Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

septiembre 26, 2006

Cuaderno de viaje 26: viernes 07 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

El día comenzó temprano. A las ocho de la mañana estaba nuevamente en la Universidad Rafael Landívar, bajo unas nubes que definitivamente vaticinaban un segundo diluvio universal y todas esas catástrofes a las que nos tienen acostumbrados los predicadores. Me refugié en el auditorio para participar en la primera mesa del día. La temática de tal mesa giraba en torno al rol de las bibliotecas comunitarias como medios de desarrollo social, y, como primer ponente, me ocupé de proporcionar algunas ideas generales que permitieran a los asistentes generar una definición propia de "biblioteca comunitaria". Definitivamente este es un concepto en auge, y es curioso notar como en cada país de la región se le da una definición diferente, de acuerdo a la realidad nacional e incluso regional. Lo mismo sucede con los términos "público" y "popular". Por ende, sería muy útil construir una definición consensuada, que nos permita caracterizar a estas unidades que, desde mi punto de vista, son las creadas por la propia comunidad sin influencias externas, por motu propio, y que responden a necesidades puntuales y concretas del grupo humano que las genera. A diferencia de las públicas, no poseen subvenciones gubernamentales ni disponen de trabajadores cualificados dependientes de tales instituciones de gobierno. Su independencia es total, al igual que su compromiso para con el desarrollo de la comunidad. Quizás este último punto sea el más destacable, y el que dota a estas unidades de una importancia particular en nuestro contexto socio-geográfico actual. Cuando una de estas bibliotecas surge, de la mano de gente que desconoce por completo la profesión y la disciplina bibliotecológica, es porque la necesidad de tener servicios de (in)formación y recreación es imperiosa y no ha sido respondida. Imaginen la fuerza de esa necesidad, imaginen su profundidad y su amplitud. E imaginen todo lo que se podría lograr si tales requerimientos fueran cabalmente respondidos: mejoras en la salud, en la gestión de recursos, en la alfabetización, en la educación, en el trabajo...

Las bibliotecas comunitarias (al igual que las rurales, las indígenas, las populares y, en gran medida, las escolares) suelen ser las "hermanitas pobres" de la bibliotecología, una especie de "último orejón del tarro" del que pocos se preocupan. Sin embargo, es preciso recordar que son ellas las unidades "de trinchera", que son ellas las que soportan los mayores embates y las que abren los caminos de la lectura, que son ellas los espacios de trabajo del mayor porcentaje de bibliotecarios de la región, y que son ellas, en definitiva, las que merecerían una mayor atención por parte de la "Academia". Sin embargo, la atención de los dioses y diosas del Olimpo bibliotecológico está orientada hacia lo digital, lo moderno, lo de primera línea. Aquí seguimos nosotros, a pesar de todo, trabajando, porque definitivamente hemos comprendido que la labor de los bibliotecarios de base es realmente importante. Y lo notamos en la sonrisa de nuestros usuarios, en ese caramelo que nos traen los niños a escondidas para agradecernos la ayuda en las tareas o el libro prestado...

El resto de la mesa presentó experiencias puntuales en el campo de las bibliotecas comunitarias. Me interesó sobremanera la presentación de la Fundación Riecken, una entidad que trabaja en el desarrollo de bibliotecas en Guatemala y Honduras especialmente en zonas rurales (ocupadas aquí por indígenas). Poseen unas 40 unidades, de las cuales 9 se encuentran en territorio guatemalteco. En esta red, 10 poseen Internet, 35 tiene clubes asociados, 35 poseen juntas directivas conformadas por autoridades locales, 14 desarrollan programas de radio comunitaria y 36 proporcionan espacios para talleres). La base de las bibliotecas creadas por la FR es promocionar la inclusión, la participación y el pensamiento crítico a través del acceso libre y abierto a recursos informativos. El presentador de la FR hizo un fuerte hincapié en la necesidad de no limitarse a paradigmas bibliotecológicos cerrados, declarando que la libertad de acción y creación dentro de las unidades no implicaba la pérdida del carácter de "biblioteca".

En la misma mesa, la Fundación Intervida promocionó sus centros culturales a lo largo de la sierra occidental guatemalteca, y también se presentaron las bibliotecas municipales de Ciudad de Guatemala, que son cinco, están ubicadas en áreas marginales y dependen de la Secretaría de Desarrollo Social de la Municipalidad.

