"), hermosas máscaras zoomorfas talladas en madera y policromadas, postales y toda la parafernalia turística encontrable. En el piso inferior estaba el verdadero mercado, con su exhibición de frutas que nunca imaginé y verduras que tentaban al mordisco repentino. Debo confesar que parecía un niño: "¿y esto cómo se llama? ¿y aquello?". La paciencia de mis acompañantes merecía un monumento. Así descubrí el zapote, el chicozapote, el mamey, la anona, frutas que no crecen en las latitudes de las que provengo y que, por ende, eran todo un descubrimiento para mis sentidos. Más allá de las verduras aparecía la repostería, que afortunadamente distaba mucho de ser tan insulsa como la coreana: estos eran mazapanes de almendra, dulces de coco rallado con melaza de caña, higos pasos, bolitas de leche, frutas desecadas y un espectro tan amplio que hubiera necesitado un bloc de notas y una descripción detallada para conocerlos todos (además de un presupuesto extra para degustarlos). De tan variado surtido me llevé puestos (es decir, en mi bien dispuesto estómago) una buena cantidad. Más allá aún estaban los comedores, en donde se preparaban, vendían y consumían todas las particulares creaciones de la gastronomía nacional. Allí podrían tomar refresco de súchiles (trozos de ananá fermentados en agua, filtrados y azucarados), horchata (hecha de harina de arroz, a diferencia de la ibérica), agua de Jamaica (a los seguidores infantiles de la serie mexicana "El Chavo" les sonará el nombre de este refresco hecho con los pétalos secos de una flor del género Hibiscus) y todos los jugos que se imaginen, desde la papaya hasta la granadina. Y por supuesto, las carnes más variadas, acompañadas por las infaltables tortillas, el arroz y la ensalada.

Revisando las artesanías de barro y las flores de papel, supe que los intermediarios que las vendían en el mercado pagaban a sus autores –casi todos artesanos/as populares de las comunidades indígenas– un precio exiguo por materiales que después vencían a un 800% del precio pagado. ¿Por qué me recordaba al Chaco argentino, o a la Puna, en donde los alfareros locales no organizados en cooperativas hacían verdaderas maravillas que, de colocarse en el mercado a través de intermediarios, eran pagadas a precio insignificante para después ser vendidas por una pequeña fortuna? Los paisajes cambian, las palabras también, pero las malas costumbres son eternas y no reconocen fronteras. Al menos, no dentro de Latinoamérica. De eso puedo dar fe.

El Simposio continuó, pero esta vez con la serie de mesas redondas que ocuparía jueves y viernes, con una serie de 3-4 entradas por día. Cada mesa redonda –que contaba con un moderador versado en la temática– incluía entre 3 y 7 oradores, que exponían un aspecto de la temática a tratar, de forma que, entre todos, conformaban y construían un panorama bastante completo de la situación analizada. Al final se abría el espacio para preguntas, que era aprovechado para aclarar algunos puntos oscuros. Se preguntarán por qué describo todo esto con tanto detalle. Lo hago porque así –y no de otra forma– debe de funcionar un Congreso y una serie de mesas redondas, pero parece que es algo no comprendido por muchos organizadores nacionales / regionales. Y anoto esto porque, a la vez que participaba en estos eventos, me enteraba –por otras colegas y amistades– de lo que acontecía en aquellos encuentros a los que no podía asistir. Honestamente, no tuve los mejores comentarios de muchos de tales encuentros y congresos Así que creo que hacer hincapié en la necesidad de una buena organización, una buena planificación de actividades y un buen análisis de los contenidos e ideas a transmitir debería convertirse en una costumbre básica para aquellos que quieran impulsar un evento de estas características. Recuerden que no se trata de decir "hagamos un congreso" y ya está. Se trata de un largo trabajo, de seleccionar ponentes, de saber qué se quiere lograr con el congreso (más allá de las charlas de pasillo y las comidas conjuntas, actividades en las cuales todos parecen ser especialistas consumados). Tomen en cuenta estas ideas.

Para la noche se anunciaban un paseo por el centro de la ciudad, para conocer un poco más los edificios oficiales, y reunión en una casa particular para chácharas, música, un trago y unas tortillas con frijoles. La hospitalidad guatemalteca brillaba nuevamente, y a pesar de que el agotamiento me había ganado, intenté lustrar mi sonrisa y ponérmela para continuar el trayecto.

Un trayecto que finalizaría oficialmente al día siguiente, con las últimas mesas de trabajo y la ceremonia de clausura. Aunque a mí me quedaban kilómetros por hacer, varios encuentros y mucho trabajo. ¿Encontraría fuerza suficientes para continuar, después de un mes vagando de aquí para allá con mi casa a cuestas, arrugada dentro de una enorme mochila y varios bultos de mano? No lo creía factible, pero... ya veríamos.

Los dejo. Los veré por estos rincones virtuales mañana... Hasta entonces, les dejo el último tema de mi grupo favorito, los Illapu.

Vivir es mucho más

¿Quién dijo que ya todo estaba dicho?
Que basta ser becerro del rebaño
Que los sueños solo son buen consuelo
para pasar la vida satisfecho.

¿Quién dijo que no había nada nuevo?
Caminar es permanente hasta lo eterno.
Y fue la rebelión de los cuadernos
que sacudió desidia y conformismo.

Se puede vivir, se puede soñar
Pero hay que pensar lo que hay cambiar.

Y cada día reinventar caminos,
Dar lo mejor para buscar lo cierto.
La vida es mucho más que estar atento
para no tropezar y andar sin techo.

¿Quién dijo que pensar resulta bueno
en la santa moral que lleva al cielo
para no retirarse del sendero
que os trazaron hasta el cementerio?

Se puede vivir, se puede soñar
Pero hay que pensar lo que hay que cambiar.

Y cada día reinventar caminos,
Dar lo mejor para buscar lo cierto.
La vida es mucho más que andar contento
para morir en paz y satisfecho.

Ilustración.