Finalmente, Rigoberto Zamora, del PROBIGUA, comenzó su ponencia declarando que las revoluciones son de los bibliotecarios, gestores y actores del cambio, pues son ellos los que trabajan construyendo, sin armas. No pude dejar de sonreírme y de aplaudir en silencio esas palabras. El que habla de revolución habla de cambio, y ¿qué mejor herramienta para el cambio que un libro, una educación pertinente, un sistema de información coherente, una alfabetización sólida? Las armas quizás fueron necesarias en otras épocas, y quizás –aunque lo dudo profundamente– sean necesarias aún hoy en ciertos contextos. Pero personalmente creo que no hay mejor arma que un libro, precisamente para que las balas dejen de ser necesarias.

Rigoberto apuntaba que los cambios en Guatemala (y en toda Sudamérica, en realidad) los llevarán a cabo los niños y los jóvenes (no los distintos grupos políticos) y, dado que son las bibliotecas de los adultos de hoy las que los forman, es necesario apostar en esa educación para apostar al futuro con confianza y esperanza. Pues, de acuerdo a las palabras con las que Zamora cerró su charla, un pueblo que lee puede manejar una democracia.

Pero quizás la sentencia que más me gustó para cerrar esa mesa de bibliotecas comunitarias (larga pero rica) fue la de la gente de la FR, que anotó un conocido refrán que dice:

Hay tres tipos de personas:
Las que hacen que las cosas sucedan;
Las que miran cómo las cosas suceden;
Las que se preguntan "¿qué demonios sucedió?"

Quizás, como profesionales, deberíamos dejar de estar en la última categoría para poder incluirnos en la primera.

La segunda mesa (a la que no asistí) se centraba en el aporte bibliotecológico en la formación de habilidades para el acceso y uso de la información en la enseñanza superior. Lamentablemente, poca información puedo proporcionar acerca de los contenidos expresados. Sin embargo, a la hora de la tercera mesa (tras el último almuerzo del Simposio) se presentó la séptima mesa, moderada por Amelia Yoc Smith –directora de la Escuela de Bibliotecología– y que trató sobre prevención de desastres en las bibliotecas. Como comenté en una entrada anterior de este weblog, los desastres naturales son frecuentes en Centroamérica, tierra de inundaciones, volcanes, terremotos, tormentas tropicales y huracanes. Se presentaron experiencias desde Colima (México) a El Salvador, pasando por recomendaciones desde Costa Rica y demostraciones prácticas desde Guatemala. Fue una mesa muy rica en ideas, que inició con una teleconferencia brindada desde la Universidad de Colima, que presentó una experiencia de inundación de biblioteca, comentando los procedimientos llevados a cabo para la recuperación de los fondos documentales. Pedro Pineda –director de la licenciatura en bibliotecología de la Universidad Panamericana de El Salvador– presentó, a su vez, un video en el cual se narraba una experiencia de recuperación de fondos de una biblioteca histórica, destruida por los tristemente célebres terremotos del año 2001 (enero y febrero). A su vez, la colega costarricense Sheily Vallejos (docente de la Universidad de Costa Rica) presentó algunas ideas sobre el poder de la información para salvar vidas y prevenir desastres.

La última mesa del día –y del Simposio– fue moderada por Valentina Santa Cruz, y se centró en la presentación y entrega de un documento sobre políticas públicas del libro, la lectura, la escritura y las bibliotecas. Fue un momento inolvidable del evento, especialmente si tenemos en cuenta que la mesa fue retransmitida por radios comunitarias, y que se contó con traducción dos lenguas mayas (k'ekchí y kaqchikel).

En el acto de clausura, la Lic. Santa Cruz leyó las conclusiones del evento (que rescataron las anotaciones que los diferentes moderadores hicieron a lo largo de las mesas, además de las apreciaciones propias del Comité Organizador), se dieron los diplomas correspondientes y los agradecimientos de rigor, se sortearon un buen número de libros (y por primera vez en mi vida gané algo en un sorteo) y cerramos la semana con un convite en el que no faltó el buen vino ni las buenas ofertas gastronómicas guatemaltecas.

Las horas de las despedidas no son mi fuerte: me es muy difícil separarme de personas o cosas con las que pasé buenos momentos. Pero de eso se trató ese convite final y de eso se trataría la cena de despedida, con el Comité Organizador y los conferencistas invitados. A partir de esa noche quedaría libre para moverme por Centroamérica como fuera mi gusto, aunque el agotamiento que cargaba, la lenta pero inexorable desaparición de mis fondos y las ganas de volver a mi tierra (a pesar de las buenas acogidas, los buenos tratos y las bellas tierras que pisé) me tentaban a cambiar el pasaje y volver antes de lo previsto.

Pero para esas decisiones había tiempo. Ahora me esperaba una noche agradable con gente más agradable aún... No pensaba desperdiciar la ocasión...

Ilustración.